La esclavitud del hombre-masa PDF Imprimir E-Mail
Por Carlos Vázquez Iruzubieta - Publicado a las 16:44 | lunes 17-11-2008 (leído 214 veces)   
Primeramente fue la influencia decisiva del caudillo; al caudillaje le sucedió la presunción de veracidad de la prensa escrita hasta que llegó Internet y arrasó con todo. De una forma u otra, el hombre-masa, es decir, al que en su conjunto se le atribuye la soberanía popular, estuvo siempre bien atendido por los que se aprovechan de él, endilgándole cualidades sin más realidad que la enunciación teórica, con lo cual lo mantienen domeñado y entregado a los hábitos políticos de cada época. Demos una vuelta por estas cuestiones, advirtiendo, como se verá, que la política nada es en sí misma sino un instrumento al servicio de intereses superiores como la religión, la economía, la raza, el mito...
La esclavitud del hombre-masa
La esclavitud del hombre-masa
La especie humana está compuesta por una variedad de clases. Dejando de lado las cuestiones somáticas y por todo las cualidades o defectos físicos, si nos centramos en lo estrictamente intelectual, se advierte una enorme proporción de personas que por distintas razones (generalmente económicas), no han tenido y siguen sin tener acceso a un nivel cultural medianamente aceptable. También se distinguen de la mayoría llamémosle inculta, una clase de características especiales porque sin sobresalir por su grado cultural, sin embargo está situada en el pináculo del espectro social por su riqueza o su actividad política. Finalmente, y con el propósito de abreviar, están los que se han cultivado y siguen en tal porfía hasta el final de sus días, eligiendo con tino lo que hay que leer y comprendiendo lo que leen, que no es poco. Hay otras clases dentro de la especie humana pero con lo que tenemos hasta ahora basta para explicarnos acerca de esta delicada cuestión que afecta directamente a la totalidad de la especie, aunque los intervinientes activos no sean muchos en relación a la población total.

El ser una persona culta (no confundir con inteligente), no es garantía ni de buena posición social ni de desahogo económico; tal vez, todo lo contrario. No obstante las dificultades que puede acarrear el ostentar la cualidad de persona culta, proporciona delicias íntimas y también desventuras como por ejemplo, descubrir sin aporías los engaños con los que los poderosos someten a la mayoría inexperta así como al propio descubridor de la estafa. Es una estafa sistemática y proterva y lo que es peor, los “cultos” no lo pueden neutralizar despertando las mentes de los engañados, porque el despertar es una experiencia estrictamente personal. No se despierta polemizando sino reflexionando, a lo que debe sumarse una inveterada desconfianza hacia todo lo desconocido, y el entendimiento cabal de las cuestiones sociales lo es, sin duda.

Entre los engañados están los ya fanatizados por las ideologías hoy llamadas “radicales”, como si alguna vez hubieran sido comedidas con el adversario. Llamarlas “radicales” es un pleonasmo político, si se nos permite la expresión. Otros engañados son los ignorantes en el sentido no peyorativo sino simplemente de los que carecen de conocimientos. Ocurre que en este caso ignorar conduce sin remedio a la peor de las esclavitudes. Juntos van, quiérase o no, los fanatizados y los ignorantes. Cada uno de los integrantes de ambas especies forjan el concepto de “hombre-masa”, que en su conjunto suman la inmensa mayoría de la población mundial.

A unos les llamamos “fanatizados” porque son el resultado de un método de “fanatización” ideológica. Los fanáticos son los logros visibles de la fanatización, que es una perversión del ser humano en tanto que introduce en la mente del hombre bueno y pacífico, el odio fomentado por unas ideas que priman por sobre los hechos y los planes de futuro. Proclaman que para lograr el poder es menester derrotar al enemigo en los mítines o en las barricadas. Lo que no se les explica demasiado bien es que terminada la lucha, la victoria consiste en la conquista del poder de quienes los fanatizaron para que todo cambie a fin de que todo siga igual como se decía en aquella obra “El gatopardo”. Los dirigentes, una vez apoltronados, mantienen los privilegios en otras cabezas rectoras, y así lo demuestra la historia.
 
Se alega que nada de eso acontece en las democracias occidentales, coronadas de virtudes cívicas, porque existe la libertad de pensamiento y de expresión, la prensa libre y la igualdad de oportunidades para todos los que viven bajo el paraguas protector de la libertad, igualdad y fraternidad republicanas. Como siempre, la ideología engaña y a veces torpemente, sin que se pueda echar mano de alguna medicina cívica.

Los que mandan están sostenidos entre otras instituciones, por la prensa libre que no es más que el periodismo al servicio de las mismas ideologías de siempre. Cada órgano de prensa vestirá los acontecimientos a su manera. Los medios adversos que casi nunca entran en polémica para conservar el espíritu corporativista, y cuando lo hacen es porque la perversión política adquiere tal grado de indignidad que no les resulta posible seguir callando.

Es entonces llegado el momento de combatir en las trincheras de las ideologías que en Occidente han quedado limitadas a dos: las izquierdas y las derechas, cada cual cobijando toda clase de tonalidades, bien entendido que la única ideología es la de izquierdas, pues la derecha es el contrapeso con hábitos conservadores, pero no es propiamente una ideología. Pero, admitiendo como hipótesis de trabajo que la derecha sea una ideología, en este combate quien pierde es el hombre-masa que se pregunta desconcertado: ¿Quién dice la verdad? 

