Crítica política
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Un segregacionismo solapado

Personajes cercanos al poder político de Salta insisten en que Urtubey debe ser Presidente de la Nación para que Salta sea próspera, rica y justa. El objetivo es mezquino y localista.
Urtubey, Scioli y Fellner
Urtubey, Scioli y Fellner
Los colaboradores más cercanos de Juan Manuel Urtubey no se ocultan y admiten sin rubor o hesitación que la principal razón que avala la candidatura presidencial del actual Gobernador de Salta es «lo bien que va estar Salta» si Urtubey alcanza la Presidencia.

Tal vez sea el «orgullo salteño» el que habla por boca de ellos; pero es más sensato pensar que quien afirma semejante cosa no es un gaucho abrasado por el orgullo localista sino un miembro integrante de la cocina más íntima del poder, alguien que realmente conoce las razones profundas de una ambición incomprensible e incontrolable.

De ser realmente así, unos 33 millones de argentinos en edad de votar deberían reflexionar muy serenamente sobre si conviene instalar en la Casa Rosada a quien no parece tener mejor proyecto que hacer más placentera la vida de sus comprovincianos. ¿Y del resto de los argentinos, qué?

Va a resultar un poco complicado explicar a esos 33 millones que la felicidad de solo una vigésimoquinta parte del conjunto de la Nación será la que asegure la grandeza de todo el país. El proyecto Urtubey presidente lleva inscrito en su ADN el gen de la mezquindad y el localismo.

Gobernar un país como el nuestro, complicado, visceral, hiperideologizado y partido en dos, requiere no solo un proyecto que ilusione a los salteños sino uno que cohesione a los argentinos y los haga sentirse parte de una misma realidad. A todos por igual. Poner la defensa de Salta por encima de cualquier otra consideración es una variante perversa del segregacionismo: aquella que rompe la unidad del país sin acabar con ella del todo.

Un Presidente que continuamente estuviera desviando recursos hacia Salta y quitándoselos a otras provincias no solo sería un mal Presidente sino que también le haría un favor muy pobre a los salteños, pues estos se convertirían automáticamente en odiosos acaparadores de recursos que deberían servir para hacer progresar a todos, en armonía e igualdad.

Quienes quieren ver a Urtubey como Presidente de la Nación deben saber desde ya que el Gobernador de Salta no tiene un proyecto de país; ni siquiera una idea aproximada del lugar que la Argentina ocupa en el mundo. Lo ha demostrado recientemente en Europa, en donde sorprendió a los residentes con un discurso «patriótico» parecido al de Marine Le Pen, al menos en las formas y en el lenguaje.

El argumento central de quienes pretenden investir Presidente a Urtubey es que para «transformar» a Salta no basta ya con ser Gobernador de la Provincia; es decir con ejercer todos los poderes que le reconoce la Constitución. Quiere decir que el Gobernador ha tocado su techo y que la «fase III» de la grandeza de Salta requiere de un poder superior, a poder ser «galáctico». Por tanto, hay que hacer que Urtubey sea Presidente, a toda costa, para remover los obstáculos que hoy frenan la libre circulación de recursos financieros hacia nuestra pobre Provincia.

Ningún Presidente de la Nación de los que conocimos y estudiamos alcanzó la primera magistratura del Estado con una visión tan pobre de cohesión territorial. Que se recuerde, Illia no gobernó para Córdoba, ni Alfonsín para Chascomús, ni Menem para La Rioja. Que Urtubey consiguiera hacerlo para Salta, con el beneplácito de tucumanos, entrerrianos, mendocinos, pampeanos, chubutenses, etc., no sería tanto un milagro como un desastre. A nadie en su sano juicio se le ocurriría votar como Presidente a alguien que en el siglo XXI proclamara tan abiertamente la superioridad de una raza: la salteña.

La candidatura de Urtubey a Presidente -no nos engañemos- solo tiene como finalidad extender en el tiempo su hegemonía en Salta. Ni siquiera aspira a mejorar la calidad de vida de los salteños, pues de lo que se trata es de mejorar la calidad de vida de él y la de su familia.

Si alguien quisiera pintar un cuadro realmente grotesco, le bastará con imaginar a la Argentina golpeando las puertas de la historia para entrar en el siglo XXI bajo la dirección política del mismo puñado de salteños fracasados que durante más de diez años solo han podido demostrar alguna habilidad para sumir a sus comprovincianos en el atraso, la pobreza y la inseguridad.

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