Derechos Humanos
Oscar Palavecino, Rodolfo Urtubey y Miguel Isa
Oscar Palavecino, Rodolfo Urtubey y Miguel Isa

Oscar Esperanza Palavecino, folklorista salteño que se hizo famoso con el sobrenombre de «El Chaqueño», ha recibido un vendaval de críticas -muchas de ellas subidas de tono- a raíz de unas manifestaciones (en rigor, unos gritos) que el mencionado señor profirió en un festival y que, por su contenido, se interpretan como una descalificación mayor hacia los homosexuales.

Las palabras de Palavecino no son tan graves como inoportunas. Son condenables en toda su extensión, pero de la condena social no se puede avanzar más allá, como pretenden aquellos que se han apresurado a denunciar el exabrupto ante organismos públicos encargados de prevenir la discriminación.

A pesar de la gravedad de las palabras y de la falta de estilo (reveladora de una cultura personal más bien escasa, cuando no de una vulgaridad mayúscula), difícilmente se puede entender que Palavecino ha incitado al odio hacia una minoría. Quienes se han detenido a interpretar sus palabras, sin dejarse llevar por las apariencias, sostienen que el folklorista solo ha intentado diferenciarse del colectivo LGBTI, y que quizá lo ha hecho por razones de marketing, o quizá para salir al paso de algunas versiones que aparentemente lo perjudican.

No se conoce que Palavecino se haya referido a persona concreta y que haya aludido al propio colectivo como organización. El que sus palabras hayan sonado como una ofensa personal es una cuestión subjetiva que no puede, de ningún modo, ser juzgada o medida con arreglo a normas y parámetros previstos para castigar conductas y actos discriminatorios.

La libertad de expresión ampara este tipo de manifestaciones, lo que no impide, por supuesto, la crítica y la condena ciudadana más severa. En el caso concreto, mejor que sentar a Palavecino ante un tribunal para que pida perdón o dé explicaciones, es abogar porque su popularidad, cultivada entre las clases menos ilustradas de la sociedad, no sea una excusa para catapultarlo hacia el Congreso de la Nación, como pretenden aquellos que no distinguen entre la política y el espectáculo.

Aunque los salteños tienen sentado en la Cámara de Diputados a un homófobo declarado y confeso, sentar a dos sería ya una exageración, pues ello significaría que nuestra sociedad no es tolerante, sino todo lo contrario.

Si queremos defender la convivencia entre personas con opciones sexuales diferentes, no tenemos que acudir a los organismos antidiscriminación, sino posicionarse de forma inequívoca contra Palavecino y sus miradas sesgadas sobre el ancho y variado mundo de la homosexualidad.

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