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Después de mucho tiempo lo encontré. Estaba sentado sobre un tronco, debajo de un árbol añoso. La niebla lo envolvía como un sutil chambergo. Fue en una finca de Simoca, a comienzos de julio de 1988. Estaba allí solo, con esa imponencia suya que una natural modestia se empeñaba en disimular. Me acerqué con admiración y timidez, como en las pocas veces que lo traté. Su saludo fue un abrazo largo, silencioso, expresivo.
 | | Walter Adet | |
| Hace veintitantos años, sin conocerme, me había escrito a Tucumán pidiéndome algunos ensayos para la antología que publicó en 1973. Con juvenil soberbia le añadí una larga lista de "obras en preparación" que, por suerte, quedaron en eso. Después atiné a regalarle el inhallable álbum de poemas de María Elena Agudo que, sé por amigos, guardó entre sus libros.
Aquel mediodía en Simoca comenzamos a hablar. En verdad fue un soliloquio que Walter me permitió recoger en apuntes; los guardé desde entonces para publicar alguna vez. Alérgico a la fama, por la que muchos se desvelan, él jamás me reclamó su publicación. Alguna extraña fuerza habrá trabajado para demorar este momento hasta después de su muerte. "Los años acentuaron su obsesión de la muerte, terror que mueve la mano de los suicidas y de los grandes inspirados ", escribió Walter en 1968, como si anticipara su propio final. Porque el suyo fue el suicidio de un gran inspirado, de un gran genio solitario exiliado en su propia tierra.
De aquí en más habla él. Aquello no fue un interrogatorio sino una confesión. Las preguntas la habrían manchado. Procuré ser fiel en transcribir sus palabras. Hice esfuerzos por descifrar esa personal taquigrafía que enseña el apuro periodístico. Mientras lo hacía recreaba el momento, escuchaba su voz pausada, miraba sus gestos serenos o indignados, según los temas. Que lo diga él, con la enjutez de lo esencial.
El oficio de vivir
"En aquella época había mucho sufrimiento por la pobreza. Tuve los esfuerzos de mis padres y sus penas por no poder dar bastante, faltando qué comer y vestir. Donde conseguía trabajo allí estaba mi tata. Pasábamos del frío al calor. De San Antonio de los Cobres a Campamento Vespucio, donde trabajó en YPF. Él era vasco-francés pero no me habló mucho de sus mayores. Él era parco.
Nací en Salta pero me crié en San Antonio de los Cobres donde pasé los seis años de la escuela primaria. Era más coya que el adobe. Tuve una maestra formidable, Laura de Acosta, una catamarqueña que empezó a prestarme libros. Empecé a escribir versitos en la escuela. Me maravillaba el sonido y el significado de las palabras. Leía novelas de aventuras, cuentos. No dejaba papel sin leer. Soy el segundo de cinco hermanos. El mayor de ellos murió. Ver tantos sufrimientos me provocaba esa cosa compulsiva muy rara a la que no podía dar salida ni leyendo ni jugando.
Sentí una especie de cosa mortificante en mi vida. No sabía qué era. Cuando comencé a escribir a los 15 ó 16 años me di cuenta que era esto lo que no me dejaba ser chico ni jugar tranquilo. Era mortificante, no sospechaba lo que podía ser. Luego, al escribir, se me fue haciendo claro que era una especie de cosa inexorable. Descubrí que sólo así podía estar bien.
Nunca logré armonía, equilibrio o alegría de vivir sino escribiendo. Aunque en el momento de escribir siento una permanente sensación de frustración, de que no se logra nada. Luego de ese momento doloroso, se puede pasar el día sintiendo alegría, encontrando la paz por momentos. Lo que no se puede sin afrontar esas cuantas horas de pelea con el papel. Cuando eso no ocurre, provoca una permanente sensación de violencia sintiéndose uno agresor y agredido entre los demás.
Viví en Vespucio donde hace 45 años los obreros y sus mujeres caminaban por la calle y los oficinistas y técnicos por la vereda. No se les permitía a los obreros ir por la vereda. Después vuelvo a Salta. Fue increíble llegar a la ciudad; me sentí como un provinciano que llega a Buenos Aires. Tenía acento puneño. Tenía los pómulos con costra por todo el aire de coya que traía. Nos repartimos en casas de parientes.
