Entre el éxodo jujeño y la contraofensiva victoriosa PDF Imprimir E-Mail
Por Jorge Raventos - Publicado a las 07:52 | domingo 10-08-2008 (leído 299 veces)   
Los voceros más optimistas del oficialismo exhiben en estos días rostros aliviados y transmiten cándidos pronósticos: dan por neutralizado el duro conflicto con el sector rural y consideran estar viviendo una etapa nueva, caracterizada por "una comunicación más amigable" del gobierno con la sociedad. "Ella está mucho más tranquila y él se mete mucho menos en la gestión", deslizan. Obvio: hablan de la señora de Kirchner y de su esposo.
Sergio Massa, jefe de gabinete nacional
Sergio Massa, jefe de gabinete nacional
Después de los sobresaltos y tensiones padecidos a partir del dictado de la resolución 125, a principios de marzo, es comprensible que la familia presidencial considere que últimamente los vientos soplan con más suavidad y benevolencia. De hecho, en los últimos quince días no ha recibido malas noticias comparables a la derrota sufrida en el Senado, al voto opositor del vicepresidente Julio Cobos o a la renuncia de Alberto Fernández, circunstancias que testimoniaron con gran crudeza el debilitamiento de su poder. 

El flamante jefe de gabinete (e intendente de Tigre en uso de licencia), Sergio Massa, un convencido de las beneficios de mantener la mejor relación con los medios de comunicación y de afrontar los desafíos con una sonrisa, parece ser el responsable de algunos de los cambios de hábito presidenciales que alegran a los oficialistas: la señora empezó a dar conferencias de prensa y habla con micrófonos  y personas de modo más afable, menos impostado.

Es posible, no obstante, que la modificación estilística no pase de ser un detalle trivial,  unb entretenimiento que tenga poco efecto sobre la crisis que late por debajo del veranito de san Juan de los últimos días.

Porque lo cierto es que, con sonrisa o sin ella, la señora insiste, por ejemplo,  en ignorar la inflación (o, lo que es lo mismo, en abordarla al estilo Guillermo Moreno: con manipulación estadística e inconducentes acuerdos de precios), mientras la sociedad en general y hasta empresarios que empiezan a dejar el bloque oficialista claman por "la gravedad" del fenómeno y estiman en 26 a 30 por ciento su  dimensión actual, es decir, tres o cuatro veces más alta que los números oficiales. La inflación no es  una trivialidad: es peligrosa como un ácido por su capacidad de corroer las condiciones de gobernabilidad de las sociedades.

En cuanto al conflicto agrario, tampoco conviene en ese caso guiarse por cuestiones de estilo. Las buenas maneras  que emplean las entidades rurales en estas semanas de balance y reorganización de fuerzas, tras su victoria política en el Congreso, no ocultan que la mayoría de las cuestiones que movilizaron al campo sigue sin resolverse. El gobierno mañerea en los contactos con las organizaciones agrarias, pretende atomizar su unidad y quiere derivar la discusión de medidas a cada provincia involucrada. Es decir: quiere repartir las responsabilidades mientras concentra la caja.

El campo no ignora que, más allá de las sonrisas, la actitud del gobierno sigue siendo hostil: lo evidenció en los fundamentos de la medida que redujo las alícuotas de las retenciones móviles (pero no anuló la resolución 125); lo refirmó la señora de Kirchner cuando, en la extensa y magra conferencia de prensa del sábado 2, confesó que no cambiaría nada de lo hecho por ella en el gobierno. O en la mezquina actitud oficial de boicotear la Exposición de Palermo. El campo también registra los obstáculos que la ONCCA pone a las exportaciones y el minucioso activismo que la AFIP dedica a los productores rurales, intensificado después de la victoria agraria en el Congreso. Esa atmósfera puede por momentos no aparecer en las fotografías, pero mantiene latente el conflicto que el gobierno quiere imaginar neutralizado  y advierte sobre la posibilidad de que se recargue.

Las provincias también proyectan perspectivas más sombrías que los amables pronósticos oficialistas. Ellas sufren una marcada disminución de los recursos "no automáticos" que recibían y un paráte de obras públicas comprometidas por el estado central. Las que más sufren son aquellas cuyos gobernadores adoptaron una postura autónoma en el conflicto agrario. Más allá de la voluntad sancionatoria de la Casa Rosada, la sequía de fondos para las provincias es consecuencia de las dificultades financieras del gobierno nacional que ha extendido su gasto muy por encima de la recaudación y tiene una dificultad creciente para financiarse. La tasa de riesgo país argentina de 700 puntos (la más alta de América Latina) va de la mano con el hecho de que el estado no puede obtener financiamiento genuino en los mercados y se ha vuelto dependiente de la dudosa ayuda de la Venezuela chavista, que compra bonos (aunque tiene un límite) por los que el gobierno K paga una tasa de 16 por ciento en dólares.

Como para nublar más el paisaje, el oficialismo empieza a registrar el hecho de que ya no hay retorno al disciplinamiento partidario que Néstor Kirchner había impuesto al peronismo en sus años de mayor gloria. Ahora, quien más, quien menos, gobernadores, senadores, diputados y concejales se toman libertades que antes delegaban y marcan diferencias con el gobierno que antes optaban por silenciar o disimular. El peronismo  empieza a tomar distancia y a poner condiciones. El  gobierno debe compartir decisiones: pierde el control tal como lo concebía. Eventualmente, pierde el control a secas.

Néstor Kirchner, sumido en el silencio de los inocentes, anota cada detalle de esa pérdida. Sensible a la fenomenología del poder, no se engaña sobre el retroceso que ha sufrido su fuerza y, mientras otros se encargan de ganar tiempo con maniobras de distracción, él analiza los pasos a dar y estudia la disyuntiva: "contraofensiva victoriosa"  o " éxodo jujeño".
 

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