Elecciones
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños
Para indecisos, desconfiados y escépticos
Breves indicaciones para no perderse en el laberinto de partidos y candidaturas para las próximas elecciones que se celebrarán en Salta.
Para votantes indecisos
Para votantes indecisos

Los salteños saben perfectamente que la ambición política sin límites impulsa a mucha gente a mentir, a formular falsas promesas, a hacer diagnósticos interesadamente equivocados, a proponer soluciones para problemas que no existen (o que esta misma gente está dispuesta a crear) y a negar que el adversario tenga idea de lo que habla.

¿Cómo moverse entonces en un mar de propuestas grandilocuentes, contradictorias y engañosas?

La respuesta no es sencilla, pero en unos cuantos párrafos haré el intento de despejar un poco el panorama, pensando sobre todo en aquellos que aún no tienen decidido su voto, y, dentro de este grupo, a los que se sienten mareados y confundidos por el bombardeo constante de consignas y de promesas.

Regla número 1. Desconfiar de aquellos que se presentan a sí mismos como la «renovación» o la «nueva política», así como de aquellos que pretenden negar al adversario acusándoles de encarnar a la «vieja política». En el 99 por cien de los casos, detrás de estas consignas renovadoras se esconde un conservador impenitente y obstinado.

Regla número 2. Desconfíe de aquellos que en los debates, mesas redondas y «cara a caras» son incapaces de darle la razón al contrincante aunque sea en lo más mínimo. Los que ponen por delante de cualquier acuerdo cosas como «la lucha» o «la militancia». Estos candidatos son buenos para animar las reuniones de unidad básica, para dar discursos en los entierros, pero unos auténticos inútiles para solucionar ningún problema político.

Regla número 3. Desconfíe de quienes se dicen perdidamente enamorados de Salta, de la tierra, de sus costumbres o de los paisajes. Si usted ha conocido a una persona enamorada, sabrá que en una inmensa mayoría de casos se trata de gente que ha perdido la cabeza o que va camino de perderla.

Regla número 4. Desconfíe tanto del campechano como del sanatero. Aprenda a distinguirlos. El lenguaje político demasiado fluido o asertivo es un indicador de una personalidad débil. Es como el alfeñique que quiere mostrar sus músculos después de dos semanas de gimnasio.

Regla número 5. Desconfíe del que le promete «rescatar las esencias». Generalmente lo hace aquel que ha entrado en el tercio final de su vida y que ha agotado su capacidad de ilusionarse con lo que vendrá y de inventar cosas nuevas.

Regla número 6. Desconfíe de quienes llevan como bandera la igualdad y viven de forma opulenta en barrios cerrados, educan a sus hijos en colegios carísimos, sus mujeres miran a las vecinas por encima del hombro y se creen con derecho a que los agentes de tránsito no les «labren» una infracción.

Regla número 7. Intente -en la medida de lo posible- rastrear prolijamente el currículum político, social y laboral del candidato para ver si tiene antecedentes en materia de cumplimiento de la palabra empeñada. Stalkéelo a él y a quienes forman parte de su círculo más íntimo en las redes sociales, revise el boletín oficial, acuda a las mesas de entrada de juzgados, pida información a la AFIP, hurgue en su vida pública sin entrometerse en su intimidad. Por consiguiente, desconfíe de aquellos que tienen un largo historial de incumplimientos, de falsedades, de «volvé mañana, changuito» y de toda forma de evadir sus compromisos. Si además el candidato/a tiene dos familias (dos mujeres o dos maridos, con sus respectivos hijos), sepa que estamos ante un buen indicador para salir corriendo.

Regla número 8. Desconfíe muy especialmente de aquellos que dicen querer acabar con la pobreza en unos cuantos meses y llevan más de veinte años llenándose el buche, sin preocuparse por el prójimo.

Regla número 9. Si le dicen que le van a poner cordón cuneta en su casa, que lo van a conectar al gas, que le van a podar el arbolito de la puerta, que le van a becar a la hija o que van a lograr que usted se jubile a los 42 años sin aportes de ninguna naturaleza, sea más vivo que ellos, pídaselo por escrito.