Sentí un malestar en la ciudad. Era una sensación de vergüenza. Recibía burlas por mi tonada. Hubo que habituarse. Tuve un secundario penoso en el Salesiano y en el Nacional. Y penosa era la situación de mi casa. Mi tío Nicolás Villada, hombre de gran ingenio, me ayudó a comprender, a destrabar mi lenguaje interior que era seco y árido. Sólo me interesaba leer, no el colegio del que no recuerdo nada.
Las letras primeras
Un día le muestro unos versos míos a Ramiro Dávalos y él se los llevó don Juan Carlos. Después fuimos a ver al viejo y nos hicimos amigos en la medida que puede serlo un chango de veintitantos años con un hombre viejo. Coincidió con mi amistad con Miguel Ángel Pérez, Erver Gallo Mendoza y Jacobo Regen. Con ellos se amplió una enormidad el panorama de lecturas y la comprensión de la poesía.
Pasé luego por el periodismo devorador. Yo he sido un disfrazado de periodista, no un periodista. Supe cumplir ese papel. Intenté buscar el sentido estético en la más simple información. Así el periodismo se hace más llevadero, aunque de más trabajo. Comencé a escribir gratis en “El Intransigente”. Luego estuve en “La Gaceta” y “Noticias” de Tucumán a donde llegué por Manuel Castilla y Regen. Viví casi diez años en Tucumán por situaciones familiares y también porque estaba saturado de Salta. Ahora no lo siento; me habré resignado…
Sentí las garras del pequeño chisme de la ciudad chica. La sensación que tuve es la de llevar una vida secuestrada por jíbaros. Lo curioso es que se dé una literatura tan grande en un ambiente tan pequeño. ¿Por qué? Hay grandeza en tanta literatura anterior: Castellanos, Frías. Hay mucha herencia. Como ya dije otra vez: “Los elefantes son contagiosos”. No se puede escribir cualquier cosa en medio de tanta obra. No faltaron nunca en Salta la cantidad de versistas, de líricos burócratas a los que Pío Baroja llamó versolaris, copleros, improvisadores, según la Real Academia. Es una plaga en Salta.
Por suerte se ha superado en parte ese viejo concepto según el cual un apellido prominente otorgaba derecho a escribir, daba las llaves de acceso a la literatura. También en parte continúa teniendo vigencia en Salta. Felizmente el pueblo va haciendo comprender lo grotesco de estas pretensiones, con la sola incorporación de nuevos nombres. Es cada vez mayor la presencia del talento del pueblo.
El tamiz del tiempo
Revisar los papeles para la elaboración del libro de los cuatro siglos de literatura en Salta me enseñó lo frágil que son los prestigios sustentados en la figuración o la preponderancia social. Lo mismo que ahora la publicidad; con ello se construían prestigios evaporables. Como decía Borges, "la fama no mejora la obra de nadie". Hubo gente que amparada en ese prestigio pasaba por buen poeta en su momento. Pero la repercusión duró lo que su vida. No tuvo más tiempo que su último suspiro. De allí que no creo que nada se pueda ganar con la aparición pública y con la insistencia en decir los propios poemas. La obra camina sola o muere con su autor.
La fama es engañosa. Es una terrible pérdida de tiempo proceder en la obra de arte como un comerciante que coloca bien un producto. La autopromoción es una calamidad. Revela que no se cree en la propia obra. Quien está seguro de lo que hace no recurre nunca a eso. A los premios, en cambio, los justifico más. No todos lo hacen por aspirar a un prestigio. Lo buscan para ganarse unos pesos. No me parece tan censurable. Creo que en Salta se prolonga esa manía de escribir como una forma de distinción. Hay gente que sigue haciéndolo y hasta con más de veinte libros publicados siguen sin dar una sola prueba de talento. Lo que revela hasta qué punto se hizo carne en los espíritus la idea de que el escribir era inseparable de la condición aristocrática.
