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Urtubey vuelve a Salta

El Gobernador de Salta -que no es candidato en las próximas elecciones- inunda la ciudad con carteles con su imagen, en desmedro de quienes sí lo son y forman parte de su parcialidad política. La descarada operación ha sido calificada como personalista o como narcisista por algunos opositores.
Juan Manuel Urtubey, el omnisciente Gobernador de Salta
Juan Manuel Urtubey, el omnisciente Gobernador de Salta

Al final tendremos que creer a las vecinas más veteranas del barrio, a esas sabias comadres, cuando explican que Urtubey desaparece de Salta por largas temporadas simplemente porque le gusta volver a aparecer, y hacerlo a lo grande.

Tras quince días de una ausencia penosa, más desde el punto de vista moral que del político, Juan Manuel Urtubey ha regresado a las calles de Salta. Pero ni él se da un garbeo por ellas ni sus zapatos pisan el cemento fresco recién instalado por el Intendente.

Lo que ha vuelto es su imagen, multiplicada en miles y miles de carteles electorales, colocados en los sitios más selectos y visualmente más atractivos de la ciudad. Es el pistoletazo de salida de una campaña electoral que ha nacido tras unos espantosos dolores de parto.

A ningún salteño le inquietan estos carteles, salvo a algunos que se han dado cuenta del pequeño detalle de que Urtubey -con mandato de Gobernador hasta diciembre de 2019- no es candidato a nada en las próximas elecciones.

Sin embargo, se juega mucho. Por eso, ha decidido chuparle la sangre (¡otra vez la sangre en la campaña!) a todos «sus» candidatos y promocionar su propia imagen, como si él fuera la clave del universo y los demás unos arrimados sin nombre.

¿Qué pensarán de esta maniobra Pamelita Ares, el mismo Zottos o Dib Ashur? ¿Tiene derecho el Gobernador a tomar por asalto la calle con su imagen, en desmedro de quienes aspiran fervientemente a que los ciudadanos los conozcan?

Pero hay una explicación. Urtubey sigue promocionando su cara de «torta de leche» porque los salteños en realidad todavía no lo conocen del todo. Y eso que hace más de 20 años que el hombre pegó su primer cartel en las calles de Salta.

Diríase que una mayoría más o menos tiene registrado su «corte de trucha», pero, salvo quienes lo rodean, nadie conoce realmente lo ladino que puede llegar a ser.

En el fondo, pues, la intención de Urtubey es buena: quiere que la gente, a fuerza de ver y ver su eterna sonrisa de engrudo, se dé cuenta por fin de su verdadera esencia, de lo que realmente hay detrás de su mirada de niño que acaba de comulgar.

Solo eso explica que alguna gente, equivocada pero con intenciones que no son del todo perversas, tolere que se infle el ego del Gobernador a costa de su compromiso personal con los ciudadanos cuyo voto prentenden.

Al fin y al cabo -calculan- habrá más votos para los desconocidos mientras más afiches de Urtubey haya en las calles. Para la que la gente «vote por Urtubey», o crea hacerlo, cualquiera sea la escoria que su nombre arrastre u oculte tras su acicalada imagen de niño estudioso y presidenciable.

Así, el futuro de la democracia en Salta está prácticamente sentenciado.

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