Crítica Social
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

A dos pasos de la limpieza étnica

Con su visión nula del pluralismo de la sociedad salteña, lo que el Gobernador de la Provincia hace es facilitar los medios para que el gobierno, los maestros, los gauchos y los clérigos lleven a cabo una operación silenciosa de 'limpieza ideológica', con el objeto de dejar a Salta brillante como una patena.
La trinidad salteña: Iglesia, gauchos, gobierno
La trinidad salteña: Iglesia, gauchos, gobierno

Poco amigo de la claridad, el Gobernador de la Provincia ha soprendido a todos el día de la Procesión al efectuar unas de las declaraciones políticas más claras e inequívocas de toda su carrera.


Su postura es simple y se puede simplificar aún más del siguiente modo: La Argentina es un país diverso, en el que caben costumbres y sensibilidades muy diferentes, pero Salta, en cambio, es una sociedad monocolor, en donde tal variedad no existe; ni debe existir.

Claro que el Gobernador expresa más un deseo -su deseo- que una realidad. Lo que conduce inmediatamente a una segunda conclusión: el pluralismo social, étnico, religioso e ideológico de Salta es -por la propia naturaleza monolítica de nuestra sociedad- un enemigo a batir, allí donde se atreva a aparecer.

De allí que la pretensión del gobierno de uniformar la enseñanza de religión, de reforzar su universalidad, en contra de los derechos fundamentales que nacen de la Constitución y se cobijan debajo del paraguas de los tratados internacionales, es en realidad una operación de limpieza ideológica. Más o menos como se intentó hacer hace años en la antigua Yugoslavia con los musulmanes de Bosnia-Herzegovina; hace un poco menos en Ruanda, con los tutsies perseguidos a machete por los hutus, y se está haciendo ahora mismo con los rohingyas de Myanmar.

El que no haya en Salta -por el momento- fusilamientos masivos o deportaciones en camiones es un simple detalle. Quienes protagonizaron y protagonizan aquellas persecuciones no piensan muy diferente al Gobernador de Salta, en cuanto a la pureza de las costumbres y a la necesidad de asegurar, a cualquier precio, los privilegios de la mayoría. A falta de atrocidades mayores, en Salta hay una sutil persecución contra el diferente, lo que incluye, por supuesto, linchamientos verbales en las redes sociales y delicadezas como esa.

Por razones que no se alcanza a comprender bien, el Gobernador ha salido en los medios nacionales a enmendarle la plana, y de forma asombrosa, a su Ministra de Educación, quien hace solo un par de semanas atrás y en un arrebato de vergüenza torera reconoció ante los jueces de la Corte Suprema de Justicia que las «prácticas» religiosas irresistibles de los maestros en las aulas, en los patios y en los comedores escolares es una realidad que el gobierno apenas puede controlar.

Para el Gobernador, en cambio, estas prácticas no existen; están solo en la imaginación de alguien. Y de alguien muy perverso, sin dudas, porque lo que quiere es que Salta deje de ser lo que viene siendo, a trompicones, desde el siglo XIX, aproximadamente.

Gracias al Gobernador de la Provincia y a su recobrada claridad mental nos enteramos que Salta no es igual al resto de la Argentina, que es diferente, muy diferente. El resto de la Argentina es muy variado, pero, en Salta, la variedad, por arte de magia, se reduce a cero, porque todos y todas, quien más quien menos, somos descendientes de los gauchos fundadores, sin posibilidad ninguna de escapar al sino fatal de sentir y de comportarnos como lo hacen sus epígonos, que en las sombras manejan los hilos del poder en Salta. Dicho en otros términos, es la superioridad de la raza aria traducida a los ponchazos por la superioridad de la raza gaucha.

Pocos como el Gobernador han sido capaces de aprovechar una fiesta religiosa y un acto de intenso contenido espiritual, como la renovación del Pacto de Fidelidad para decir: «¿No ven?, somos un solo pueblo lanzado a la calle para defender a Cristo». Nadie se atrevió a tanto, hasta ahora.

El problema es que el Señor del Milagro, en su infinita misericordia, mientras los gobernantes procesionan protegidos por un «corralito» de uniformados azules para no mezclarse con la chusma (y para que el aire no huela a Carolina Herrera y a patas, al mismo tiempo), lanza guiños de complicidad desde su pedestal hacia todo aquel que haya decidido libremente vivir su religiosidad como mejor le plazca y no como el gobierno dice que se debe vivir.

Si el Señor del Milagro no distingue entre los niños que asisten a las clases de religión que el señor Arzobispo patrocina con la mano derecha en las aulas públicas (mientras que con la izquierda recibe generosas donaciones inmobiliarias del gobierno), ¿por qué tendría que hacer distingos el Gobernador?

La respuesta es muy simple: porque de lo que se trata es de mostrar a la gente más humilde que Dios no está en todas partes como dicen las Escrituras, sino que vive escondido en Finca Las Costas, y que su desgarrante desnudez y sus dolorosas llagas serán pronto cubiertas por un pulóver tejido a mano por la señora Isabel Macedo.

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