Regla número 10. Desconfíe del que dice conocer los 300 barrios salteños, del que presume de haberse dejado las suelas en caminatas interminables y del que se besuquea con sus vecinos de puerta. Vote al que le parezca más serio, mejor educado, más tímido y menos verborrágico. Tocar el timbre no es ninguna hazaña política. Es preferible saber tocar el clarinete.

Regla número 11. Pídale a los candidatos explicaciones detalladas del motivo por el cual aspira al cargo para el que se presenta. Niéguese a admitir por respuesta un encendido aforismo de Jorge Bucay. Exija respuestas taxativas y concretas, serenas y racionales. Y después evalúe. Muchos solo quieren ser concejales para fastidiarle mejor la vida al vecino. Hay que desenmascararlos.

Regla número 12. Desconfíe de los que proponen revolucionar la educación y que cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo solo consiguieron empeorar las condiciones laborales de los docentes y hacer que los niños aprendan a flexionar la rodilla frente al Gobernador y a rezar el Padrenuestro matinal, antes de aprender a sumar.

Regla número 13. Desconfíe de los que saltan de partido en partido. Recuerde que muchas veces la culpa no es de ellos, pero que hay quien demuestra una sospechosa movilidad entre opciones políticas, incluso antagónicas.

Regla número 14. Desconfíe de los que se dicen «vírgenes» en política. Son decididamente los peores, los más mentirosos. Frente a un candidato que nunca antes lo fue, lo recomendable es rastrear en su árbol genealógico.

Regla número 15. Desconfíe de los que utilizan los micrófonos y las cámaras en medios subvencionados directamente con dinero público para promocionar sus propias candidaturas, sin dejar de ejercer la profesión de comunicadores. Es una forma abyecta y repugnante de hacer propaganda proselitista. Del mismo modo, desconfíe de los que alardean de haber leído muchos libros. Lo importante es que hayan leído la realidad y que la hayan comprendido. No cualquiera puede.

Regla número 16. Desconfíe de los que se ponen el traje de víctimas, aunque lo sean de verdad. La condición de víctima -de la dictadura, o de lo que sea- no confiere un estatus político superior al de cualquier otro ciudadano. El voto por compasión es un voto perdido.

Regla número 17. Desconfíe de todo aquel que no dude. La duda no es «el talento de los mediocres», como se decía antaño, sino un mecanismo de defensa individual y social. La política es una forma de defender la comunidad en la que vivimos. El que peca de excesiva seguridad y discursea de corrido no sirve para desempeñar determinados oficios públicos.

Regla número 18. Intente buscar, en esa «feria americana del revoltijo» a aquellos candidatos que pongan todas sus cartas sobre la mesa; los que sean capaces de reconocer sus propias limitaciones; los que asuman que necesitan ayuda y saben pedirla; los que llaman a sus adversarios a dialogar y no maldicen hasta los muertos del contrario; los que no juren por sus ancestros estar diciendo la verdad; los que son capaces de acreditar que sus campañas se financian de un modo transparente.

Regla número 19. Desconfíe del que presume de ser «muy conocido» y de los que niegan a los adversarios cualquier posibilidad por ser «desconocidos». En nuestro país, el ejercicio del sufragio pasivo no exige avales previos ni cuotas de popularidad. Cualquiera puede ser elegido.

Regla número 20. Desconfíe del voto electrónico. Si usted abandona la mesa electoral con un papelito borroso de impresión térmica, pletórico de bisfenol, que dice que usted votó a la lista de fulanito, sepa que las máquinas pueden imprimir una cosa en el papel y otra bien diferente en el chip, y que en el escrutino provisional se contarán los votos sin abrir los sobres. Su voto tranquilamente puede serle atribuido a otro. Escriba a los legisladores provinciales de su Departamento una carta exigiendo el regreso incondicional al voto tradicional de papel.

Esto es todo, amigos (que diría Porky).

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