Colaboraciones
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Pasión por la lluvia

La lluvia convierte a nuestro estío en una primavera multicolor, con temperaturas benignas, cielos límpidos y un aire cargado de aromas intensos, cambiantes e irrepetibles, como el del ozono profundo que se confunde con el de la tierra mojada o el de la hierba recién segada.
Tormenta de verano
Tormenta de verano
Cada vez que nuestros gobernantes invierten tiempo y recursos para convertir a Salta en una plaza fuerte del turismo invernal, no puedo evitar pensar que el mito de Salta -y del norte argentino en general- como "paraíso de invierno" es una creencia falsa, forjada por las clases medias porteñas.

En especial, por aquellas señoras gordas que, saturadas por la humedad y hartas de las nieblas destempladas y grises del invierno pampeano, buscan con ansiedad un turismo de proximidad, de mucho sol y, sobre todo, de bajo coste.

Por lo menos así pensaba un ilustre salteño, propietario de extensas fincas en el sur de la Provincia y amante de la vida al aire libre, que alguna vez, no sin crudeza, caracterizó a estas particulares habitantes de la gran metrópoli como "viejas histéricas de departamento".

Pero dejando a un lado los estereotipos, cierto es que hubo una época, no demasiado lejana, en que resultaba imposible convencer a nuestros potenciales visitantes de los atractivos de "Salta en verano".

Era como mentarles al diablo o, mejor dicho, al mismo infierno, porque bien sabido es que una determinada franja de la sociedad porteña, tal vez por no haber profundizado en el estudio de la Geografía de Dassis de cuarto año, consideraba (tal vez lo sigue haciendo) que todo lo que se encuentra al norte del paralelo 31 pertenece, en verano, a los tórridos dominios de Lucifer.

Así, de este modo tan peregrino, pensaban tanto quienes en verano buscaban los aires marinos del Sur como quienes, sin tanta suerte, se achicharraban bajo el cemento porteño asidos a un botijo, o buscaban un respiro en algún islote del Tigre, en donde reinan los mosquitos, los camalotes y la humedad.

Con el tiempo y la ayuda de ciertas facilidades cambiarias, este segmento orientó sus preferencias estivales hacia los pantanos de la Florida y su clima asfixiante o hacia las siempre socorridas y cálidas playas brasileñas.

Las clases altas, por el contrario, supieron descubrir tempranamente los encantos de la Salta estival e, incluso, enseñaron a algunos lugareños a disfrutarlos con la mayor intensidad. Las cumbres de San Lorenzo, los ríos torrentosos de La Caldera, los paisajes tranquilos de Campo Quijano o la belleza exuberante de Escoipe, por no mencionar la solemne quietud de nuestros Valles Calchaquíes, han sido desde siempre alternativas de lujo a otros destinos estivales "elegantes" como Punta del Este o las montañas de Davos.

La lluvia, reina del verano salteño

Desde hace siglos, los salteños sabemos que si algún elemento hay que dispara la belleza de Salta en verano, que eleva la magnificencia de sus paisajes hasta niveles insospechados y suaviza dulcemente la temperatura, ese elemento es la lluvia.

La lluvia reina en nuestros valles durante todo el verano y, si bien algunas veces provoca algunos trastornos considerables, a menudo su bienhechora presencia genera espectáculos intensamente emotivos, incluso en las ciudades y en los pueblos.

La lluvia convierte a nuestro estío en una primavera multicolor, con temperaturas benignas, cielos límpidos y un aire cargado de aromas intensos, cambiantes e irrepetibles, como el del ozono profundo que se confunde con el de la tierra mojada o el de la hierba recién segada.

Nuestra lluvia no sólo renueva el aire. Su puntual aparición señala el comienzo de la estación estival pero también el principio de una renovación profunda de la tierra, de su vegetación y de su fauna. Los cerros mudan su manto ceniciento por una alfombra de prolijo verdor babilónico mientras que el abandono de aleros y campanarios por las temibles mariposas "de la peña" señalan el final de la estación seca. Incluso el humor de los salteños cambia.

Llueve en Salta y nadie se atreve a llamar "mal tiempo" a aquel espectáculo de relámpagos majestuosos que parecen firmar el cielo con una rúbrica de plata, de truenos que retumban en los cerros de las quebradas con ecos profundos, de troncos limpios y relucientes, de tierra húmeda y de musgo.

Llueve en Salta y las fachadas más antiguas se impregnan de una humedad vivificante que deja escapar al aire un aroma a obra fresca, a pintura a la cal, a adobe saturado, que confiere a la ciudad un aire de 'recién hecha'.

Llueve y las chapas de zinc marcan el ritmo del agua que desciende del cielo. Como si estuvieran afinadas para resonar en diferentes notas musicales, las chapas salteñas ofrecen durante la tormenta su peculiar concierto, como aquel de campanas de iglesia que imaginó el genial Cuchi Leguizamón. En Salta, la percusión de los tejados metálicos es también el pluviómetro auditivo de los que suelen predecir las lluvias solo por el desgarrador canto de la chuña.

El agua de lluvia renueva y limpia a las ciudades llevándose a alguna parte lo que muchas veces, de modo desaprensivo, dejamos en lugares inadecuados. No sólo basura, ramazones, chanchos y garrafas mal atados: A veces también se lleva la luz y provoca apagones que amplifican el silencio hasta el infinito. Sin luz en los hogares y en las calles, las tormentas de Salta se convierten en un espectáculo audiovisual sin parangón y en un desafío casi deportivo para los que aman la naturaleza en estado puro, sin filtros ni ayudas ortopédicas.

En algunos puntos, la luz eléctrica tarda tanto tiempo en volver a los enchufes que parece que la lluvia se la hubiera llevado al mismísimo Kriptón, aquel lejano planeta liderado por Jor-El.

Llover, llueve en muchos sitios; pero difícilmente haya un lugar en el mundo, como Salta, en el que la lluvia, además de exacerbar la belleza del entorno natural, acalla de golpe los ecos ciudadanos y empuja a sus habitantes a la contemplación, a la meditación y al silencio. Para muchos, el único espectáculo que se pueden permitir en verano es presenciar la crecida de los ríos que atraviesan el valle de Oeste a Este después de las lluvias y escuchar el rumor de las embravecidas aguas que bajan de las cumbres.

Para otros, el final de la lluvia señala el comienzo de un tiempo de socialización con amigos y vecinos. Salir a ver los efectos de la lluvia cuando ésta ha cesado, es una costumbre salteña que suele practicarse en compañía de los más próximos.

Sólo la ignorancia de una cierta clase de turistas o el excesivo sesgo "inviernista" de los grandes operadores turísticos explican que Salta sea hoy una plaza opulenta del turismo de mayo a septiembre y un refugio minoritario reservado a ciertos exquisitos en su estación más bella: el verano.

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