Seguridad
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Armario de armas de la comisaría de Rivadavia Banda Sur - Foto: Diario El Tribuno
Armario de armas de la comisaría de Rivadavia Banda Sur - Foto: Diario El Tribuno

El diario El Tribuno de Salta publica en su edición digital de hoy un sensacional documento gráfico: el armario en el que la Policía de Salta guarda sus armas en una comisaría de Rivadavia Banda Sur.

La foto en sí, que retrata el lacrimógeno estado de equipamiento de una fuerza de seguridad que periódicamente presume de poseer una «avanzada tecnología», es mucho más interesante que el reportaje escrito al que ilustra, básicamente porque el artículo se esfuerza en poner en relación la pobreza y la obsolescencia de las armas con la necesidad de combatir a los narcotraficantes.

El error de enfoque es manifiesto, por cuanto el modus operandi de los delincuentes transfronterizos que trafican estupefacientes requiere de una respuesta por parte de las fuerzas de seguridad que excede con creces la posesión de armas de fuego.

Pero es acertado si se tiene en cuenta que la comisaría en cuestión podría ser atacada por un malón de gente montada, como ya sucediera hace algunos años en Campo Quijano. En tal caso, ¿a quién podría ocurrírsele que los abnegados agentes van a repeler una agresión a la repartición con unos rifles que parece que acaban de llegar en una diligencia de la Wells Fargo? ¿Quién en su sano juicio puede asegurar un buen resultado en el combate con el delito si nuestros agentes manejan unas ametralladoras que el mismo Al Capone hubiera rechazado por fallutas?

Y también un poco sospechoso, porque por mucha influencia que pueda tener un diario, eso de llegar a una comisaría de frontera y decirle al comisario «me permite usted fotografiar las armas que utilizan» y acto seguido sacar la foto, como si al hacerlo no se violara ninguna norma de seguridad, se antoja un poco irreal.

Pero si ese es el verdadero estado de las comisarías de la zona, no hace falta imaginar mucho para darse cuenta de que las escuelas y los hospitales, que dependen del gobierno en la misma medida que las comisarías, carecen de lo mínimo necesario e indispensable para funcionar y dar un servicio medianamente digno y decente a enfermos y a estudiantes.

Con poco -digamos, casi nada- Urtubey ha hecho realidad en Rivadavia Banda Sur una antigua profecía lanzada por Bolívar en relación con el continente americano: «Lo único que se puede hacer en esta tierra es emigrar».

Los primeros que, con razón, quisieran salir volando de allí son los policías, entregados por su superioridad de pies y manos a los dominios de la mafia. Sin vehículos, sin computadoras, con teléfonos de la época de las películas de Mecha Ortiz y antenas caseras colgadas de los árboles, ¿a quién se le puede pedir que intercepte en pleno vuelo las aeronaves que transportan la droga de uno hacia otro lado de la frontera?

Y no digamos ya prevenir o reprimir delitos un poco más sencillos, como el abigeato. En estas condiciones, al Policía no le queda otro remedio que rezar. Y hacerlo para que el gobernador se lea algunos libros que enseñan en qué consiste algo llamado «cohesión territorial» y que obliga moralmente a los gobernantes a mantener una calidad uniforme en las funciones que el Estado desempeña y los servicios que presta a lo largo y ancho del territorio bajo su mando.

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