Crítica Social
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

En jaulas de oro o de lata, pero en jaulas

En estas líneas, el autor propone una reflexión sobre la utilidad o la razonabilidad de ciertas luchas políticas, que considera apasionadas y estériles, pero que no son fruto de la casualidad sino de una estrategia cuidadosa y calculada para sustraer a los habitantes de Salta sus espacios y sus tiempos de ejercicio sosegado de la ciudadanía.
Imagen ilustrativa
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En Salta asistimos desde hace tiempo a una ficción de participación en los asuntos públicos que consiste en la calculada exacerbación de las pasiones con el objeto de que la racionalidad ciudadana -que es la que verdaderamente construye en política- permanezca oculta detrás de una maraña de pequeñas movilizaciones sociales, generalmente «single issue».


Al que persigue el poder le interesa, más que cualquier otra cosa, sustraer a los ciudadanos sus espacios y sus tiempos de reflexión. La estrategia consiste en reemplazar estas instancias por «momentos» de euforia desbocada y de tristeza profunda. Para los que ambicionan el poder a toda costa, una sociedad bipolar es la mejor garantía para ahogar las pulsiones ciudadanas, que son las que, por definición, están llamadas a moderar el poder absoluto.

No solo se siente más cómodo en este esquema el personaje obsesionado por el poder, sino también el sujeto llamado a obedecer: el «soberano». Muchas personas comunes (pobres, en su inmensa mayoría) sienten en su fuero más íntimo que si no abrazan una causa política con arrobadora pasión, si no se lanzan a «la lucha», si no salen a desfogarse por una parcialidad intrascendente, su existencia misma carece de sentido, aunque las pasiones no vayan más allá, generalmente, de endiosar la figura de un político, que mañana puede ser otro completamente distinto.

Los salteños pueden contar su vida por batallas. Ganadas o perdidas, ¡qué más da! Lo que a ellos les importa es la refriega; entre otras cosas porque el combate cuerpo a cuerpo es lo que les asegura a muchos y a muchas el sustento diario. Son los que yo llamo «soldados del presupuesto».

De allí que las energías intelectuales que genera la sociedad (y que en Salta no son pocas) se concentren, o, mejor dicho, se desperdicien, en operaciones de picardía, a veces muy aguda, pero que sin embargo pueden tener un horizonte temporal de unos ocho o diez meses, no más.

Así sucede con la gente común, pero también con aquellos que se consideran a sí mismos «especiales». Por ejemplo, con los que gobiernan.

El futuro que estas personas conciben para Salta es un futuro que tiene a ellos por únicos y exclusivos protagonistas y mayores beneficiarios. Sucede algo muy curioso, porque tanto aquel cuya familia viene oprimiendo a sus semejantes por varias generaciones, como el otro que nació en un hogar muy humilde, pero que, gracias al poder, hoy presume de integrar la elite, acostumbran a decir a sus hijos, con la mirada perdida en la recortada inmensidad del horizonte: «Hijo mío: algún día todo esto será tuyo».

Y lo más gracioso es que lo cumplen. Salta vive esa dualidad tan dañina entre poderosos que fingen no serlo y oprimidos que juegan a no enterarse de que lo son, desde que tenemos memoria.

Pero tanto los que mandan como los que obedecen son de alguna forma prisioneros del poder. Los dos necesitan esta energía colectiva para vivir. Unos para inflar su ego, su patrimonio o las dos cosas; los otros para no sentirse unas auténticas cucarachas por no haber sabido acercarse a tiempo a los rescoldos que dejan los primeros. Por jugar a este juego, unos y otros se han olvidado de los valores de la ciudadanía y de los enormes beneficios, en términos de progreso y de calidad de la convivencia, que acarrean la reflexión sosegada y el ejercicio crítico de ciertas libertades públicas.

En pocas palabras, que Salta es una gran prisión en la que alrededor de un millón de salteños viven abrazados a sus rejas, pendientes de las luchas por el poder; unas luchas que todos creen protagonizar pero cuyas rentas perciben solo unos pocos.

El resto (unas trescientas mil personas, según mis propias estimaciones) muestra claros signos de cansancio. Quieren luchar menos, vivir mejor, criar a sus hijos en libertad y no pagar peajes en forma de enajenación permanente de su dignidad. Son ciudadanos en cierto modo embrionarios, que comienzan a cuestionar el sistema mediante la búsqueda, por ahora silenciosa, de nuevas formas de representación y de participación, de nuevos líderes y de unas instituciones más sanas y justas.

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