Elecciones
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Campanas al vuelo

El gobierno provincial y los medios de comunicación proclaman por estas horas a ganadores y a perdedores en una elección que, por sus características, y, especialmente, por la configuración volátil de las fuerzas políticas que han concurrido a ella, no permite una interpretación única, directa y concluyente de los resultados.
Imagen ilustrativa
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Para que unas elecciones primarias sean útiles, decisivas y concluyentes existe un requisito básico que no es otro que el de la existencia efectiva de partidos políticos, estables, de contornos bien definidos y con una cierta identidad ideológica.


Como en Salta (y en la Argentina en general) estos partidos no existen y su reemplazo por los llamados «espacios» provoca una intensa movilidad de candidatos y dirigentes entre diferentes opciones electorales, la puja interna en tales «espacios» no tiene mayor sentido. Simplemente porque el candidato (o el «espacio») que ha resultado desairado hoy, mañana puede buscar su suerte en otro lugar, o dar su apoyo a quien le plazca, dentro o fuera. Los diques que antaño formaban los partidos se han roto.

Vistas las cosas de este modo, decir que Urtubey o cualquier otro líder ha ganado las elecciones PASO celebradas ayer en Salta comporta un riesgo altísimo de equivocación.

De unas elecciones como estas, que no arrojan resultados concluyentes, no pueden sacarse conclusiones definitivas e inamovibles. Todo está esta mañana un poco como lo estaba ayer. Ni más claro ni más oscuro.

Ello no impide reconocer que Urtubey ha jugado con la inutilidad de este tipo de elecciones (algún mérito tiene haberlo hecho), a la que él y sus aliados han convertido en una especie de ley de lemas encubierta.

Su «espacio» obtiene el 37,94% de los votos para diputados nacionales, pero eso solo si sumamos los votos de todos sus candidatos (o sublemas). Ninguno de ellos alcanza, por sí, el 10% de los sufragios. Y el más votado de todos ellos (Andrés Zottos, 9,95) es ampliamente superado por candidatos como Martín Grande (Cambiemos, 19,26%) y Sergio Leavy (Partido de la Victoria, 17,72%).

¿Se debe interpretar que los candidatos supuestamente excluidos del frente electoral de Urtubey (Escudero, Paz Posse, Sierra, etc.) van a dar disciplinadamente su apoyo a una lista en cuya cabeza que figuren personajes como Zottos y Posadas?

Esto no está tan claro, por supuesto. Si la lista que finalmente presente en octubre el oficialismo urtubeysta no conforma a estos candidatos «menores» (que juntos suman un 17% de los votos emitidos ayer), estos votos se pueden dispersar por el aire con una enorme facilidad. Si algo ha demostrado a Urtubey estos dos últimos años es que cada vez controla menos a los suyos y que sin dinero público para emplear en prebendas, difícil será mantener a su grey cohesionada detrás de su figura y asegurar un voto ciego a sus candidatos.

En octubre no habrá lemas, ni reales ni encubiertos, de modo que el reparto de votos entre «espacios» puede que sea -y algunos lo esperan así- enteramente diferente. Básicamente por dos motivos bien concretos: 1) labilidad emocional del peronismo y 2) la complicada distribución territorial del liderazgo político en Salta.

Las elecciones provinciales y la influencia del voto electrónico

Si esto ocurre en la elección de diputados nacionales, en la que se ha utilizado el voto de papel, ni hablar de lo que sucede en la elección de cargos provinciales y municipales, en la que se utiliza el voto electrónico.

Dejando a un lado el pequeño detalle de que estas horribles máquinas han provocado inexplicables retrasos en la votación de hasta dos horas, el caso es que si nos fijamos en los resultados, ese 37,94% de los votos obtenidos por los candidatos «oficiales» a diputados nacionales se dispara hasta rozar el 50% para los candidatos del gobierno a cargos provinciales y municipales.

La diferencia no se explica sino por la utilización del voto electrónico y el sistema legalmente aprobado para realizar el escrutinio provisional, que carece en absoluto de fiabilidad y que no utiliza ningún país del mundo democrático avanzado.

Pero con independencia de la herramienta, la estrategia de las diferentes fuerzas políticas ha sido en este caso la misma (de un modo muy evidente en el caso del grupo gobernante), por lo que la provisionalidad de los resultados y la configuración inestable de las fuerzas que concurren a los comicios aconsejan no hacer proyecciones, proclamar a vencedores y a vencidos, y menos aún a dar por plebiscitado a un gobierno que controla prácticamente todos los mecanismos de la legalidad electoral y los emplea, con alarmante descaro, en su propio beneficio. Así ha sucedido antes y así está sucediendo ahora mismo.

Elecciones legislativas y resultados anteriores

Aunque no se trate de unas elecciones definitivas -en el sentido de que no sirven para adjudicar los escaños que se van a cubrir- la única forma quizá de sacar algunas conclusiones a partir de los números es comparar los resultados actuales con los de elecciones similares pasadas. Esta comparación permite, por lo general, aventurar tendencias de crecimiento o pérdida de audiencia entre líderes y fuerzas políticas.

Pero en el caso de las elecciones de ayer, ni la autoridad electoral, a través de su información oficial, ni los medios de comunicación en general han acertado a hacer esta comparación fundamental.

Una comparación que en determinados casos hubiera sido también inútil, pues de una elección a otra, aunque las caras sean las mismas, en muchos casos no lo son ni las siglas, ni los partidos, ni los colores, ni los sublemas.

Ese es, pues, el régimen electoral que nos hemos dado. Un régimen que apenas si resulta homologable con cualquiera otra del mundo democrático, que no permite que los resultados electorales sean leídos de ninguna manera positiva y que tiene como principal objetivo movilizar emociones superficiales y quitarle al soberano cualquier posibilidad de control o influencia sobre las decisiones que se vayan a tomar.

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