Líderes
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Las razones de una inesperada exclusión

Se denomina 'generación Kennedy' al grupo de políticos jóvenes a los que se considera herederos de aquel glamour personal que el recordado presidente estadounidense convirtió en su particular sello estilístico.
Trudeau, Macron, Navalny, Lindner
Trudeau, Macron, Navalny, Lindner

«Jóvenes, elegantes, ambiciosos, carismáticos. Hay quien dice que sexys. Los nuevos 'príncipes' de la política mundial han escalado a la cumbre enarbolando 'programas 2.0' -nuevas tecnologías, feminismo, cambio climático-, cuerpos tallados por el cincel del 'crossfit' e impecables fondos de armario».

Así, de esta forma tan inusualmente atractiva, define Fátima Ruiz -periodista de la sección internacional del diario El Mundo- a los políticos jóvenes que están revolucionando sus países y las relaciones internacionales.

En la foto compuesta que ilustra el comentario se puede ver a Justin Trudeau (45 años), a Emmanuel Macron (39), a Alexei Navalny (41) y a Christian Lindner (38). En el reportaje se menciona también dentro de este selecto grupo a Sebastian Kurz (31).

Para quienes no estén muy al tanto de las responsabilidades de cada uno, conviene recordar que Trudeau es el primer ministro del país más extenso del continente (Canadá); que Macron es el presidente de Francia, que Navalny es el némesis del todopoderoso Vladimir Putin, dentro y fuera de Rusia; que Lindner es el presidente del renacido Partido Liberal Demócrata de Alemania y que Kurz dirige el Partido Popular austriaco (ÖVP), fue ministro de Exteriores y puede convertirse en el canciller más joven de la historia de su país.

Muchos se preguntarán: «Oia, ¿no está Urtubey?» Con lo glamouroso que es. Efectivamente, el Gobernador de Salta y aspirante a presidir la Argentina no forma parte del club. No tanto por su edad (48 primaveras recién estrenadas) sino especialmente por su anacrónica visión del mundo y -por qué no decirlo- por su cerrada profesión de fe peronista.

A pesar de que los nuevos líderes del mundo proceden de espacios ideológicos y tradiciones de pensamiento muy diversas, a ninguno -salvo que hubieran bebido- se les ocurriría decir que es normal ver por la calle «a una chica con el pelo suelto y a otra enfundada en un burka, caminando lado a lado». Sin ir más lejos, el primer ministro Trudeau (entusiasta participante de las marchas del orgullo gay y declarado feminista) se mostraría escandalizado por esta afirmación.

Otra de las cosas que separa a Urtubey de los jóvenes líder (y del mundo democrático) es que en la Provincia que gobierna (un territorio que se halla entre los más pobres del continente) se usa el voto electrónico de forma tan generalizada como descontrolada. No sucede lo mismo ni en Canadá, ni en Francia, ni en Alemania ni en Austria.

Ninguno de los nuevos líderes mantiene tampoco lazos visibles con confesiones religiosas, como sí sucede con el Gobernador de Salta. Trudeau es católico pero profundamente liberal; Macron preside un país donde la laicidad (no el laicismo) es un principio vertebrador de la República; Navalny representa la antítesis de Putin, incluso en lo religioso; Lindner y Kurz despliegan su actividad en países con una enorme diversidad de creencias.

«Pero si Urtubey tiene una mujer monísima... ¿Por qué no está en la lista?». Sencillamente porque la popularidad de su esposa actriz -monísima, sin lugar a la menor duda- no llega a donde algunos suponen que llega. Isabel Macedo no es Melania Trump, dicho de una forma exquisitamente respetuosa hacia ambas primeras damas.

Digamos que ambas siguen caminos divergentes. Pongamos el siguiente ejemplo: Melania se presenta en las calles inundadas de Houston con unos tacos stiletto de 12 centímetros, sin perder un ápice de su atractivo ni renunciar a su natural elegancia, aun en las situaciones más catastróficas. Isabel, por el contrario, asiste a las fiestas patronales en alpargatas y recorrió la Procesión del Milagro en zapatillas. Toda una renuncia a su encanto, sobre todo viniendo de una persona que ha brillado en el papel couché luciendo la más fina (y la más breve) lencería.

En caso de que Urtubey consiga alcanzar su sueño presidencial, cuando lo haga tendrá 50 años. Y aunque la edad es la del alma y no la del cuerpo, si ya con 37 se parecía más a Donald Trump que a Jack Kennedy, cuando alcance la quinta decena se parecerá cada vez más a sí mismo. Lo cual no es precisamente un favor que el paso del tiempo le vaya a hacer.

En una época de su carrera, la que podría considerarse su apogeo, Urtubey se planteó jubilar por la fuerza a las «momias» de la política salteña, empeño que logró consumar solo parcialmente, porque si bien muchos «viejitos piolas» plegaron sus petates y se acogieron a los beneficios de la jubilación, otros se resisten a desalojar los espacios que ocuparon desde siempre.

Cuando Urtubey alcance el estatus de «momia» (para lo que no falta mucho), en vez de ser más sabio, será más torpe, más reaccionario y más intolerante. La madurez suele estar preñada de trampas. Pero quien demuestra que a los treinta años es más sabio que a los cincuenta, es probable que cuando llegue a los setenta su sabiduría sea solo ya el lejano recuerdo de una pasada juventud.

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