lunes, 20. mayo 2013

Ultima actualizacion:25 feb 15:40 UTC

Usted esta en: Columnas Hernán Mondragón Salta y aquel otro y lejano sultán

Salta y aquel otro y lejano sultán

Correo electrónico Imprimir PDF
Antes de conocer uno de los últimos artículos publicados por Tomás Eloy Martínez, el que dedicó a Elías Canetti en el diario “El País” de Madrid el 29 de septiembre de 2009, por intuición más que por elección, leí uno de los títulos “Masa y poder” (1960), la gran obra de este escritor nacido en Bulgaria en 1905 y muerto en Zurich en 1994.

Después de leer a Canetti encontré en Tomás Eloy Martínez la confirmación de uno de los valores de “Masa y poder”, libro que Tomás Eloy considera “imponente” y también imprescindible para “entender el populismo, la demagogia y el desprecio que los hombres de poder sienten por las masas a las que manipulan”.

El texto de Canetti, además de permitir resaltar las semejanzas y las diferencias entre de aquel antiguo sultanato de Delhi, que duró veintiséis años, con el sultanato que gobernó la Provincia de Salta entre los años 1995 y 2007, sirve para demostrar la falta de originalidad de ese experimento salteño, asentado más sobre un manejo abusivo y anacrónico del poder antes que respaldado en principios, valores y prácticas republicanas.

En estos días, como globo de ensayo, el sultanato salteño, que en 1983 acarició la fantasía de dominar Salta cincuenta años, comenzó a amenazar con su restauración imaginando reinar hasta el año 2033, cuando sus sostenedores y beneficiarios sean ahítos ancianos de cien años.

Quizás por eso, el que sintetizo aquí es uno de sus textos que más llamó mi atención. Se trata del que, en catorce de quinientas apretadas páginas del libro, Canetti cuenta la historia de Muhammad Tughlak, sultán de Delhi, que accedió al trono en 1325, heredando el poder de su padre. Canetti teje su texto apoyado en el “nítido retrato” que dejó de este sultán el viajero árabe Ibn Batuta y el funcionario cortesano y luego cronista Barani.

Canetti dice que el que aportó la pluma de Batuta es el retrato “más exacto de los que de costumbre se posee en los potentados orientales”, en cuya corte Batuta sirvió siete años que le permitieron observar el carácter del sultán, las costumbres y comportamientos de su corte y el estilo de gobierno. Batuta ganó los favores del sultán “por medio de la adulación y después procuró salvarse de su ira llevando un tren de vida ascético”.  

La proximidad con el sultán y la admiración de Batuta por aquel se transformaron en “mortal terror” cuando Batuta cayó en desgracia. Recién entonces Batuta pudo ver la doble cara del poder: la que prodiga favores y la que castiga y asesina.

Barani, otro alto funcionario del sultán de Delhi, que vivió diecisiete años en la corte, a la muerte del sultán escribió en lengua persa una historia de su época “que pertenece a las mejores obras de este género”. El libro recoge y reseña tres conversaciones que el autor mantuvo con el sultán sobre el concepto que éste tenía de sus súbditos y de la forma de gobernar.

La descripción que magistralmente hace Canetti remite a esa fuente a la que, en parte, utiliza textualmente. Esa historia reconoce en la prosa y la caligrafía de ese cruel y culto sultán de Delhi un modelo de elegancia. “Los dogmas de los filósofos, la indiferencia y la dureza del corazón, tenían una poderosa influencia sobre él”, refiere Barani.

La narración de Barani se detiene en detalles de la corte, en sus costumbres, el uso jerarquizado de los ambientes del palacio y sus tres puertas, y en la rigidez de las normas protocolares que la rodeaban las que acentuaban el temor de los súbditos frente al sultán, cuyo poder reforzaba en esas ceremonias donde los súbditos, y también los elefantes ricamente enjaezados, se inclinaban multiplicando gestos de servil obediencia.

Gestos que el sultán retribuía otorgándoles el título de “Honorables”, y pagándoles “muy grandes sumas de dinero para su manutención y les obsequiaba también de múltiples formas. Por ellos la gloria de su dispendiosidad se difundió por todo el mundo”. Claro, esos dineros nunca salían de las arcas del sultán que acrecentó su dinero a expensas del Estado. El sultán de Delhi, precursor de la cleptocracia, expandió su imperio a golpes de sobornos

El apetito de poder del sultán era insaciable. Quería extender su poder no sólo en el tiempo, eternizándose en el mando: aspiraba a extenderlo en el espacio controlando y sometiendo a su omnipotencia todo lo que había en la ciudad: hombres, leyes, bienes, dinero, cosas, honras, creencias, opiniones, la memoria histórica, las palabras escritas y habladas y “hasta las murmuradas en secreto”.  

Dice Stefan Zweig que el poder impulsa a la omnipotencia, la victoria al abuso de la victoria”. En lugar de contentarse con haber logrado el poder, todos estos omnipotentes “caen en la tentación de transformar la mayoría en unanimidad y de querer también imponer su dogma a los que no pertenecen a ningún partido; no les basta con sus gentes acomodaticias, sus alabarderos, sus almas esclavas”.

No les alcanza con los cortesanos aduladores: “quieren poseer como lisonjeadores y siervos suyos a los seres libres, a los poco independientes, y, para erigir su dogma exclusivo, estigmatizan como criminal, con el poder del Estado, toda opinión adversa”. El sultán omnipotente vence pero jamás logra convencer. Puede acumular autoridad y tener fama pero nunca prestigio.

El sultán hacía grandiosos planes. Aunque se alimentara de ideas de otros, jamás los invitaba a participar en un proyecto. Necesitaba guardarlos bajo siete llaves para después hacerlos aparecer presentándolos como si fueran suyos. “Cualquier cosa que se le ocurriera le parecía bien. No tenía duda alguna, su meta le parecía evidente, los medios que para ello ponía en movimiento eran los únicos acertados”, dice Canetti.

Cuando el Estado enfermaba y el poder de estos sultanes comenzaba a declinar, anota Barani, estos tenían por delante varios caminos. Uno de ellos “dedicarse a la caza y a las diversiones, dejando los negocios del Estado a sus visires y funcionarios”.

El del sultán de Delhi “es el caso más puro de un detentador de poder paranoico”. Cuando su reinado entra en el ocaso, su ejército caen en la ruina y los habitantes de la ciudad son expulsados al exilio, el sultán “queda solo, satisfecho. Desde el techo de su palacio contempla la metrópoli vacía: la dicha del superviviente la gozó plenamente”.

Canetti concluye diciendo que el sultán de Delhi fue defendido por algunos historiadores modernos de la India. “Nunca escasearon los panegiristas del poder. Los historiadores, profesionalmente poseídos por él, acostumbran a justificarlo todo en base a la época, tras la que como conocedores pueden ocultarse con facilidad, o a la necesidad, que entre sus manos toma cualquier forma”.

“Tales interpretaciones valen también para los casos que nos son más cercanos que el de Muhammad Tughlak. Aquí puede resultar de utilidad preventiva el descubrir los procesos del poder de un hombre que, por fortuna para el mundo, sólo lo detentaba en su delirio”.

eXTReMe Tracker