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Karl Marx
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La edición digital de El Tribuno publica hoy una información sorprendente: la que da cuenta de que una jovencita salteña de 17 años seguirá sus estudios en la ciudad alemana de Freiburg, ubicada en el sudoeste del país, en el Estado de Baden-Württemberg.

La historia sería una de las tantas que protagonizan los jóvenes estudiantes argentinos que buscan expandir sus horizontes formativos en países extranjeros, pero la de la señorita Valentina es una historia sin dudas particular.

La joven ha dicho a su entrevistadora: «Me gustaría hacer la revolución. Yo soy socialista y quisiera que el mundo fuera socialista. Estoy en contra del mundo capitalista. A futuro me veo cumpliendo sueños, como ahora. Fracasaría como persona si dejara mis sueños de lado. Por eso estoy aquí».

Valentina no es militante del Partido Socialista o de la Unión Cívica Radical, como apresuradamente podría colegirse de su firme declaración de amor por el socialismo. Ella es simpatizante, quizá afiliada, quizá dirigente, del Partido Obrero de Salta.

Antiguamente, quienes deseaban regresar al terruño para «hacer la revolución», en vez de elegir como destino el sudoeste alemán, preferían viajar a lugares un poco más estimulantes como la Unión Soviética, Cuba, Corea del Norte o más modernamente Nicaragua o Venezuela.

Salvo que la joven salteña del PO desee conocer el capitalismo de cerca, para odiarlo con mayores y mejores fundamentos, la decisión de trasladar su residencia a Freiburg solo puede tener una explicación: la cercanía relativa de esta ciudad con la de Trier, lugar en donde nació Carlos Marx.

Sería conveniente que la joven Valentina comunicara, nada más llegar, a sus futuros educadores alemanes que ella es «socialista», pero simpatizante de León Trotsky, mucho más que de Ferdinand de Lasalle o de Willy Brandt.

Es más, que si no aclara a tiempo sus simpatías la joven visitante, le tocará ver cómo los socialistas como ella -que hoy integran el gobierno de la canciller Merkel- votarán en septiembre por el expresidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz.

Cuando Valentina termine su periplo por una de las catedrales del capitalismo mundial, tendrá la oportunidad de abatir mediante una revolución violenta, como soñó Lenin, no a un capitalismo verdadero sino a una caricatura bastante descolorida del mismo. En Salta apenas si hay fábricas.

Por suerte, no lo tendrá tan difícil. Unos cuantos neumáticos quemados, un puñado de degollados. Una operación rápida y limpia, que por la configuración de la sociedad, no necesitará del apoyo de un ejército bolchevique. Tiene la suerte la futura revolucionaria salteña que en nuestro tropical «Palacio de Invierno» solo hay dos moradores de piel muy fina y que un conductor desaprensivo ya se cargó a «Cholita».

Difícil lo que se dice difícil es proponerle a los alemanes que viren al comunismo; es decir, hacer la revolución allí y no en Salta. Tal vez, con semejante entusiasmo y con buen dominio del idioma, Valentina consiga lo que no consiguió Marx en su tierra, antes de exiliarse en otro templo del capitalismo: Inglaterra.

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