Los británicos tienen a su reina Isabel II. Tienen también las Malvinas, Gibraltar y su té de las “five”. Los argentinos reclaman sus Malvinas y los españoles hacemos lo propio con Gibraltar; situado al sur de nuestro territorio el Peñón viene siendo disputado entre británicos y españoles desde hace tres siglos ya. Que sepamos no tiene petróleo pero permanece como astillero contaminante y oscuro paraíso fiscal dentro de la Unión Europea actual.
Los británicos son europeos pero “sí y no”: alejados por mar del continente, no utilizan el euro y manejan sus autos por el lado contrario al que manejan los demás. También son de los pocos en el siglo XXI ya, que continúan ejerciendo el discurso de “sus territorios de ultramar” con acento de “La City” y una desfachatez brutal.
Deberíamos retroceder hasta 1713 y el Tratado de Utrecht para comprender los orígenes de la disputa que los gobiernos de España y Gran Bretaña siguen manteniendo por Gibraltar; hechos históricos al margen, las instituciones que regulan hoy en día la comunidad internacional y nuestro ingreso en la UE han transformado el modo en que hemos debido encarar nuestra pretensión de recuperar la soberanía del Peñón.
Fue justo en 1985, tras el ingreso de España en la Unión Europea y nuestra adhesión al Tratado de Lisboa, cuando el gobierno de Felipe González abría la Verja que separaba a los habitantes gibraltareños y a los del sur de España. En uno de los momentos más álgidos de esta “guerra fría” entre Gran Bretaña y España por el Peñón, el régimen franquista había ordenado su cierre en 1969, doce años atrás.
Lo más negativo de toda esa tensión no sólo fue el nulo avance en nuestra reclamación sino la particular versión de un “Muro de Berlín” que ciudadanos de uno y otro lado debieron sufrir. Sin comunicaciones telefónicas o marítimas y con familias separadas, vivieron una década de aislamiento que perjudicó y no benefició. Al momento del cierre más de diez mil ciudadanos españoles trabajaban en Gibraltar, hoy la situación no es igual; los “Llanitos”, nombre con el que se denomina a los habitantes del Peñón, no sólo conviven con españoles sino con gran cantidad de mano de obra marroquí, que cuando se jubila no puede permanecer allí, que el gobierno británico se encargó durante los años del cierre de fomentar y regular.
Hoy en día el Peñón de Gibraltar es un inmenso astillero que repara barcos que ocasiona en aguas consideradas españolas problemas puntuales de contaminación. También es un centro financiero de sospechosa y probada opacidad. Ambos factores siguen generando problemas mutuos que España, sin renunciar a pretensión soberana, ha optado por combatir a nivel diplomático y no mediante la confrontación. El objetivo es acercarse paso a paso a una solución y en el camino no perjudicar a la población.
Desde el año 2004 existe entre ambos gobiernos el llamado “Foro del Diálogo”; un espacio de discusión de acuerdos y de cooperación, que ha propiciado avances en el uso del aeropuerto del Peñón, el pago de jubilaciones a los ciudadanos españoles radicados en él y algunos progresos en temas de jurisdicción de las aguas del Estrecho de Gibraltar.
Las exploraciones petrolíferas que mañana iniciará el gobierno británico en Malvinas ha trasladado hasta allá una vez más, el foco de la tensión entre Argentina y Gran Bretaña. El gobierno de Gordon Brown, debilitado ante sus electores y con problemas internos, fogonea el asunto en un intento de trasladar la atención de la población; el oro negro, jugoso botín del mundo financiero y empresarial, complica aún más, el problema de la legítima reclamación de soberanía del territorio y de sus aguas por parte del gobierno argentino.
En ocasiones, con una errática o escasa política diplomática y exterior y con falta de embajadores ante numerosos países europeos, el gobierno y la diplomacia argentina deberían redoblar sus esfuerzos ante las instituciones internacionales y aprovechar, por si este hecho pudiera ayudarles un poco más, que España preside ahora y de forma temporal la UE. Las posiciones de máximos y de confrontación suelen acarrear más perjuicios que beneficios en aquello que pretendemos alcanzar: eso por desgracia se ha comprobado ya.
Diplomacia, mucha constancia y suma de voluntades en general, podrían ser las únicas armas que ayuden a Argentina en este camino que nosotros también sabemos es largo y difícil de transitar. Servirá de poco, pero vaya a través de estas líneas mi apoyo a la Argentina en esta labor.
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