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La partida de un ídolo

La noticia ha enlutado a toda Francia, que hoy llora la partida de uno de sus máximos ídolos.
Johnny Hallyday
Johnny Hallyday

Tenía 74 años y estaba en plena actividad artística. Un cáncer de pulmón se lo llevó, «con valentía y dignidad», como ha anunciado esta madrugada su esposa, Laeticia Boudou.


Es muy difícil imaginar en otras partes del mundo la dimensión y el significado que esta muerte tiene para Francia. Probablemente, el último rockero francés de tan mítica estatura cuya partida ha enlutado tan profundamente al país haya sido François Mitterrand, que dejaba este mundo con 79 años, un 8 de enero de 1996.

Si en un día tan triste como hoy todavía estuviera entre nosotros Ernest Hemingway, seguramente escribiría que París no es una fiesta, pues la ciudad luz amanece hoy envuelta bajo un manto impenetrable de bruma invernal, mezclada con el vapor salino de las lágrimas de millones de admiradores de aquel que ha dejado la huella más profunda en la música popular francesa de los últimos tiempos.

Especialmente triste, el barrio de la Trinité, en donde este rockero de leyenda nació en 1943 y aprendió a hacerse grande. Cada vez que he tenido oportunidad, he caminado el noveno arrondissement de la capital francesa, bajando por la rue de Martyrs, desde el boulevard Rochechuart hasta la rue Saint-Lazare, con la imagen de Johnny Halliday en mi mente y con su música retumbando en los auriculares. La próxima vez será seguramente diferente.

Al viejo rockero le sobreviven dos de sus mentores y grandes amigos: Charles Aznavour (93) y Line Renaud (89). También Sylvie Vartan (73), con la que formó una de las parejas más bellas y famosas de los años 60 y 70, y su amigo rockero Eddy Mitchell (75), con quien aún compartía los escenarios.

Parece extraño, pero esta madrugada casi todos tenemos la sensación de que el viejo rockero fallecido, a pesar de sus sesenta años de vida artística, ha muerto con 26 años, como una especie de James Dean o de Marilyn Monroe, solo que con el rostro tallado por la cirugía. Quiero decir con esto que no ha muerto una momia semirretirada o una vieja gloria alejada ya de los escenarios, sino un símbolo emblemático de la vitalidad de la juventud, un icono eterno del misterio que rodea al tiempo de la memoria perdida.

Johnny Hallyday ha muerto en su casa de Marnes-la-Coquette y por estas horas se desconoce dónde va a ser enterrado. Tal vez cerca de Dalida, que descansa en Montmartre, a pocos pasos del lugar en donde vivió; en Pére Lachaise, donde están enterrados Edith Piaf, Marcel Proust y Oscar Wilde, o quizá en Montparnasse, donde está la tumba del inolvidable Serge Gainsbourg, las de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir y la alargada y enigmática tumba de Baudelaire.

A estas alturas del año debería estar yo en París, pero esta vez no ha podido ser. Sin embargo, aquel rincón de la ciudad que se parece haberse apagado esta madrugada, entre lágrimas y suspiros, late también aquí donde me encuentro en estos momentos, en donde el aire es más fino, un poco menos frío, pero igualmente triste. Porque si Johnny Halliday era más francés que universal es porque él así lo decidió y no porque quisiera ponerle fronteras a la belleza de su arte, que atravesó lenguas y culturas. Tanto, que todavía me acuerdo de mí mismo cantando a grito pelado Que je t'aime por aquellas polvorientas calles de Cerrillos a mediados de los convulsos años setenta.

Tal vez si Johnny pudiera enviarnos un mensaje desde donde está ahora, este mensaje sería: «Morirse es una estúpida costumbre que tiene la gente». Larga vida al rock and roll.

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