Colaboraciones
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

La clase dirigente en una sociedad sin mercado

La política salteña se resuelve en una dialéctica que enfrenta entre sí a personas que no reparan en la calidad o la moralidad de los medios desplegados para la obtención de los fines, y que por esta misma razón desconfían siempre los unos de los otros.
Imagen ilustrativa
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En los últimos cuarenta y cinco años, las relaciones entre el Estado provincial y la sociedad salteña se han mantenido relativamente estables, mientras que en el mundo democrático sucedía casi todo lo contrario.


Es frecuente mencionar entre las causas de este fenómeno a la «ancestral mansedumbre» de las clases más desfavorecidas, aunque, de verdad, lo que asegura en Salta la prolongada pervivencia de un Estado omnipresente, enfrentado a de una sociedad civil dócil y subordinada es la ausencia de mercado; o, lo que es casi lo mismo, la falta de una clase obrera industrial y de una cultura del conflicto.

Dicho en otros términos, que nuestros pobres no lo son porque el mercado (que no existe) los haya arrinconado, sino porque el Estado, que alardea de ser su principal defensor, no tiene ni los recursos, ni las ideas, ni las herramientas técnicas necesarias y suficientes para atenderlos como necesitan.

Esta es probablemente la razón por la cual la pobreza en Salta -y, en general, en el norte de la Argentina- presenta unas características especiales y distintivas que la diferencian de otras clases de pobreza; especialmente de aquella que el mercado produce, y a veces se empeña en mantener, en los países con tradición industrial y sociedades maduras.

Pero, contrariamente a lo que se podría llegar a suponer, la ausencia de mercado y el rechazo a la cultura del conflicto, más que modelar el carácter de las clases más vulnerables lo que hacen es definir con mucha precisión la configuración de las clases dirigentes; especialmente de la política.

En un sistema de competencia abierta y transparente, la dirigencia social lucha por conquistar espacios de poder y de influencia, pero lo hace consciente de que la concurrencia de muchos actores que persiguen el mismo objetivo hace virtualmente imposible la hegemonía. Allí donde falta el mercado -y por ende no existe la competencia o esta se encuentra profundamente distorsionada- las clases dirigentes aspiran en cambio a la hegemonía.

Se trata de una aspiración razonable (en la medida en que no es ilógica), ya que el control total del aparato del Estado (el último depositario del poder) aparece normalmente como condición indispensable para alcanzar los objetivos propuestos, entre los que destaca, sin lugar a dudas, la subordinación de las clases con menor capacidad de influencia.

La tentación hegemónica tiene un coste muy alto en materia de libertades públicas y derechos fundamentales, pero donde quizá se aprecie con mayor claridad el pernicioso efecto de la búsqueda del poder absoluto es en los mecanismos de la lucha política. La fracción hegemónica suele laminar a la oposición, no tanto porque la considere una amenaza para sus intereses, sino más bien porque no encuentra beneficios lógicos y razonables en una posible asociación o cooperación con los discrepantes. A estos se les exige generalmente una aceptación acrítica de los criterios y las decisiones del gobierno, no solo para incorporarlos al circuito más visible de la política sino incluso para reconocer su existencia.

En estas particulares condiciones, el debate democrático abierto es sustituido normalmente por la conspiración; es decir, que la confrontación de ideas pierde su lugar en beneficio de una lucha soterrada y oculta en la que en vez de ideas en pugna lo que se ponen en marcha son operaciones sectarias de efectos más o menos inmediatos, conjuras, complots y juramentos de diverso alcance, forjados en grupos semisecretos que trabajan intensamente a uno y otro lado del mostrador del poder, y muchas veces en el interior mismo de grupos a los que se supone fuertemente cohesionados.

La política se resuelve así en una dialéctica que enfrenta permanentemente a conspirócratas y conspiranoicos; es decir, a personas que no reparan en la calidad o la moralidad de los medios desplegados para la obtención de los fines (unos medios entre los que sobresalen el rumor y los falsos testimonios), y que por esta misma razón desconfían siempre los unos de los otros.

Desde un punto de vista sociológico se podría decir que la desconfianza generalizada reduce significativamente las posibilidades de acumulación de capital social y que los círculos de confianza son tan pequeños que se vuelven generalmente inútiles para cualquier otro propósito que no sea la alimentación permanente del circuito de la conspiración.

Es por esta misma razón que el grupo hegemónico que ha conquistado el poder absoluto no considera a la libre circulación de las ideas como una amenaza actual y tangible, pues su obsesión consiste en resistir a las conspiraciones en marcha oponiendo a ellas una contraconspiración más eficaz. Ocurre en Salta, y en muchos sitios, que a la capacidad de pensar se une la habilidad para conspirar, de modo que se crea artificialmente la apariencia de una represión al pensamiento libre por parte del poder cuando en realidad lo que preocupa a los que gobiernan son las operaciones potencialmente desestabilizadoras que el poder hegemónico no es capaz de prever o de controlar, en la medida de que estas sean al menos nominalmente aptas para perjudicar, para derrocar, para herir, para conmocionar, para trastocar.

Los conspiradores suelen poner en marcha proyectos secretos y siniestros que revelan sentimientos de venganza, de odio profundo o desprecio exaltado. En Salta son extremadamente frecuentes estos sentimientos, especialmente por cuestiones ancestrales.

Los conspiranoicos, por su parte, acostumbran a ver amenazas donde no las hay, contribuyendo de este modo a la desconfianza general. Hasta en los movimientos más inocentes se puede intuir el propósito de los enemigos secretos de tomar, acaparar, unir y coordinar los espíritus, para formar un partido o una alianza, y secretamente maniobrar en una determinada dirección.

La clase dirigente salteña, aquella a la que los sectores más vulnerables de la sociedad han confiado su suerte, está integrada pues por individuos inseguros y malvados (cualidades que muchas veces concurren en una misma persona) que, más que perseguir objetivos de interés general, buscan obsesivamente obtener el favor, el crédito, el ascendiente, el poder, así como disponer de gracias, de empleos, de recursos, de recompensas y de reputaciones. De lo que se trata, en definitiva, es de conspirar y resistir de la mejor manera posible las conspiraciones ajenas con el fin de obtener éxitos y sucesos y disponer de la capacidad para elevar a algunos y relegar a otros.

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