Editoriales
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Urtubey preside la reunión de la Comisión de Corsos en Orán, en pleno brote del dengue
Urtubey preside la reunión de la Comisión de Corsos en Orán, en pleno brote del dengue

La crisis que viven Orán y su zona de influencia a causa de la propagación de la enfermedad del dengue, ha vuelto a sacar a la luz las debilidades organizativas y escénicas del gobierno provincial de Salta.

Mientras la mayoría de la gente piensa que cuando se producen situaciones críticas, como epidemias o catástrofes naturales, la ideología no influye en lo más mínimo, y que frente a la fuerza devastadora de un terremoto vale igual un reaccionario que un progresista, una minoría comienza a descubrir que las malas soluciones comienzan a ganar terreno cuando los que gobiernan sustentan visiones arcaicas y desfasadas de la cada vez más cambiante relación entre el Estado y la sociedad civil.

Uno de los errores más visibles del gobierno de Salta consiste en confundir la esfera pública con la privada. Error que principia en el Gobernador, que cree que va a mejorar la situación de los enfermos si, en vez de ir a Orán acompañado de los expertos epidemiólogos del gobierno y de médicos bien entrenados, lo hace de la mano de su nueva novia. Esto es confundir las necesidades privadas de un individuo con las necesidades del conjunto social.

Y se extiende con la amplia difusión de la idea «comunitaria» de organización de la sociedad, propia del peronismo y de otras ideologías armonicistas, que viene a decirnos, más o menos, que cuando estamos frente a una situación de catástrofe tenemos que integrar el comité de crisis con el cura párroco, el jefe de la guarnición militar, los fortines criollos, las 62 Organizaciones, los productores tabacaleros y las directoras de las escuelas de la zona.

Frente a situaciones de grave amenaza colectiva, la responsabilidad del gobierno se agrava de forma notable. El gobierno está llamado a dirigir las operaciones y no a ser dirigido en la emergencia por los agentes privados. La sociedad y los ciudadanos que la conforman esperan que el Estado haga más de lo que normalmente hace en defensa del conjunto, y no que busque la solución en la movilización de «las fuerzas vivas», pues, en cualquier sistema social que bien se precie, estas fuerzas son «ultima ratio».

Aunque la comparación pueda parecer extrema, si nos viéramos envueltos en una guerra, parecería lógico que el primero que tenga salir a combatir sea el ejército que entre todos mantenemos. Solo en último caso hay que fundir las campanas de las iglesias para fabricar cañones.

Frente a un desastre de la magnitud del que está ocurriendo en Orán, el gobierno debe movilizar sus recursos antes que nadie, coordinar y liderar el combate contra la enfermedad, y no guardarse para mejores momentos, ni confiar en los milagrosos mecanismos de la «comunidad organizada».

Ahora bien, una cosa es gobernar y otra muy diferente es mandar a los ministros a hacerse una foto en Orán, en manga de camisa o en musculosa, como si los mosquitos fueran un producto de la imaginación de los lugareños y no datos de una realidad amenazante. No está demás recordar que la OMS, al declarar la emergencia global, ha recomendado viajar a las zonas afectadas con mangas largas.

A diferencia de lo que sucede en los países más serios del mundo, los comités de crisis en Salta son multitudinarios, asamblearios, alegales, y, por ello mismo, ineficientes.

En muchos países, las situaciones de emergencia están reguladas por una ley y es ésta la que dice quién debe estar y quién no en aquellas reuniones que se convocan para afrontar situaciones de especial gravedad. Los comités de crisis son, por definición, reducidos.

Una de las características de estas instancias extraordinarias es que no están (no pueden, ni deben) todos los ministros. A veces por razones puramente operativas; otras por cuestiones elementales de seguridad (un solo misil lanzado contra el polideportivo en donde sesiona todo el gabinete provincial puede dejar a los salteños sin gobierno en cuestión de pocos segundos). Y que conste que no estamos dando ideas.

El otro rasgo característico de las situaciones de urgencia es la austeridad. A pocos gobernantes se les ocurriría, como al señor Urtubey, visitar Orán de la mano de su novia y, más tarde, entregar casas en Hipólito Yrigoyen cual moderno Tata Miguel, antes de presidir alegremente la celebración del aniversario de la ciudad de Salta. Ciertos gestos mayestáticos del gobierno pueden llegar a ofender a los oranenses, máxime cuando el Gobernador ha pasado por allí, planeando sobre los problemas, sin resolver ninguno, y dejando a una buena cantidad de ciudadanos desairados por su falta de asistencia a una audiencia pública.

En suma, que gobernar se ha vuelto una tarea cada vez más compleja. No solo porque los gobiernos se enfrentan a problemas más graves y desconocidos, sino porque los ciudadanos se han vuelto muy exigentes y piensan, con razón, que antes de pedirles a ellos sacrificios extraordinarios (como las esperas eternas en los pasillos de los hospitales) el gobierno tiene que hacer todo lo que esté a su alcance para resolver el problema.

Pero cuando el gobierno está más preocupado por las fotos, por la marca de la ropa, los anteojos de sol y la hora de despegue del avión, es hora de ir pensando seriamente en descolgar las campanas de las iglesias y fundirlas para fabricar cañones.

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