La antiempanada: un agravio a Salta
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Por Juan V. Cino - Publicado a las 10:44 | domingo 03-08-2008 (leído 439 veces)
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Unos amigos porteños decidieron venir de turistas a Salta convocados por las fiestas de la Pachamama. Su amabilidad les llevó a invitarme a una antigua y bella casona construida, al parecer, sobre las ruinas del molino jesuítico. No pude rehusarme a una invitación tan precisa y circunstanciada ante el interés de los visitantes, seducidos por un folleto de esos que reparte la Dirección de Turismo de la Ciudad (también conocida como “Intendencia Isa”).
 | | Una auténtica contra-empanada | |
| El local, según todos los indicios, sucumbió al estilo porteño. Salvo algunos detalles menores, cualquier hombre viajado puede reconocer en esta casona los desvaríos seudo folklóricos que afean las presuntas “peñas” porteñas, en donde los emigrados del norte intentan aliviar sus nostalgias.
Ni siquiera un inmejorable (en el sentido de que nada puede hacerse para elevar su muy alta categoría representativa) busto del “Cuchi” Leguizamón, alcanza para borrar aquella impresión que se ve reforzada con el desfile de algunos camareros ataviados con ropa informal que evoca al Che y de otros que lucen largas coletas que, se sabe, irritan a los gauchos locales..
Al menos en la pasada noche de la Pachamama, los escasos intérpretes espontáneos ignoraban los rudimentos de la música salteña. Aparecían centrados en el improbable folklore cuyano y en esas tremebundas letras que respiran erotismo barrial (resabido, monótono, elemental) y que popularizaron “Los Nocheros”, desde que el Tremendo Intuitivo los convocó para sus lides.
Pero donde el despropósito llega al extremo es en las falsas empanadas con que la casa engaña a turistas desprevenidos.
Si, como sostienen algunos indocumentados, “empanada” es cualquier bocado envuelto en una masa enharinada y salada, no habría nada que objetar. Y este tipo de falsificación telúrica es, vaya casualidad, la que están acostumbrados a consumir los siempre apurados peatones del Puerto: Auténticos picadillos sobrecargados de comino y grasa industrial que, envueltos en una masa de textura plástica, usurpan el nombre del casi sagrado producto que el mundo conoce con el nombre de “salteñas”.
El Gobierno del señor Urtubey debería, cómo no, tomar cartas en el asunto creando reglas e instituyendo algo así como una “denominación de origen” que impida este tipo de manipulaciones. Al menos en el ámbito de la “Intendencia Isa”.
Instrumentos sobran: Normas ISO, recetas magistrales, el célebre concurso de la empanada que sabiamente popularizó el periódico expropiado al Partido Peronista de Salta, grandes artesanos de la empanadería y, como si todo esto fuera poco, vive entre nosotros el más Grande Gastrónomo Salteño, don Topeto Díaz.
De poco vale celebrar, en abril, el Día Nacional de la Empanada, si los salteños y sus autoridades seguimos tolerando este tipo de falsificaciones agraviantes.
Dejo para otra oportunidad mis comentarios acerca del presunto guaschalocro que sirven en el mismo local: un auténtico tulpo en la línea cordobesa que suele fabricar locro y sus derivados con choclo enlatado. |