Elecciones
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Otra demostración de ineficiencia

El voto electrónico ha vuelto a fracasar en Salta. Las largas esperas para poder utilizar las máquinas y las colas que han tenido que hacer los electores para poder votar han puesto a muchos con los nervios de punta. El votante salteño ha podido comprobar, en una misma jornada, las diferencias de usabilidad entre el sistema de voto con papel y el de las máquinas electrónicas apadrinadas por el gobierno.
Terminal de voto electrónico en Salta
Terminal de voto electrónico en Salta

Pongamos un ejemplo sencillo: si un fabricante promete que los coches que salen de su factoría son capaces de acelerar de 0 a 100 kilómetros por hora en 2,5 segundos, pero para arrancarlos el piloto debe emplear diez minutos en lugar de hacerlo en pocos segundos, los coches son un auténtico fracaso.


Con el voto electrónico salteño pasa exactamente lo mismo. La promesa de un escrutinio «a la velocidad del rayo» queda neutralizada por la inusual cantidad de tiempo que los electores gastan en poder echar a andar las máquinas y hacerles hacer lo que ellos quieren que hagan. Si una persona emplea en seleccionar las pantallas y encontrar los candidatos de su agrado más tiempo que el que le llevaría tomar un papel de una mesa y meterlo en un sobre, es que la herramienta electrónica no sirve para votar.

Un escrutinio más rápido nunca es una ventaja si eso se consigue avasallando el derecho del elector a no ser sometido a presiones, humillaciones y largas esperas para poder cumplir con su obligación cívica.

Para el siempre bien dispuesto presidente de la Cámara de Diputados de Salta, Manuel Santiago Godoy, las interminables esperas para poder votar con las dichosas maquinitas tienen una sola explicación: «Faltó capacitación por parte del Tribunal Electoral».

Frente a una afirmación tan ridícula se pueden recordar dos cosas. La primera que el voto electrónico lleva largos años funcionando en Salta y que se supone -cualquiera podría suponer- que los electores de esta provincia cada vez están más habituados a su utilización. Pero todo indica -al menos por lo que se ha visto ayer- que el votante, en vez de estar más confiado en la máquina, cada vez sabe menos por dónde meterle mano. Ese no es un problema del Tribunal Electoral, como dice Godoy, sino del propio sistema, de su diseño y de su falsa simplicidad.

La segunda cuestión es que la ley que rige el Tribunal Electoral, la que define su esencia institucional, no prevé entre sus funciones la de «capacitador». No es ni ha sido nunca necesario enseñar al elector cómo votar.

Pero si el Tribunal Electoral ejerce de hecho estas funciones, y lo hace casi seis años después de que se empezara a votar con el mismo sistema, es porque el algo hay en el propio sistema que lo hace inusable por el elector medio.

No es porque el Tribunal Electoral enseñe poco o enseñe mal. Es que no debería enseñar a nadie.

El hecho de que en muchísimas mesas electorales de Salta se hubiesen producido ayer atascos, largas colas y tiempos de espera inusuales es un hecho sumamente negativo. Los abusos y malos tratos hacia el elector -aunque sean de este modo tan sutil- nunca son buenos para la democracia.

El voto electrónico ha demostrado una vez más en Salta que su utilización requiere de tiempo y de habilidades (dos requisitos que no exige el voto de papel). Y demuestra también que en Salta los electores, en su gran mayoría, no tienen ni tiempo ni habilidades para derrochar. Que prefieren votar rápidamente y sin tantas complicaciones, aun pagando el precio de un recuento de votos un poco más lento.

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