Ante la imposibilidad de resolver el problema sólo caben dos soluciones factibles: o creer en los medios de comunicación cercanos a nuestros ideales, o convertirse en un traidor a la causa. Los  neutrales, interesados en averiguar cuál de las verdades echadas a la cara del hombre-masa es la aceptable como tal, carecen de medios o de posibilidades reales para llevar adelante sus propósitos. Todo intento de investigación de alguna perversión de los poderes  políticos o fácticos se persigue bajo el monograma de la conspiración antidemocrática. El preguntón es desplazado lo más lejanamente posible y si porfía en su intento por escaparse de los hábitos democráticos de aceptar la realidad callando, se lo suprime físicamente. Si se aviene a callar, entonces, nace un nuevo descreído y opta por dar la espalda a la realidad política y económica de las que se siente apartado, alejado, perseguido. Este sentimiento ha nacido no por haber descubierto lo que ignoraba, sino por no habérsele impedido descubrir lo que se proponía.

Tampoco ayudan los intelectuales no afiliados a los centros de poder ni las editoriales de los “best sellers”, precisamente por ello. Nadie compra un libro de quien ha sido incapaz de lograr, se supone que con su esfuerzo y cualidades, una venta considerable de ejemplares. Los que buscan sabiduría en los “best sellers” están muy lejos de obtener conocimientos limpios de intenciones y propaganda ideológica. Por ello, los intelectuales que pudieran ayudar, tampoco ayudan a superar el estado de esclavitud mental del hombre-masa porque carecen de la posibilidad de extender sus pensamientos sobre la amplitud de la realidad social. ¿Quién despertará su mente si los que debieran hacerlo por definición, están ocupados en sacrificar su decencia por dinero y fama literaria?

No es que el hombre-masa no quiera escapar de su encierro y entregarse al conocimiento verdadero, no. Es que no tiene la menor oportunidad de lograrlo por una serie de razones entre las que contamos las siguientes: en primer lugar, si es un fanatizado, ni siquiera se plantea que la verdad pueda ser otra que la que le metieron en la cabeza. Los que no están fanatizados ni siquiera suponen que pueda haber otra verdad que la que los medios de comunicación masiva se ocupan en facilitarles a diario. El bombardeo de noticias y opiniones “libres” es tal, que no es factible leer todo lo que se publica, escuchar todos los informativos de las emisoras de radio y televisión, ni ver todas las imágenes que muestran la realidad de los hechos; en todo caso, ya habrán pasado la criba de la censura intangible.

Hay que conformarse con lo que explican e instruyen los medios afines a las creencias políticas de cada cual. Y si los adictos a la curiosidad se proponen echar luz, poco conseguirán entre tanta polémica, mentidos y desmentidos, acusaciones mutuas, y una duda infernal que no se puede sofocar. Cuando los políticos se echan a la cara una cantidad de cifras macro y micro económicas, gráficos y teorías de índole variada, siempre son discutidas y tildadas de falsedad instrumental por el oponente. Nadie las conoce y en caso de conocerlas, nadie sabría interpretarlas debidamente. Tampoco es posible saber si las cifras, los gráficos y las teorías expuestas son verídicas o falsas. En pocas palabras: la duda ha sido introducida eficazmente en el hombre-masa, quien renuncia a entender y deja las complicadas tareas políticas y económicas a los dirigentes de su partido, que son “los que saben”.

Lo lamentable es que la estafa que mantiene sometido al hombre-masa no es remediable; aunque de un punto de vista piadoso, se puede llegar a justificar esta perversión social a la que hemos llegado, en cierto modo envidiando al ignorante porque no podrá lamentarse de lo que desconoce. En esta porfía vive creyendo a quienes lo engañan y hasta llega al asesinato por defender esa mentira que está vestida de verdad ideológica.

Esta esclavitud espiritual es el pan diario de quienes se sirven de ella para mantener la situación de privilegio que detentan sin legitimidad real, pues insisten que la tienen porque la obtuvieron por medio de las urnas y nada hay más sagrado que la soberanía popular expresada bajo el principio que reza: un hombre un voto, porque todos somos iguales ante la ley. El rebaño no se rebela porque los medios de comunicación afines a nuestros ideales nos dicen la verdad y ello es lo que cuenta, sin percatarse de que esta es la realidad malvada en la que vive esclavizado el hombre-masa.

Con el advenimiento de Internet los intelectuales no alineados tuvieron acceso a una comunicación inmensamente mayor que la de un libro extraviado en un anaquel arrinconado de una gran superficie o de una pequeña librería; para el caso es lo mismo. El llegar a todos los rincones de la tierra y dar a conocer su pensamiento fue una aventura apasionante. Se creó la del blog personal y desde ese mismo instante la confusión se agigantó de tal manera que ante tal maraña de información contradictoria al hombre-masa no le cabe otra solución que creer en los suyos y quedar convertido en un adicto a cierta clase de publicaciones de prensa escrita, radiofónica o televisiva, desechando toda otra por ser sospechosa de parcialidad al provenir del enemigo. Esa medicina de Internet, al fin de la cuenta resultó ser una confusión babilónica.

El remedio pudiera ser inculcar a los niños y jóvenes una educación que los libere de la esclavitud a la que se verán sometidos una vez llegados a la mayoría de edad mas, este pensamiento es utópico porque quienes deben liberar a los sometidos son los carceleros que lanzaron al mar las llaves de la liberación.
 

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