Crítica política
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Los fabricantes de pobres

El autor de este escrito propone dar a la palabra 'necesitado' un nuevo significado y, así, convertir a nuestro prójimo más desfavorecido en 'necesitado'. Hoy el sistema desprecia la dignidad humana intrínseca de la persona con pocos recursos al ignorar el derecho que tiene a considerar valiosa su propia vida. Si les seguimos regalando bolsones y alimentándolos con fideos de baja calidad solo nos aseguraremos un futuro de miserias, enfermedades y conflictos.
Romero y Urtubey, los dos más grandes fabricantes de pobres en Salta
Romero y Urtubey, los dos más grandes fabricantes de pobres en Salta

Así como Urtubey se ha dedicado en los últimos diez años a fabricar pobres como si tuviera en casa una máquina de hacer chorizos, yo me propongo convertir a los pobres en personas 'necesitadas'.


¡Ah! ¿Que ya lo son? Pues lo dudo mucho, señores. Y quiero explicarles por qué.

En primer lugar hay que darse cuenta de que el actual Gobernador se ha dedicado a multiplicar la cantidad de pobres, solo porque a él y a su grupo de amigos les conviene que haya muchos. Pero, al hacerlo, les ha arrebatado su dignidad como seres humanos, pues con su prédica lastimosa y sus políticas de parches ha conseguido que estas personas se sientan inútiles, desplazados, una carga perpetua y difícil de soportar para sus congéneres.

La gran diferencia entre esta pobreza electoralista que ahora conocemos con la que afectaba nuestra Provincia hace treinta años, o incluso más, es que ahora la pobreza -por razones políticas y tecnológicas- es bastante más llevadera que antaño, pero al mismo tiempo resulta mucho más difícil salir de ella.

El sistema diseñado por Urtubey no piensa en el pobre nada más que como un dispositivo de voto. Los millones de dinero público que se gasta el gobierno (después de que alguien se lleve una cantidad parecida en intermediaciones legales o ilegales) no persiguen otro objetivo que el de hacer de la pobreza una categoría fija, simplemente porque la permanencia en ella durante el mayor tiempo posible es la que asegura la perdurabilidad de los equilibrios que permiten que el poder permanezca en manos de la elite gobernante.

El que diga que Urtubey reina como un sultán gracias al apoyo de las clases más acomodadas de la sociedad, o miente como cosaco o es que no quiere ver las cosas como son en realidad. El Gobernador solo se puede permitir el lujo de planear sobre los problemas cotidianos con tanta irresponsabilidad como la que demuestra porque tiene a los pobres de Salta viviendo de las dádivas que él reparte a voluntad.

La consabida fórmula de bolsones por votos hace que lo que antaño era desnutrición se haya convertido ahora en obesidad y en diabetes. Esto significa: hinchar a los pobres de fideos gratuitos y asignarlos a una especie de playa de estacionamiento humana en la que cada cual ocupa disciplinadamente su cuadradito. De vez en cuando pasará por allí ese amable señor que los conecta a las cloacas.

El pobre salteño no es de ningún modo 'necesitado', en el sentido de que el conjunto social no 'necesita' de él. Al contrario, prescinde de él olímpicamente. Por muchas razones: porque no tiene trabajo, porque no tiene estudios, porque no tiene futuro, porque no tiene cultura, porque no tiene ninguna participación en los asuntos que le conciernen.

El poder elitista de Salta utiliza a los pobres como «insumo de juicio», porque esa gigantesca picadora de carne humana que es el sistema judicial de Salta, como no es capaz de perseguir ni de encarcelar a los delincuentes de cierto poder adquisitivo, solo justifica su existencia institucional en la persecución organizada que lleva a cabo contra los pobres, que son los que llenan las salas de juicio, primero, y las celdas de las cárceles, después. Si en Salta no hubiera tantos pobres -degenerados, cleptómanos, mendaces, apaleadores o asesinos, según la más calificada magistratura- muchos jueces tendrían que irse a sus casas por falta de trabajo; ello, sin contar con el enorme desempleo que habría en las filas de las psicólogas del Poder Judicial, un colectivo profesional a todas luces sobredimensionado.

El principio de solución a la pobreza generalizada que padecemos consiste, no en revolear bolsones desde una camioneta ploteada con el rostro afeitado del Gobernador, como lo hacen el actual gobierno y los candidatos de la oposición, sino en repartir trabajo, educación, salud y seguridad, pero de una forma equitativa, legal y efectiva.

Pero nadie, aun pudiendo acceder a todas estas cosas, se va a sentir ciudadano pleno si al mismo tiempo no se le reconoce su derecho a disfrutar de las libertades públicas fundamentales y, en particular, su derecho a participar en las decisiones colectivas vinculantes. Su derecho a ser escuchado en igualdad de condiciones con los demás y su derecho a considerar que su vida tiene valor para sí mismo y para los demás. La lucha contra la pobreza no es otra cosa que un combate contra lo que podríamos llamar el «déficit de dignidad».

Si por cohesión social entendemos el proceso de reducción de las diferencias de ingresos entre la parte más alta y la más baja de la sociedad, en Salta hay que apuntar urgentemente también hacia la cohesión cultural, que permita achicar la peligrosamente creciente brecha en hábitos, conocimientos y saberes que hoy separan a los ricos de los pobres, pues es esta diferencia (y no tanto la primera) la que de verdad amenaza nuestra democracia.

Para empezar a construir este nuevo edificio, los ciudadanos -especialmente los más pobres- deben sentir que su voto es necesario y vital para mantener el sistema político, y que no es simplemente un valor de cambio; es decir, una especie de cheque al portador que se puede hacer efectivo en las socorridas ventanillas de la demagogia. Por eso, entre otras razones es que no debemos escamotearles su voluntad política con un sistema tramposo como el del voto electrónico.

En otras palabras, que debemos hacer que las personas pobres se sientan no tanto «asistidas» como «necesitadas». Y para eso no solamente tenemos que hacerles sentir que los necesitamos sino necesitarlos de verdad: buscarlos, animarlos, jalearlos, no ignorar su existencia (o acordarse de ellos solo porque necesitamos su voto). Debemos valorar su esfuerzo, aprovechar su talento, respetar sus ganas de hacer cosas y su derecho a hacerlas de un modo diferente. Es decir, que si vamos a darles una «changa» (por ejemplo, que nos machetee el jardín), que sea porque necesitamos el servicio de verdad y no simplemente porque tengamos espíritu caritativo.

El asistencialismo y la distribución política interesada han tocado techo en Salta. Ha llegado la hora de dejar de lidiar con la vasta legión de pobres con las mismas herramientas tecnológicas e ideológicas con que algunos manejan el ganado. Basta de tratarlos como manadas y de venderlos en las mesas de roscas a cambio de un tanto alzado por kilo vivo. Basta de condenarlos a la reproducción natural y a la tiranía de la educación religiosa compulsiva. Se impone el respeto a su dignidad humana, individual y colectiva, y por eso el imperativo de la hora es «necesitar al necesitado», tatar a las personas marginadas o en riesgo de marginación con suficiente respeto como para obligarnos compartir con ellas, no solo el excedente de la prosperidad material, sino la cultura y los hábitos morales que normalmente producen la felicidad y el éxito en la vida. Y no desfogarse o rasgarse las vestiduras cuando llega la hora de sofocar (o tapar) sus necesidades.

Dejemos que estas necesidades afloren en total libertad, porque muchas de estas personas nos están diciendo a gritos que cambiarían cien bolsones de fideos de cuarta por un poco de dignidad. Y hacia allí tenemos que encaminar nuestros pasos (y nuestras PASOs).

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