Colaboraciones
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Saber o no saber: Esa es la cuestión

El autor sostiene que a Salta le iría mucho mejor de lo que le va si en vez de haber tantas personas excelentes y bien preparadas, las hubiera menos; o si no tenemos esa suerte, al menos fueran estas un poco menos presuntuosas, más humildes y más propensas a reconocer la ignorancia propia.
Imagen ilustrativa
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A finales de los años ochenta, cuando en medio de no pocas dudas juveniles y de una inflación galopante, decidí emigrar en busca de mejores aires, lo primero que me llamó la atención del país que había elegido como destino es que en las casas -las pocas que conocí entonces- no había libros, como sí los había en muchos hogares argentinos en la misma época.


Recuerdo un día lluvioso de hace poco menos de treinta años, cuando, ya en Europa, un compañero de trabajo que en su juventud fue hippie y que desde aquella época turbulenta arrastraba la discutible costumbre de no bañarse, me convenció para que fuera a ver qué le pasaba al aparato de vídeo de su padrino, un veterano del sindicato vertical franquista cuya casa visité con asombro.

El hombre tenía una impresionante colección de cintas VHS y ningún libro. «Solo toros y putas», me dijo, para darme a entender que aquella descomunal videoteca, que ocupaba tres paredes enteras, atesoraba en partes iguales lances taurinos y amorosos. Muchos años después comprendí el sentido profundo de las preferencias visuales tan disímiles del padrino: tanto en los toros como en la pornografía hay picadores, pullas, descabellos y puntillas. Nada que separe esos dos mundos de una forma tajante y definitiva.

Pero lo que sin dudas más me llamó la atención de la nueva cultura en la que acababa de desembarcar era que la gente normal no iba por la vida presumiendo de su capacidad, de su intelecto, de sus títulos (ni siquiera los nobiliarios), de sus conspiraciones y de su importancia como seres humanos. En pocas palabras, que me di cuenta de que para sobrevivir en este país no era necesario descollar, hacerse pasar por importante, dar conferencias, salir en los programas de televisión, acumular másteres, andar por la calle con el mentón erguido y llevar el currículum académico y profesional en cajas.

En cierta ocasión, una amable funcionaria de la oficina de empleo me dijo que con mis antecedentes académicos, que ya por entonces eran abundantes, no iba a encontrar trabajo con facilidad. Pero no por falta de cualificación sino tal vez por exceso. Y así ocurrió. Mi currículum se redujo entonces a una sola página, como acostumbra todo el mundo por aquí.

Se podría decir que en el país en el que vivo y en el que nacieron dos de mis tres hijos, descubrí el encanto de una vida simple, sin complicaciones existenciales innecesarias, sin sociologías baratas, sin retóricas complejas; sin psicoanálisis y sin sabios en los bares, pues todo el mundo sabe que aquí los parroquianos prefieren las conversaciones futbolísticas, taurinas, de negocios y de vacaciones, antes que las políticas o las religiosas. La primera vez que me metí a uno de estos sitios, encontré el suelo de la barra tapizado de cabezas de gambas, restos masticados de zarajos de cuenca, palillos usados y servilletas de descarte, así que enfilé para el sector de las mesas. Una vez sentado, me esforcé por imaginar que en aquellas «mesas milagrosas» de mi alrededor había sabihondos y suicidas, de los que podía yo aprender filosofía, dados, timbas y la poesía cruel. Pero al ver la actitud distante y un tanto alelada de mis ocasionales compañeros de bar comprendí que aquellos personajes de fábula y aquellos conocimientos extraordinariamente profundos y delicadamente melancólicos de los que hablaba el tango habían muerto todos; con el flaco Abel primero y más tarde con Discepolo.

