Crítica política
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El poder sin límites temporales
El Gobernador de Salta reclama para la Argentina 'procesos políticos' de 20 años de duración. No lo dice abiertamente, pero lo que quiere es gobernar más tiempo, sin oposición y sin controles.
Daniel Scioli y Juan Manuel Urtubey
Daniel Scioli y Juan Manuel Urtubey

El Gobernador de la Provincia de Salta le ha dado hoy un contenido y un sentido inequívocos al proceso de reforma política que encara su gobierno y que -ahora se sabe- persigue la finalidad de que el mandatario, por sí o por interpósita persona, controle los mecanismos del poder político en la Provincia de Salta durante dos décadas.

Juan Manuel Urtubey ha insistido hoy en un foro de reflexión realizado en la Provincia de Río Negro en la idea de que la Argentina necesita «políticas de largo plazo» (un mínimo de 15 años, dijo) en lo que probablemente se pueda entender también como la necesidad de «políticos» de largo plazo que aseguren la continuidad y las coherencias de tales políticas.

Aunque la pretensión de Urtubey parece estar basada en un elevado grado de confianza en el país, lo cierto es que la imposición de políticas de muy largo plazo expresa, al contrario, una gran desconfianza en la sociedad y en el ejercicio de la libertad por parte de los individuos. Una desconfianza en los cambios que amenazan las verdades establecidas que sostienen al poder.

El optimismo coyuntural de Urtubey encierra una apuesta decidida por los ciclos políticos largos. Él mismo lleva gobernando diez años y aspira a mantenerse otros diez, bien gobernando, bien influyendo para asegurar el control del poder por una pequeña oligarquía refractaria a los cambios.

Prueba de la contradicción profunda de sus visiones sobre el gobierno y la sociedad es el hecho de que Urtubey reclama ahora una «lucha contra la pobreza estructural y la pobreza por ingresos»; después de que la Provincia por el gobernada durante diez años haya multiplicado de manera preocupante los indicadores de la pobreza.

El problema de Urtubey no es que su plan se dirija a un país que no existe, sino que él mismo no cree en la viabilidad de ningún plan que no contemple, por lo menos, un quinto de siglo de hegemonía personal suya, o de su familia. Aunque ha sentado las bases para ello, la fragilidad institucional de Salta y sus profundas desigualdades sociales y territoriales convierten a este plan en inviable.

La alternativa a su plan es -según el propio Urtubey- «la frustración repetida». Pero el Gobernador de Salta no aclara bien si se refiere a su frustración personal (que sería en todo caso deseable) o si habla del fracaso futuro de un país, según él, tocado por la varita mágica del destino, cuya prosperidad estaría asegurada sea quien sea el que lo gobierne.



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