miércoles, 16. mayo 2012

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Operación retorno

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El fin de semana del 30 y 31 de julio marca un punto de inflexión en el calendario estival de España. Millones de compatriotas nos desplazamos en las rutas en esas fechas con el fin de comenzar nuestras vacaciones de verano. Al operativo que se despliega en estos días a lo largo de nuestra geografía, se le denomina “operación salida”. Este año, me temo, más dura que la operación salida con sus atascos y retenciones kilométricas, va a ser la “operación retorno”. Partir lejos, aquél que pueda hacerlo, va a resultar más sencillo que regresar a un panorama social, político y económico que preveo angustioso y complicado para el próximo otoño.

No me identifico, ni pienso hacerlo, con la España del olé, el toro y el traje de flamenca. No tengo tampoco postura definida ante las corridas de  toros. Lo que me enerva y me tiene la moral por los suelos es que estemos, justo en estos momentos, debatiendo con ardor como si se nos fuera la vida ello, la prohibición de las corridas de toros. El NO ganó en el Parlament de Catalunya; veremos que ocurre cuando, tras politizarse en exceso el tema, comiencen a hacerse patentes las contradicciones entre esa prohibición y seguir permitiendo los “correbous” o, como algunos murmuran surjan los primeros intentos de sustituir paulatinamente la artesanía de la montera y el traje de gitana por artesanía catalana en las tiendas de souvenirs de aquella tierra. Más nos valdría tener una o dos generaciones de jóvenes españoles y catalanes bien formados y multilingües (y no me refiero al catalán o el castellano, sino al inglés, el chino o el árabe) y dejarnos de una puñetera vez de botijos, barretinas, sevillanas o sardanas.

No soy afecta a los extremos, me causan desasosiego. Me desconcierta el “adeu Espanya” tanto como el burdo “catalanes fuera”. Me sentiría igualmente cómoda en una “nación de naciones”, término tan en boga, como ante una única España con Autonomías cada vez más autogobernadas y un Estado Central que conserve tan sólo las competencias básicas. Lo que me irrita y me enfada, es que no veo a casi nadie mostrando el mismo o mayor ímpetu que el exhibido en contra o a favor del toro, dedicado a combatir unas cada vez más grandes e inútiles estructuras burocráticas que nos cuestan cientos de millones de euros con resultados escasos o casi nulos en la práctica.

Comprobar que la Generalitat de Catalunya mantiene decenas de embajadas propias en el extranjero, que gasta mucho dinero en fomentar un idioma que los catalanes hablan no por imposición sino por convicción propia, o tener que pagar unos 600 millones de euros en concepto de indemnizaciones a resultas de la prohibición de las corridas de toros, no se corresponde con saber que en estos momentos, tiene graves problemas de tesorería inclusive para el abono de facturas a hospitales concertados por la prestación de servicios médicos a la ciudadanía. Esta situación de ahogo y cuasi quiebra financiera puede ser aplicado igualmente a un 30% de los Ayuntamientos de España que pide líneas de crédito al Estado Central para, en muchas ocasiones, seguir con el dispendio.

Desde una perspectiva positiva, eficaz y práctica, inundar en estos momentos los debates políticos con cuestiones que debieran ocupar nuestro esfuerzo y tiempo sólo tras haber apagado los fuegos que ahora nos abrasan, me parece más un irreflexivo capricho que algo imprescindible para seguir (o empezar a hacerlo) construyendo un país serio. Pagar más impuestos, apechugar con la subida del IVA, aceptar la congelación de jubilaciones y los descenso de sueldos, tendrá poco sentido si no cambiamos la mentalidad de todos aquellos que, cual casta, viven de sus propias estructuras que pagan con nuestro dinero. Ellos proponen, debaten y votan, pero no de lo que aqueja mayoritariamente a la ciudadanía.

Y si de castas políticas hay que hablar, no crean que sólo lo hago de la nacionalista. Un Jose Luis Rodríguez Zapatero con su soporífero “estamos mejor que lo que parece” o un tedioso Mariano Rajoy con su “adelante usted las elecciones” no nos hará más llevadera la “operación retorno” en septiembre. En pleno verano – época en la que se amplían las contrataciones estacionales – no hemos logrado disminuir la sangría del paro. Se contrata, es cierto, pero a menos gente de la que se despide de sus puestos. Nos hemos plantado en el muy bochornoso 20,09%  de desempleo. Se dice pronto pero son 4.645.500 de sufridos ciudadanos – españoles y extranjeros – que andan en el ese limbo de la prestación o el subsidio por desempleo. Muchos de ellos, los más jóvenes, probablemente tarden años en conseguir su primer empleo, otros, los más mayores, quizás no surquen de nuevo el mercado laboral del que salieron. Pasa el tiempo y nuestra casta política sigue discutiendo.

“Sólo hace falta cumplir, cumplir, cumplir y se va a escrutar mi cumplimiento” afirma ahora Zapatero. Lo hace con la misma ¿convicción? con que en el 2009 replicaba a Trichet, presidente del BCE, cuando este le pedía una reforma laboral que nos llegó tarde y con malos modos; entonces el Presidente del Gobierno afirmaba que “mi programa no incluye reforma laboral y está para cumplirlo”. Tengo la sensación que si nos liamos la manta a la cabeza con lo de los incumplimientos, lo que hay que votar con urgencia en el Parlamento es la expulsión inmediata de sus puestos de todo cargo político que tenga la cara tan dura como el mejor acero.

Y si para Rajoy “esta reforma laboral sólo se centra en el despido” y el PP “no puede resignarse ante la grave situación de España”, que “deje ya de joder con la pelota” como diría el Nano y presente de una vez una moción de censura aunque la pierda por falta de apoyos. Esta medida, obliga al que la promueve a presentar en el Congreso un detallado y conciso plan de gobierno. Sabríamos así – aunque luego se lo copie Zapatero - cuáles son las medidas concretas que un nuevo gobierno del PP implantaría para acabar con la resignación, no ya de ellos, sino de los ciudadanos que la sufren en silencio.

Yo que como muchos parto de viaje este fin de semana, ya sufro por mi particular “operación retorno”. No atisbo cambio, no ya de cifras y datos económicos, sino de mentalidad en el español medio. La falta de determinación para exigir gestores públicos escasos pero eficaces, estructuras burocráticas reducidas pero ágiles, la ausencia de distinción entre lo fundamental y lo accesorio o no sentir que estamos enfocados con éxito en dar un giro de 180º a la evolución del país entero, es lo que me tiene en vilo en estos tiempos. Que como dice el FMI, nuestra recuperación económica vaya a ser frágil y lenta me preocupa menos que volver a lo de siempre, a eso tan nuestro: a la prohibición, a la pelea de gallos, al debate estéril y la formación escasa; al quítame de ahí esa flamenca, ponme allá ese Euskera. Vergüenza torera, y no me refiero precisamente a los toros, debería darnos seguir dando este estéril espectáculo.

Les abandono por unas semanas. A ver si junto al mar, mientras paseo por la playa, consigo aplacar esta frustración que tengo. Cuando vuelva seguiré contándoles si el panorama oscurece o aclara.

Traten de ser felices durante mi ausencia siempre que las retenciones, las facultades delegadas, la inflación y las reservas, Timmerman y su Twitter, Moyano y su PJ del Conurbano o el “Grupo A” y los “Cristinos y Cristinas” no se lo impidan.

Me temo que a mi regreso, todos vamos a tener que seguir recurriendo a un dicho (con perdón) muy torero: “Que Dios reparta suerte”. Nos va a hacer mucha falta.

 

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