Crítica Social
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La distancia que separa la realidad de la historieta

Hay quien dice que la esposa del Gobernador, en vez de volverlo 'invulnerable', lo debilita.
Isabel Macedo
Isabel Macedo

A casi un año de haberse convertido de forma oficial -incluso para la Iglesia- en Primera Dama de una de las provincias más pobres del país, la actriz Isabel Macedo no termina de encontrar su lugar en el complejo entramado del poder del que ha decidido formar parte.


Es como el caso de Brigitte Macron, pero al revés. Es decir, que mientras Brigitte quiere y no puede (o no la dejan), Isabel parece que puede pero que no quiere; a pesar de que nadie se opone «a que haga algo».

En reiteradas ocasiones, su marido -el Gobernador- ha declarado a la prensa que lo único que tiene que hacer su esposa es «amarlo a él», porque de esta forma se siente «invulnerable» (sic).

Convendría recordar que el mandatario ya se sentía invulnerable mucho antes, cuando estaba legal y religiosamente casado con la madre de sus cuatro hijos, de modo que no cabe sino esperar que su matrimonio con la señora Macedo lo haya convertido ahora en una especie de Superman.

Pero según dicen las encuestas, a pesar de que el nuevo matrimonio le ha reportado al mandatario algunos puntos extra de conocimiento por parte del vulgo, su «presidenciabilidad» se ha ido a pique en el mismo periodo.

Los perversos, que nunca faltan, insinúan que la actriz esconde entre sus ropas un trozo de kriptonita verde y que cuando se coloca cerca de su esposo (por ejemplo, en festivales o en partidos de basket), a la misma distancia en la que las máquinas de voto electrónico pueden leer los chips, la fuerza sobrehumana del todopoderoso se desvanece como la espuma entre los dedos.

Mientras tanto, unas ochocientas mil personas que viven en condiciones precarias en Salta esperan que la señora Macedo haga por ellos algo un poco más edificante que dedicarse a proteger y a cuidar perros callejeros y abandonados.

Hay quien dice que la gustaría verla haciendo cola en la Secretaría Tutelar de la Corte de Justicia (ahora que las relaciones de su marido con este tribunal pasan por un excelente momento) y rellenando allí un complicado formulario para adoptar alguno de esos niños que los jueces ofrecen de tanto en tanto, con minuciosa descripción de sus padecimientos físicos, como si hubiesen salido de una mesa de devoluciones. Tal vez si Macedo se decide finalmente a adoptar, en el futuro la Corte se limitará a ofrecer públicamente a los niños en adopción, sin ventilar su estado de salud más que en una audiencia reservada con los posibles adoptantes.

Otros sugieren que en vez de invitar a comer a Tinelli (que tiene con qué pagarse un buen almuerzo donde le apetezca), comparta la mesa oficial de la residencia de Las Costas, al menos una vez por semana, con alguna familia de las muchas que en Salta hacen pininos para morder de vez en cuando un imperial oreado.

Puede que con un poco de obras de caridad -que no sean solo dirigidas a los perros y a los cóndores- la Primera Dama pierda un poco su vitola de «reina», se acerque un poco al pueblo llano, y se aleje definitivamente de la leyenda urbana de la kriptonita verde.

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