Crítica política
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Una nueva víctima de la violencia criminal contra las mujeres

De los polvos esparcidos por Calletti vienen estos lodos infames que siembran cadáveres de mujeres jóvenes en las letrinas de Salta. O López Arias se erige en heredero de la tradición de crueldad y perfidia inaugurada por Calletti, o intenta un giro drástico en las políticas del gobierno para poner freno a una espiral de vergüenza homicida.
Marcelo López Arias, Ministro de Gobierno, Derechos Humanos y Justicia de Salta
Marcelo López Arias, Ministro de Gobierno, Derechos Humanos y Justicia de Salta

La noticia de la trágica muerte de Amira Albana Vázquez, de solo 17 años de edad, desborda los límites de la crónica de sucesos y proyecta claramente sus consecuencias sobre el terreno político.


A solo dos semanas de asumir su nuevo cargo, el Ministro de Gobierno, Derechos Humanos y Justicia, Marcelo López Arias, hombre acostumbrado a llegar tarde a todas las modas (incluida la de ser ministro), se ha topado de bruces con una penosa realidad: aquella que nos muestra el rostro siniestro de un gobierno ineficiente e inerme frente al fenómeno social más disgregador de los últimos tiempos, que no es otro que el de la violencia criminal contra las mujeres en Salta.

El ministerio que dirige López Arias se ocupa de la promoción de los derechos y de la protección de los colectivos vulnerables; entre ellos, de las mujeres jóvenes que sufren la violencia de sus parejas o exparejas. El número de estas mujeres que han muerto este año en Salta víctimas del impulso machista asesino supera ya la veintena.

Pero el dato no inquieta al gobierno, y menos aún al ministro López Arias, heredero de una estructura administrativa que todavía no parece haberse dado cuenta lo suficiente de que de los polvos esparcidos por la anterior ministra (Pamela Calletti) vienen estos espesos lodos, en forma de espiral de violencia criminal descontrolada contra personas indefensas.

El triste paso de Calletti por el ministerio encargado de proteger a las mujeres de la violencia se ha caracterizado por una indiferencia brutal, rayana con la inhumanidad más absoluta, frente a unos hechos que la exfuncionaria se esmeró en naturalizar, hablando de fenómenos culturales, de taras atávicas y de hábitos de clase, argumentos a los que elevó al rango de mitos seculares, para justificar lo injustificable: la inercia del gobierno frente a la muerte injusta de seres humanos.

Cada vez que una mujer moría en Salta, apuñalada, golpeada, ahorcada o baleada, para Calletti era como si una fruta se descolgara del árbol por mor de la ley de la gravedad. El gobierno -con Calletti a la cabeza- solo reaccionaba entonces con políticas y gestos añejos, roídos, destartalados, y, en general, con alguna de estas acciones (no necesariamente con las tres juntas): 1) el acompañamiento a los deudos (una invitación a tomar café en el ministerio); 2) la impartición de cursos de 48 minutos sobre cómo tratar a las mujeres (a cargo de feministas de empleo cautivo) y 3) la provisión de pañales y leche en polvo a los huérfanos.

El que la llegada de López Arias al ministerio signifique que ha terminado en Salta la comedia bufa de sociología-ficción que escribió y protagonizó Calletti, solo depende de López Arias. No se sabe si el nuevo ministro repetirá errores antiguos o si cometerá los suyos propios, pero lo que parece cierto es que dejará que los asesinatos de mujeres sigan convirtiéndose en bandera del feminismo radical lugareño (al que tantos favores debe el gobierno) y no sean contemplados como lo que son; es decir, un problema que corroe los cimientos mismos de la sociedad y en cuya solución están también involucrados los hombres y las mujeres que no comulgan con el feminismo rentado. Solo el ministro puede poner las bases para el final de ese insondable abismo doméstico que han construido las feministas/avispas.

Salvo en este caso, en el que ha llegado lamentablemente temprano, López Arias ha llegado siempre tarde a lo que se ha propuesto, de modo que no hay razones para ser optimistas en que vaya a hacer algo positivo para solucionar uno de los problemas más graves que tiene sobre la mesa.

A menos, claro está, que para despertar de la quimera voluntarista que soñó su antecesora, se anime a hacer, en un plazo razonablemente breve y de forma simultánea, estas dos cosas: 1) reconocer con sinceridad y ánimo autocrítico, que la gestión de Pamela Calletti en esta materia fue desastrosa y 2) romper los vínculos institucionales con las feministas destructivas, cuyo activismo irracional mantiene prisionero al gobierno de ciertos tics ideológicos que confrontan con el 85% de la sociedad.

Si Yarade se animó a afear el largo califato de Parodi y reivindicar los logros presuntos de la época dorada de los golden boys romeristas, López Arias puede hacer tres cuartos de lo mismo.

Solo de esta manera, el veterano político salteño podrá albergar la esperanza de que sus energías postreras -que no son muchas, por cierto- sirvan alguna vez para transformar y mejorar una sociedad a la que personas como él tanto daño han hecho, convirtiéndose en marionetas del poder (en tragicómicos aspirantes o en arbitristas vocacionales), y jugando a creerse que estaban pisando el ombligo del mundo.

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