Partidos
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La enfermedad del poder avanza
El Gobernador de Salta presenta ante los ciudadanos como una conquista personal la destrucción de un partido político vital para las aspiraciones democráticas compartidas.
Imagen ilustrativa
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Urtubey será recordado no tanto por sus logros -que son más bien inexistentes- cuanto por su capacidad de laminar a la oposición. Es en este terreno en el que el Gobernador de Salta ha demostrado un talento inusual, últimamente reforzado por el poder de convicción de la chequera.

El show montado ayer por la pequeña oligarquía que gobierna Salta tras haber reunido a un puñado de «dirigentes» del aparentemente díscolo Partido de la Victoria, a contrario de lo que se pretende, muestra con la mayor claridad posible la debilidad del grupo gobernante.

Urtubey se encuentra en una encrucijada, pues un mal resultado en las próximas elecciones (ganarlas aunque de forma poco convincente sería un mal resultado) lo pondría en serios aprietos de cara a su objetivo de convertirse en una «figura nacional»; pero perderlas -a manos del macrismo- sería una forma un tanto poética de documentar hasta qué punto el nuevo discurso del Gobernador de Salta ha calado entre los ciudadanos. Una forma de perder, sin perder del todo.

Pero Urtubey no es Churchill, ni Felipe González, así que esto de las «derrotas dulces» no entra dentro de sus cálculos. Lo que quiere el personaje es ganar, aun cuando el precio sea destruir lo poco que queda en pie del sistema de partidos.

Hay que aceptar que el Partido de la Victoria es una organización bastante descolorida, sin personalidad propia y sin dirigentes con un discurso original y convincente. Su audiencia electoral -si es que se puede hablar en estos términos- ha estado fuertemente ligada al ejercicio del poder, del poder kirchnerista.

Por eso, la apuesta de los señores Leavy y Vilariño tiene un trasfondo de valentía que la democracia y los demócratas deben respetar. En nuestro sistema de convivencia el que se anima a luchar contra los elementos y a plantarle cara al poder merece mucho más respeto que aquel que utiliza los recursos del Estado (por ejemplo, la sala de situación de sus ministros) para conquistar audiencias cautivas. Esto último es signo de debilidad y de cobardía.

Prueba de todo esto es el hecho de que un personaje tan poco cultivado como el Ministro de Gobierno haya salido a celebrar algo que, en condiciones normales, cualquier ministro con responsabilidad política hubiera callado por pudor o simplemente por prudencia. Aplastar a un partido político que rompe -parcialmente- con el frente gobernante no es bueno para la salud de la democracia y constituye una irresponsabilidad mayúscula ensalzar conductas como esta.

La reunión de ayer demuestra que en los últimos diez años el sistema político salteño ha hecho méritos para ser calificado, sin margen de error, como «sultanato». Los entusiastas dirigentes saltarines del PV han aplaudido a rabiar a un Gobernador que acaba de volver de un largo viaje sin justificar por Europa y que se acaba de mostrar públicamente en los platós de televisión con el máximo farsante que ha dado la pequeña pantalla nacional. Nadie le ha tosido, ni le ha afeado por ello, lo cual constituye un síntoma bastante indicativo del escaso rigor moral de una dirigencia política (especialmente del PV), que se muestra dispuesta a «seguir tragando» con tal de llevarse a casa «algo para tironear».

Si lo miramos de este modo, quienes han salido ganando tras la representación de ayer son Leavy y Vilariño, que por lo menos pueden proclamar a los cuatro vientos que algo de dignidad todavía les queda.

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