martes, 21. mayo 2013

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Es salteño, y basta

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Que el salteñismo es una inflamación del localismo que le está haciendo mal a Salta, es algo que sólo niegan aquellos empeñados en exagerar la hinchazón del orgullo por lo propio, cultivándolo con una virulencia que amenaza convertirlo en gangrena.

Las versiones que conocemos aquí del localismo lo hacen algo menos que un nacionalismo de patria chica. Cierto localismo sirvió, y aún sirve, como tapadera de intereses económicos de esa raza no extinguida de caciques, exponentes de una nueva “oligarquía guaranga”, que pregonan que cualquier crítica a su despotismo es una ofensa a la salteñidad. Lo cual es una copia de lo que decía la dictadura del “proceso” que acusaba de “antiargentinos” a los denunciábamos sus crímenes.

¿Qué es ser salteño? ¿Quién es el salteño? ¿Acaso el que nació en Salta y acredita, al menos, dos o tres generaciones de antepasados nacidos en Salta? ¿Es el que no habiendo nacido aquí, elige residir en Salta y se siente salteño? ¿Se adquiere tal condición cuando se habla en tonada salteña, se declama tradicionalismo, se viste con traje de gaucho y se coquea? No. Todo esto es insuficiente, parece que no alcanza.

Para un pequeño y cerrado círculo de personas que otorga o deniega la condición de salteño, esos puristas de la salteñidad, se es salteño sólo cuando ellos deciden otorgar a algunos ese título. Salteño es la persona que esos señores deciden reconocer. Los mismos que conceden esa gracia a una persona, se reservan la facultad de quitársela.

Se es salteño, pues, sólo si los dueños de la marca están dispuestos a concederla. Uno puede haber nacido en Salta, pero si no reside aquí o por cualquier motivo no fijó su residencia en Salta, puede ser sospechado de ser un salteño renegado o desertor, un cripto salteño, un “salteño nuevo”. Esta gente, que tiene el monopolio del salteñismo, no inventó nada nuevo. Lo único que hacen es reciclar el espíritu y las prácticas de la inquisición.

El salteñismo es una enfermedad infantil de lo local que se nutre de un tradicionalismo esclerosado y restaurador, de un rechazo a la libertad, a la diversidad, a la racionalidad, a la modernidad y a la democracia. Ese salteñismo es partidario de un patriotismo coactivo, impuesto por ley y cuyo no cumplimiento aspira penalizar. No hay que reprochar al salteñismo que se enorgullezca “de lo propio”, sino que se jacte de lo malo o de lo peor.

Los ídolos del siglo XX de ese salteñismo son algunos de los que aplaudieron el golpe de 1976, ungieron como figura venerada al Malevo Ferreira, son secretos admiradores del fascismo y del nazismo, colaboraron con la persecución de la dictadura, sienten un profundo rechazo a “lo porteño” y practicaron la vieja costumbre de acusar en las sombras, de censurar y de excluir. En pago chico como éste, muchos conocemos esos nombres, pero como no formamos parte de los tribunales inquisidores, no los mencionaremos.

Ese localismo respira por la herida del orgullo herido. Se queja si Buenos Aires “no reconoce” sus méritos y su galería de próceres. Pero también protesta si algún porteño “utiliza el nombre de Güemes en vano”. En estos días una agrupación política que adhiere al gobierno de los Kirchner usó como su nombre de pila el del general Güemes.Esto es un agravio, es un insulto, protestaron los dueños de la salteñidad y de la memoria de Güemes. ”Esperemos que todas las instituciones güemesianas de salta se muevan, especialmente los fortines. Que locura tienen estos porteños - ¿por qué no usan los nombres de ellos? Por favor!!!”, clamó uno de los fanáticos.

Un grupo de oportunistas pretende hacer política de utilería. Algo que cualquier salteño con el poncho bien puesto debe denunciar”, reclamó un periódico que suele arrojar incienso sobre el ex gobernador Romero, quien usó a Güemes y al salteñismo, y quien consolidó una fortuna personal arrasando con las instituciones de la provincia.

Este salteñismo, aunque desdeñe lo ajeno, no es invención nuestra y tampoco original. No puede ostentar, como el regionalismo vasco, catalán o gallego, una lengua o antiguos fueros propios. Ese salteñismo, cada vez más agresivo y estéril, es una manifestación más del localismo, convertido en una rémora del siglo XXI.

En estos días, en un periódico de Madrid, alguien que admiro como Arcadi Espada dedicó unas líneas a la “cursilería del regionalismo”.

Una polémica en torno a lo gallego, devolvió actualidad a este viejo asunto. En una actitud que comparto, Arcadi Espada prefirió dar la palabra a otro gran escritor, don Julio Camba.  “Me voy a permitir copiar un artículo del mejor escritor de Villanueva de Arosa y de buena parte del extranjero, es decir, don Julio Camba. Y advierto que tengo más, y no me obliguen”. 

Que tampoco nos obliguen, porque nosotros también tenemos más. Veamos lo que don Julio Camba escribió en 1909.

La cursilería del regionalismo

“Ahora que llego a Galicia, y algunos paisanos suponen que yo he tenido devaneos con Málaga el verano pasado, que me he madrileñizado excesivamente o que soy un gallego-andaluz, según la frase de Pérez Lugín. El regionalismo gallego es una cursilería desesperante. Hay que ser gallego «a mucha honra». Y para mí no es honra ser gallego, porque considero que también es gallego Cao y Durán. Galicia es un país encantador; pero tiene un inconveniente: el galleguismo.

En Madrid, en Buenos Aires, en La Habana, en todos los sitios donde hay colonia gallega, se puede estudiar un tipo muy curioso, que es el del gallego profesional. ¡Gallegos que viven de ser gallegos militantes! En las últimas elecciones de concejales celebradas en Madrid salió triunfante el señor Vilariño, del Centro Gallego.

-¿Cuál es -le preguntaba yo a un paisano- la personalidad del señor Vilariño?
-¡Ah!, es un gran gallego -me contestó.

¡Un gran gallego! Es decir, un hombre que es más gallego que otros. ¡No lo comprendo!

El regionalismo tiene en todas partes un defecto fundamental que ya le señaló Baroja al regionalismo catalán: el de substituir con un problema casero los grandes problemas de nuestro siglo.

En el caso concreto del regionalismo gallego, apenas si se trataba de algo más que de una tertulia literaria. Si por azar se refieren alguna vez los regionalismos al problema agrario; por ejemplo, lo hacen de tal modo, que este problema parece exclusivo de Galicia.

En una velada gallega celebrada el otro día en el teatro Español, el recaudador de contribuciones se presentaba en escenas acompañado del Juzgado para embargar la casa de un campesino que debía no sé cuántos recibos.

-¡He aquí lo que se hace con los gallegos! -decía el campesino.

Un amigo vallisoletano que se sentaba a mi vera, se indignó:

-¿Es que acaso en Valladolid no nos cobran la contribución?

La obra era mala, y al final yo no quise aplaudir.

-Es usted un mal gallego -me dijo el vecino del otro lado.
-No. Es que la obra es mala.
-La obra es gallega, y basta.

Ya lo saben los currinches que quieran tener un éxito. Escriban en gallego”.

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