Derechos Humanos
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Discriminación y racismo

El gobierno provincial fomenta la división de los salteños por el color de su piel y sus orígenes étnicos. Es decir, todo lo contrario a lo que quisieron los fundadores del país y la Constitución de 1853.
Juan Manuel Urtubey, Gobernador de Salta
Juan Manuel Urtubey, Gobernador de Salta

El Gobernador de Salta no es, con toda seguridad, el inventor de los «criollos» como categoría racial o sociológica, pero es quien con toda probabilidad más empeño ha puesto en dividir a los ciudadanos salteños por su origen étnico, y por asignar derechos y territorios de conformidad con esta arbitraria clasificación.


Es probable que algún perito antropólogo, de aquellos que de vez en cuando asisten a los jueces para distinguir entre aborígenes auténticos y truchos, tenga trazado un prolijo perfil del criollo, con medición del diámetro del cráneo y de la disposición de sus dientes, pero desde antiguo se llama con aquel nombre (que ni siquiera es de nuestro idioma sino que se origina en el portugués y ha llegado a nuestra lengua a través del francés) al hijo o descendiente de europeos, nacido en los antiguos territorios españoles de América o en algunas colonias europeas de nuestro continente.

Es decir, que en Salta, excepto aquellos que han nacido en Europa (los hay ya muy pocos), todos son criollos, incluido el gobernador Urtubey, que -vaya a saber uno por qué- no se siente ni pueblo originario ni criollo.

Cabe preguntarse entonces qué son o cómo deben llamarse todos aquellos que no son originarios ni «criollos», según la arbitraria y discriminatoria clasificación del gobierno. ¿Se les debe llamar «salteños», o quizá haya que llamarlos «blancos»? ¿Sería adecuado referirse a ellos como «el resto de la población»?

En cualquiera de los tres casos (y no hay muchos más) el resultado es catastrófico y repugnante desde el punto de vista estético. No hay ninguna justificación para etiquetar a los seres humanos de esta guisa; al menos, no sin riesgo de caer en el mayor de los ridículos.

Cuando el gobierno provincial clasifica a la población de esta manera lo que está haciendo es proclamar, con la boca pequeña, la supremacía del blanco. Urtubey, con ser criollo hasta el caracú, ejerce en sus ratos libres de supremacista de la raza que reparte prebendas entre los grupos étnicos menos favorecidos. ¿Es justo que esto suceda en Salta? Probablemente no.

Si los denominados pueblos originarios disfrutan ya de un estatus exorbitante en nuestra sociedad, es razonable pensar que más pronto que tarde el gobierno establecerá un estatuto del criollo, en el que dirá cómo y dónde tiene que vivir «esta gente». Así piensa el supremacismo blanco de Salta, aunque de blanco no tengan ni la esclerótica de los ojos.

No llama la atención, por tanto, que este tipo de dominación se ejerza a través de múltiples formas de demostración de «quién manda aquí»: xenofobia, antisemitismo, misoginia y nacionalismo. Formas de supremacía que conectan en casi todo el mundo con la extrema derecha.

Salta, por supuesto, no es la excepción, ya que en el mundo los grupos supremacistas se han valido siempre de la ayuda de elementos distintivos, como himnos, banderas, creencias, rituales, acciones y otras idiosincrasias, así como en las formas de acceder a las mismas. En nuestra Provincia no falta de nada, pues, para que el supremacista blanco -que, como hemos dicho, no es blanco- ejerza una dominación virtualmente absoluta.

De hecho, en nuestra Provincia se presentan, aunque en escala reducida, todas las combinaciones posibles de movimientos, ideologías, doctrinas filosóficas (culturales y políticas), estrategias y estilos de organización, tácticas, objetivos o fines, en una compleja imbricación de conceptos como «tradicionalismo», «fundamentalismo», «conservadurismo» o «extremos».

Con estos mimbres, el gobierno urde su política de «cohesión del territorio», en lo que constituye probablemente una de sus más flagrantes contradicciones: no se puede coser el mapa de Salta dividiendo a su población y etiquetándola por su color como si fuesen pollos de una granja.

En resumen, que el supremacismo blanco de baja intensidad que practica Urtubey, con el amparo de la Iglesia y la jovial simpatía de los gauchos, amenaza con hacer de Salta un tablero de ajedrez partido en veinticinco fracciones. Una provincia en donde solo reina el que tiene la piel más clara y los demás miran pasar el poder por sus narices. Una provincia de habitantes desiguales en una república de iguales.

Urtubey y el lepenismo

Los esfuerzos de Urtubey de alejarse de las posiciones de extrema derecha tropiezan con el empeño de sus incondicionales (como Kosiner o Rodríguez) que afirman con una convicción pocas veces vista que hacer Presidente de la Nación a Urtubey «será una gran cosa para Salta». ¿El resto de la Argentina? Bien, gracias.

Lo mismo piensan los seguidores de Marine Le Pen en Francia; es decir, que será una gran presidenta «para Francia» y para nadie más. Especialmente no para Europa, a la que el Frente Nacional francés quiere abandonar a su suerte.

Entre los supremacistas blancos franceses y los salteños hay, pues, muy pocas diferencias.

eXTReMe Tracker