Hay que tener un modo de vida. El que trabaja "es un tripero". Según esa idea las manos sólo cuentan para dibujar bellezas que no las hay cuando falta talento. El escribir un libro es el ornamento indispensable. En Salta felizmente ese prejuicio se destruyó a sí mismo. Las voces del pueblo se encargaron de demostrar su inconsistencia.
Obra propia, obra ajena
Soy severo con mi propia obra. Esa misma dureza de no perdonarse le lleva a uno a ser duro con los demás. Muchas veces más de lo que yo mismo quisiera. Siempre se cae en la injusticia. Tengo un promedio –la estadística no es mi fuerte- de tres a cinco poemas por año, en el mejor de los casos, cuando hay toda la suerte. Si no, uno o dos por año. Escribo sin programa, sin rutina. No hay ciclos a los que ajustarse. Ellos vienen de manera milagrosa. Se van hasta regresar quién sabe cuándo. Pero mientras se van y regresan en ese hueco y vacío no dejo de escribir.
Recuerdo siempre una expresión de don Antonio Machado. Cristo no nos enseñó nada nuevo. Dejó sólo esta palabra: Verdad. No abandonar la vigilia. Es esa tozudez casi asnal de la que habla Almafuerte. Escribo y luego el poema se defiende solo. No le ayudan los reportajes, las fotos, la promoción. La difusión del nombre no ayuda a la obra en nada. Esa vigilia permanente fue mi doctrina, mi ley. Fue mi catecismo de ateo, fue todo eso y más. Fue mi sustento de vida. Lo aplicaba en el trabajo diario, en ese trabajo que nadie reconoce como trabajo porque no recibe paga. Es el trabajo que hace decir a los necios “es un vago porque no mantiene a su familia con su trabajo". Hay que tener una gran capacidad de convicción y desesperación para vivir así, sintiéndose en falta con todos por hacer lo que no se podía dejar de hacer: cumplir con el destino.
Trabajé en una vigilia permanente. De todo esto me queda como resultado que prosa y poesía son trabajosísimas cuando se las pretende hacer bien, cuando no se pretende llenar moldes ni hacer retórica. La forma de expresión artística tiene los dolores de parto. También escribí ensayo. Sólo representó un tiempo de esterilidad poética. Cuando no me salía un poema, me ponía a juzgar los poemas de los demás. Pero lo hacía sólo por incapacidad mía, para disimular la sequía interior. De que me haya salido más o menos bien o mal, no me preocupa casi. Me alegra al haber dejado una prueba de amor, de haber escrito sobre ese americano grande que fue Vallejo. En realidad mi miedo a la prosa viene del manoseo a que tiene que someterse la palabra en el periodismo. No se podía hacer periodismo y prosa. Sólo cuando dejé el periodismo me animé a la prosa.
La grandeza de la poesía de Salta está en nueve poetas. De cada poeta no perduran más que uno pocos poemas. Dávalos es desparejo. La obra de Aráoz Anzoátegui es toda rescatable. Castilla no es tan riguroso. De Miguel Ángel Pérez destaco “Cartas de la casa". De Regen todo. En la generación del '60 sólo hay dos o tres nombres. Ahora se pretende que aquellos jóvenes eran un cardumen y que los de ahora también lo son. Hoy hay sólo dos poetas insuperables, nítidos: Ramón Jesús Vera y Rosa Machado. Lo demás son buenas intenciones.
Salta se deja amar. Pero también enciende enojos. Es una maravilla de amor. Hay dos o tres personajes que le ponen hiel cotidiana. Hay otros que ponen magia, andan por la vida sin celos ni envidias. A veces tiene demasías, injusticias inevitables por la falta de perspectivas, pero siempre con una humanidad latente, con amor. Está el Cuchi, Yutronich, Edmundo del Cerro, tantos que volveré a ser injusto si no los nombro. Están otros lanzados al plagio, a la desenfrenada búsqueda de prestigio político, social, intelectual. Está el cielo abierto y están los cerros que no dejan ver el horizonte. Como dijo León Felipe en 1947 cuando nos visitó, “¡Qué chura es Salta! y ¡Qué nido de ratas que es Salta!” |