Crítica Social
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

La fiesta en entredicho

Todos los años aumenta el número de peregrinos, pero los medios para atenderlos debidamente crecen en una proporción mucho menor. Algunos residentes en la ciudad se quejan de la invasión de forasteros, y muchos lamentan que los visitantes traigan perros y caballos cuya atención en la ciudad no está de ningún modo garantizada.
Imagen ilustrativa
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Hace un par de años atrás, un ciudadano que posteriormente se comprobó que tenía sus facultades mentales un poco alteradas, la emprendió violentamente contra los peregrinos desde lo alto de un edificio de la zona de la Terminal. El hombre, harto de los ruidos, de los cánticos y de las consignas a favor del gobierno, tomó la decisión de arrojarles agua hirviendo para intentar dispersar la marcha.


Este año se ha sabido también que entre todos los peregrinos que llegan a la ciudad de Salta para el Milagro -calculados en 65.000 personas- hay por lo menos 5.000 delincuentes con pedido de captura incluido, que visitan la ciudad, pero no para golpearse el pecho en señal de arrepentimiento, sino para hacer de las suyas. Estas visitas tan especiales exigen, como es de suponer, un extraordinario despliegue de fuerzas de seguridad para evitar males mayores.

La hospitalidad del residente hacia los peregrinos parece haberse reducido también si se tiene en cuenta que sus perros y sus caballos ya no son tan bienvenidos como antes, pues la ciudad carece por completo de «comodidades» para atender a lo que técnicamente sería un «aluvión zoológico».

A todo esto se suman dos detalles muy importantes: el primero, la escasa dotación de infraestructura de la ciudad (pocas plazas hoteleras, calles estrechas y saturadas de vehículos, servicios de salud para una población reducida, agua escasa, cloacas insuficientes, etc.); el segundo, un cierto hartazgo vital de los residentes, que de un día para el otro ven a la ciudad invadida por forasteros del más variado pelaje.

Si bien es cierto que todavía predomina la solidaridad con el peregrino, cada año se levantan más voces de personas insatisfechas, bien con la organización de la Fiesta, bien con la propia presencia del peregrino.

En cierto modo, se puede decir que se trata de una crisis de éxito de la propia convocatoria del Milagro.

Da toda la impresión de que el Arzobispado es el responsable de la organización del asunto y tiene todo previsto y calculado al milímetro, pero cuando las cifras de visitantes desbordan todas las previsiones, los de sotana no dudan en acudir a los poderes públicos para pedir auxilio.

Luego, el gobierno, que carece de medios suficientes (excepto, al parecer, de terrenos «donables» para la Iglesia), tiene que tirar de la solidaridad y la cooperación ciudadana para que los peregrinos no lleguen aquí desfallecientes y en condiciones de manifiesta indignidad. Si no fuera por el espíritu cristiano de los habitantes de Salta (de algunos de ellos, para ser justos), la recepción de los peregrinos se podría convertir tranquilamente en una catástrofe humanitaria.

El problema está en camino de adquirir unas dimensiones inmanejables; hasta tal punto, que algunos piensan ya en una norma con rango de ley que sancione algo así como el «estatuto del peregrino», que defina las condiciones objetivas y subjetivas del ejercicio de esta particular ocupación. Esta norma es necesaria -dicen- porque así como hay mucho vivillo que se hace pasar por «originario» para percibir subsidios o usurpar tierras a voluntad, también hay muchos infieles y atorrantes que se disfrazan de peregrinos para sacar provecho de la solidaridad receptiva de los habitantes de Salta o para gozar de un estatus jurídico exorbitante.

A ello se suma la cantidad cada vez más numerosa de salteños, residentes en la ciudad o en sus pueblos cercanos, que deciden por su cuenta peregrinar, sin necesidad de hacerlo, y se trasladan a remotos paraje de la puna para iniciar la caminata. «Esta gente usurpa los recursos disponibles para los verdaderos peregrinos», dicen algunos críticos, que subrayan que muchos residentes en Salta en realidad eligen caminar por puro envidiosos que son de las mejores condiciones de que gozan los peregrinos que lo son de verdad. Se calcula que de los 65.000 peregrinos que «llegan», al menos un tercio son falsos vallistos que dejan la 4x4 en San Antonio de los Cobres para ir a buscarla después de la Procesión.

Otros, sin embargo, quieren establecer un «camino del Milagro» de carácter oficial, que facilite la vigilancia y el control de las rutas durante los desplazamientos y evite que la Policía se despliegue por mil caminos diferentes, y al mismo tiempo sirva como atracción turística, como el famoso Camino de Santiago.

Tanto una iniciativa como la otra apuntan a sostener el desplazamiento piadoso por encima de cualquier otra motivación y a desalentar el uso de animales de compañía o de locomoción. Los que quieren poner en cintura a las peregrinaciones ponen el acento sobre el «traslado peatonal» como seña de identidad de los verdaderos peregrinos.

«Esto es más o menos como el caso de Judas, que cuando peregrinó por el desierto junto a Jesucristo y los demás apóstoles, en vez de golpearse el pecho con una pedrusco, como había pedido el Redentor, eligió un trocito de ripio. Claro que después Jesús hizo que la piedra se convirtiera en pan, de modo que mientras que los apóstoles obtuvieron un sustancioso bollo, Judas se quedó a un costado del camino con un insignificante bizcocho», dijeron los defensores del peregrinaje auténtico. De lo que se trata, pues, es de hacer sacrificios auténticos para obtener la condigna recompensa. Las ventajas injustas no forman parte del espíritu peregrino.

Por su parte, algunas asociaciones de peregrinos ya han expresado su rechazo a los controles biométricos, especialmente al software de reconocimiento facial, pues -dicen- estas máquinas pueden estar conectadas con las bases de datos de la Policía, y aquí se podrían estar violando algunos derechos. Ni qué decir del programa que afirma detectar la homosexualidad. Los peregrinos están totalmente en contra.

En resumen, que el creciente número de peregrinos, que a tanta gente pone contento, parece estar provocando la insatisfacción de otros que, sin ánimo discriminatorio o con él, pretenden introducir un poco de control para que la Fiesta se pueda vivir en condiciones un poco más humanas, pero para todos: para el que llega como para el que ya se encuentra aquí.

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