Crítica Social
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Los seniles enemigos de la democracia

Los que esconden la cabeza en un agujero, los que callan frente a las injusticias que sufren los demás, los que presumen de sus lecturas sin preocuparse por la ilustración de los demás, los que reducen la política a las dimensiones de sus propias cabezas, son hoy los principales enemigos de la democracia salteña.
Imagen ilustrativa
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Hace algunas semanas publiqué en estas mismas páginas un escrito en el que intentaba alertar sobre el enorme despilfarro de inteligencia que se produce en Salta con la proliferación de círculos cerrados de pensamiento, dominados por el sectarismo, en algunos casos, y por el fanatismo ideológico, en otros.


Estos grupos son bastante antiguos en Salta -su existencia documentada supera con holgura los sesenta años- y la característica común más destacada de todos ellos no es tanto su carácter cerrado e impermeable como la virtual imposibilidad de que el pensamiento que se genera en su interior se recicle en la sociedad y sea, por tanto, útil para ayudar a resolver los problemas comunes y los desafíos de futuro.

Creo, sin temor a equivocarme, que esta característica de los círculos de amigos que sintonizan la misma onda ideológica nace de una vocación común de negarse en redondo a aceptar a los demás, a comprenderlos en su complejidad y a tender puentes con quienes no comulgan con sus ideas; especialmente con esas otras personas inteligentes que han decidido formar otros grupos, tan cerrados estos como los anteriores.

Se trata, a mi modo de ver, del cortocircuito más grave que experimenta nuestra democracia, toda vez que los mecanismos de resolución de conflictos, que constituyen el cimiento de nuestra convivencia, están basados -al menos en teoría- en la cooperación sincera y fructífera de quienes piensan de modo diferente.

Pero para cooperar no solo basta la voluntad de hacerlo sino que hace falta dar un paso decisivo en una dirección aperturista; hacia la sociedad, pero también hacia otros grupos. Sin embargo, esto no sucede ni por asomo en Salta, en donde los viejos animadores de las sectas más despreciables de los años sesenta y setenta están quemando sus últimas energías en lo que parece ser un intento bastante descarado de perpetuar el sectarismo, el secretismo, el oscurantismo y la conspiración, cuatro de las patologías más graves de nuestra política doméstica.

Hoy quiero advertir a mis comprovincianos del formidable peligro que representa la proliferación de sectas o de sociedades semisecretas en Salta. No me refiero a la amistad, que puede ser intensa y hasta sincera, sino a la proyección que estas complicidades de entrecasa tienen, o pretenden tener, sobre la política y las decisiones de alcance colectivo.

Porque estas personas -me consta- no creen que la política deba ser -como creo yo, por ejemplo- una deliberación pública permanente, sino que apuestan al reparto de los espacios de influencia y de poder en negociaciones ocultas, sesgadas, llevadas a cabo por personas desconocidas y normalmente envueltas en un halo de misterio.

Hablo de esas personas que creen que en una charla de quincho o en paseos por bibliotecas privadas se pueden solucionar los problemas del mundo, pero que al mismo tiempo son incapaces de dar un solo paso para resolver alguno, y de los que, a la hora de resolver, solo demuestran talento para imponer sus intereses, personales o de secta, al interés general del conjunto de los ciudadanos.

Ciertas sectas provocan el recelo del gobierno y se llenan de espías y traidores. El temor es infundado, no solo porque el gobierno -la secta número uno- conoce perfectamente el terreno en el que se mueve y tiene minuciosamente etiquetados a sus eventuales competidores, sino porque la conspiración de las sectas se asemeja a un juego como el Monopoly, con dinero falso y todo.

Si de verdad los salteños queremos progresar y solucionar nuestros problemas, la respuesta no consiste en encerrarse y vivir la política en las penumbras (donde la responsabilidad no existe) sino en sacar las preocupaciones y las ideas a la luz y en debatirlas con intensidad en espacios abiertos, plurales y democráticos. En otras palabras, que la respuesta pasa por asumir ciertos riesgos (el de la impopularidad, el primero) y dar la cara a nuestros semejantes, mostrándoles que de verdad somos capaces de rendir cuentas y de asumir la consecuencias de nuestras acciones.

Los que esconden la cabeza en un agujero, los que callan frente a las injusticias que sufren los demás, los que presumen de sus lecturas sin preocuparse por la ilustración de aquellos que no tienen la suerte de acceder a los libros, los que achican la política a las dimensiones de sus propias cabezas (así estas sean descomunales) son hoy por hoy los principales enemigos de la democracia salteña.

La democracia es, por definición, un ejercicio de modestia, que comienza por admitir que una sola persona, un grupo de personas o varios grupos de la misma especie no pueden, por sí solos, enfrentar todos los problemas sin el concurso activo y efectivo de todos los demás, sin exclusiones irrazonables. Si no somos capaces de mostrar la humildad necesaria para reconocer que necesitamos de la aportación de los demás, de la cooperación y el compromiso de los otros (especialmente de aquellos a los que no podemos ni ver), es que lo que pretendemos construir es una tiranía y no una democracia.

Señalar a los sectarios es muy fácil. Se podría decir que todo el mundo los conoce (yo más que ninguno, sin dudas). Más difícil en todo caso es lograr que después de casi setenta años de sectarismo alguno de estos personajes abandonen las sombras en las que han medrado toda la vida y se animen a dar la cara; no solo ya para admitir sus errores del pasado (que han sido muchos e imperdonables), sino para reconocer también que el paso de los años no ha conseguido sino hacerlos más perversos, más dañinos y más peligrosos para el conjunto de sus semejantes.

  • c_90_80_16777215_00_.._newnex_images_stories_bises_opinion_critica_politica_entrega.jpgLa dignidad perdida
    La entrega
    Viernes, 26 Mayo 2017 16:50 - Crítica política - Luis Caro Figueroa 489
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