Derechos Humanos
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Debates extremos en Salta

Una vidriera irrespetuosa. Exactamente eso es Salta en estos momentos, en donde se debate con el cuchillo entre los dientes sobre cuestiones de una importancia bastante asimétrica.
Religiosas ejerciendo su derecho al voto (de papel)
Religiosas ejerciendo su derecho al voto (de papel)

Como corresponde a un país fracturado en dos por la famosa «grieta», las discusiones que se producen en Salta en torno a asuntos de interés colectivo son ardorosas, extremas e inacabables.


Los salteños discuten con pasión pero también con plena conciencia de que los debates no llegarán a ninguna parte, pues los factores de poder que mantienen cautiva a la ciudadanía desde tiempos inmemoriales terminarán imponiendo sus criterios paleozoicos más tarde o más temprano.

Los tremendos debates que por estos días se producen en Salta en torno a la compatibilidad constitucional de la enseñanza religiosa que se imparte en las escuelas públicas, por un lado, y a la seguridad y transparencia del sistema de voto electrónico adoptado unilateralmente por el gobierno, por el otro, tienen, sin embargo, un curioso punto en común.

En ambos casos la decisión final será adoptada por una autoridad dogmática, que no admite recusación ni contradicción por los mortales: el Arzobispado de Salta, en el primer caso, y el Tribunal Electoral de Salta, por el otro. Ambos dos tienen al frente a su particular «papa», cuya infalibilidad está avalada en un caso por el Espíritu Santo y en el otro por los auditores preindustriales de la UNSa.

Los salteños pueden llegar a batirse a duelo en las esquinas y participar en refriegas de mostrador con tal de defender una de las cuatro posturas posibles. Unos son partidarios del voto electrónico pero rechazan la enseñanza religiosa en las escuelas del Estado; otros, al revés, rechazan el juguete electoral pero son fervientes partidarios del Padrenuestro matinal. Y así, todas las combinaciones posibles.

No se dan cuenta de que el debate sobre el sistema de voto es muchísimo más importante, no que la religión (solo eso faltaría), sino que la enseñanza religiosa, pues si nuestras libertades ciudadanas mueren en el sistema de voto, ya no hay nada más que hablar. Después de que se nos haya arrebatado la libertad y el control del sufragio cualquier canallada ya es posible. Y es eso precisamente lo que persiguen los factores de poder de los que hablamos más arriba.

Pero los salteños nos damos de pecho con que la «papisa» que conduce el Tribunal Electoral, además de impartir cátedra sobre vedas castradoras, postes con engrudo, escrutinios amañados y votos recurridos, sabe también de Ubuntu, de Secure Boots, de Python, pero no como un usuario cualquiera, sino a un nivel tan etéreo y excelso que Seattle quedaría por debajo de la altura de una villa de modestas dimensiones como La Silleta. Es decir, que el Tribunal Electoral es el Espíritu Santo en forma de paloma bajado a la Tierra. Nadie puede saber más de estas cosas que la precaria autoridad electoral salteña, que a la vista de lo que dice y predica desde su inalcanzable púlpito, pasa por ser una de las más completas y versadas del orbe democrático.

El voto electrónico se ha convertido en la verdadera religión que se enseña en las aulas salteñas (porque allí se enseña, aunque los educandos no sean niños en edad escolar, sino maestros y maestras talluditas). Y así el Tribunal Electoral habla de Dios (es decir, de sí mismo), mientras el Arzobispo, que debería hablar del Dios verdadero (porque para eso ha sido 'capacitado' en Roma) se interna con una desaconsejable frecuencia en cuestiones que atañen exclusivamente a la ciudadanía y a los magistrados (por ejemplo, cómo se garantiza la libertad de conciencia de las personas y se tutelan los derechos de las minorías). El prelado interviene muy activamente en la política, pero cuando tiene que ponerle cara de perro a un feligrés en pecado mortal (como hizo hace algún tiempo el papa Francisco con el presidente François Hollande), anda a los abrazos y a los besos.

Así de mezcladas están las potestades en Salta y así también nos va.

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