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Humanización de los perros en Salta

Los perros no son personas; incluso en Salta, en donde comienzan a ser frecuentes las batallas judiciales por la custodia de las mascotas.
Imagen ilustrativa
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Asesinar es una acción que solo se puede llevar a cabo sobre una persona humana. Al menos eso es lo que cabe interpretar de la sencilla definición académica de este verbo: «Matar a alguien con alevosía, ensañamiento o por una recompensa».


El pronombre indefinido singular «alguien», empleado en la definición de la palabra, conduce a la inequívoca conclusión de que solo se puede asesinar a personas, no a otro tipo de seres.

La cuestión, por tanto, se centra en determinar si los perros de Salta, tan integrados en el paisaje urbano y el doméstico, son considerados «personas» y si, por tanto, son «asesinables».

Normalmente, el que con saña o ánimo puramente malvado aplasta a una cucaracha que apareció súbitamente debajo de su heladera, se dice que «ha matado» al bicho y no que lo «ha asesinado».

No importa cuán desarrollado esté el sistema nervioso de los perros y cuán despreciables sean las cucarachas. A los efectos del uso de las palabras, cuando alguien acaba por las malas con la vida de un perro lo mata. Los perros no son personas, incluso en Salta, en donde comienzan a ser frecuentes las batallas judiciales por la custodia de las mascotas.

Si lo que se quiere es poner de manifiesto la maldad del matador, siempre se puede decir que lo mató con crueldad, con ensañamiento, por placer, por desprecio, etc., etc. Para esta finalidad nuestro idioma es riquísimo y casi inacabable, como lo son también las conductas perversas y malvadas de aquellos que se solazan apaleando o torturando a los animales hasta la muerte.

No por escribir que un perro ha sido «asesinado» el lector experimentará más horror y repugnancia ni más rechazo hacia el autor del hecho. El verbo -mal que le pese a alguno- no sirve para calificar al autor del hecho.

Por tanto, si lo que se pretende es poner de relieve el carácter horripilante del hecho, sin torturar a nuestro idioma, resulta más práctico llenar de adjetivos al autor de la matanza o calificar al hecho mismo con esos adjetivos tan socorridos en la prensa local, como «aberrante» o «indignante».

Unos adjetivos, que por cierto, desaparecen como por arte de magia del florido vocabulario del Gobernador de la Provincia cuando, en vez de referirse a una matanza de perros, tiene que salir comentar forzadamente el «asesinato» de un joven de 17 años por los disparos de un policía bajo su mando. O cuando matan de forma salvaje a mujeres indefensas, situación en la que el silencio del Gobernador adquiere rasgos conmovedores.

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