Derechos Humanos
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Una curiosa reivindicación
Pamela Calletti quiere ahora ponerse a la cabeza de la lucha contra la violencia de género en Salta, reivindicando los galones de la primera hora. Las cifras dicen, sin embargo, que Calletti encarna el espíritu de la derrota.
Cintia Pamela Calletti, Ministra de Derechos Humanos y Justicia de Salta
Cintia Pamela Calletti, Ministra de Derechos Humanos y Justicia de Salta
El gobierno provincial de Salta se ha internado decididamente en el terreno de la desfachatez, al proclamar la Ministra de Derechos Humanos que, de no ser por ellos (y por ella especialmente), violencia de género no estaría hoy «sobre el tapete» en Salta.

La rareza de esta afirmación se halla en la justificación aportada por la ministra: según ella, fue el gobernador Urtubey el que declaró la situación de emergencia social por violencia de género

Si esto es, para la señora ministra, poner sobre el tapete una patología social, sin dudas que habría que atribuir al contador Hernán Cornejo el mérito de haber puesto sobre el tapete la emergencia económica, que en Salta dura ya treinta años, o al propio Urtubey que haya descubierto las sequías, las inundaciones, las heladas de bananos, las invasiones de mosquitos asesinos y los caminos hechos una calamidad.

Declarar una emergencia en Salta es facilísimo; no entraña ningún mérito puesto que ninguna dificultad se opone a ello, y además las declaraciones -que son inútiles- se efectúan no antes de que un estruendoso clamor social conmueva la solemne impavidez de un gobierno ausente y mal coordinado.

Ahora bien, si esto no fuese así como lo contamos, habría que preguntarle al gobierno y a la señora Calletti en particular cuántas situaciones de violencia de género (sobre todo mortal) ha logrado conjurar su bella declaración de emergencia.

Las cifras de mujeres muertas, que no solo se han difundido por el país sino por todo el mundo, dicen más bien que si la declaración no ha espoleado el ánimo de los asesinos machistas, les ha dado nuevas alas, es que ha pegado en el palo.

Enorgullecerse de una medida inútil y probablemente contraproducente como esta, es propio de personas con poco respeto hacia sí mismas.

Otro tanto puede decirse del Observatorio creado por Urtubey y de las feministas a sueldo de la familia Godoy (con dinero del Estado, claro). Salvo rasgarse las vestiduras en casos más bien banales y hacerse bien las desentendidas en caso extremadamemte graves que comprometen al gobierno, tanto el Observatorio como las feminolas no han conseguido mejor cosa hasta el momento que montar un gran negocio alrededor de la capacitación de género. Si no hay igualdad, al menos que haya para comer.

La mala marcha del Observatorio (no confundir con mala macha) dice mucho acerca de la inconveniencia de mezclar ideología, militancia y gobierno. Al menos una señora que figuraba en aquel engendro descubrió a tiempo que sus utopías no encontrarían en el Observatorio un buen lecho para reproducirse, y decidió volver a la vida civil con su compromiso intacto.

En la medida en que la ciudadanía perciba que el gobierno lo hace todo bien en materia de violencia de género, la sociedad no reaccionará frente a este fenómeno con la energía y decisión con que debe hacerlo. Si Calletti pinta un paraíso de capacitaciones, observatorios y emergencias, todo el mundo tenderá a pensar que el gobierno lleva el asunto con rienda corta, cuando la verdad es que hace rato de que Urtubey y sus colaboradores en la materia están desbordados, sin ideas, sin recursos y sin capacidad de reacción.

Lo único que en diez años Urtubey ha conseguido poner sobre el tapete es su ambición insaciable. Esa sí que no tiene vueltas. Que ahora pretenda aparecer ante sus comprovincianos como un temprano descubridor de patologías sociales es de un sarcasmo preocupante.

Baste recordar que el 29 de julio de 2011, cuando a Urtubey se le cayó el debilucho Kosiner del cartel y tuvo él mismo que salir a anunciar el hallazgo de los cadáveres de las turistas francesas, el hombre estaba más desorientado que turco en la neblina. Azorado, pálido, sin palabras.

Si ese día descubrió lo que es la violencia mortal contra las mujeres, la verdad es que no se le nota demasiado, pues hoy, a casi seis años del suceso, el Cristóbal Colón de las emergencias y el Hernando de Lerma de los observatorios, sigue tan despistado e indiferente como entonces frente a un fenónemo que avergüenza a los salteños, sí, pero que debería provocar horror y disgusto a los hombres y mujeres que figuran en un gobierno que se limita oficiar de notario de las muertes y a ver pasar los cadáveres como ómnibus llenos.

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