Con el tiempo fueron desfilando por estas tierras comprovincianos del más variado pelaje. Todos ellos, ávidos de conocimientos, de másteres, de currículums y de deseos de refregárselos a sus envidiosos vecinos en Salta. Algunos también vinieron por aquí con aires de príncipes de los valles y se dedicaron a criticar todo lo que veían, así como a menospreciar a «estos gallegos», como los llamaban. Me parecía curioso que lo hicieran mientras servían mesas en algún bar de la calle Arenal. Solo unos pocos, que son contados con los dedos, vinieron aquí junto a sus familias dispuestos al «verdadero viaje de descubrimiento» del que hablaba Proust, con los ojos renovados y prestos para dejarse deslumbrar por este continente desconcertante, contradictorio, pero bello, ordenado, pujante, variado y poderoso. Ellos seguramente fueron los únicos que se llevaron a Salta algo valioso y concreto. Todos los demás, junto a su diploma, se llevaron abanicos y una muñeca flamenca para poner encima del televisor.

Eso, para no hablar de uno que bien me sé que se llevó de aquí una sofisticada jamonera que los inspectores de aduanas del aeropuerto salteño confundieron con el repuesto para una pierna ortopédica. O de esa jovencita oriunda del valle de Siancas que vino solo con la idea de encontrar azafrán barato y se dio con que estaba a 500 euros el kilo.

Después de casi tres décadas de no tener necesidad de ser (o de fingir ser) importante para vivir y para hacer valer mis derechos, siento que si volviera a Salta ahora tendría que vérmelas con una nueva generación de «gente excelente», que no dudaría en frotarme por las narices sus experiencias y a quienes más vale no contradecir en nada. Y menos yo, que vivo en un país donde la gente común no tiene libros en sus casas. Ellos no saben que yo los tengo, quizá por afrancesado y cosmopolita, pero seguramente por puras ganas de llevarle la contraria a los demás.

Por saber más que uno, estos «nuevos sabios», todos ellos treintañeros, saben mucho más que yo de política, de tecnología y de música de los años 80. Nunca podré saber cómo aprendieron en tan poco tiempo cosas que a mí -probablemente por mi inveterada torpeza- me llevó décadas enteras de aprender y enseñar, de leer, de observar y de pensar, lleno de miedo. No me avergüenza decir que comprendí cabalmente lo que eran las ideologías, la izquierda y la derecha bien pasados los treinta años.

En una ocasión un amable fotógrafo, que apenas si conocía mis cualidades intelectuales y profesionales, me llamó públicamente con el sustantivo «eminencia», como si fuese yo un cardenal, lo cual me dio un vértigo espantoso. Debo de ser yo un especimen extraño de la tierra, ya que a los salteños les encanta doctorearse, darse placas y recordatorios los unos a los otros, pronunciar oraciones fúnebres y con un poco de suerte hacer que la avenida que discurre por un barrio tremendamente pobre del sur de la ciudad lleve el nombre de su abuelo. Nunca olvidaré que un productor de legumbres de Salta, ya fallecido, fue a buscarme una vez a mi trabajo y preguntó en la recepción por un tal «doctor Caro». Lo mandaron al hospital, pero no malherido, sino despistado, ya que aquí ni a los doctores se les llama doctores, salvo a los médicos.

La aparente carencia de libros se contradice con el hecho cierto de que este continente antiguo, profundo y denostado, está plagado de personas sabias, pero de verdad. De ese tipo de gente frente a la cual uno se sacaría con gusto el sombrero. Por supuesto que hay intelectuales pedantes e insufribles, como los hay en Salta, pero la mayoría de los que he tenido la fortuna de conocer y tratar son como Kant: silenciosos, prolijos, puntuales e implacables.

A poco de llegar a Madrid, me vi de golpe sentado en la Residencia de Estudiantes, escuchando a dos señores cuyo nombres entonces desconocía, pero que me dejaron boquiabierto y entusiasmado. Uno era Fernando Savater, que llevaba una llamativa camisa floreada y unos anteojos con montura de color rosa; y el otro un tal Emmanuel Levinas. Por aquel entonces pensé que encuentros como ese serían cosa de todos los días por aquí. Me equivoqué. Mi trabajo pronto me alejó de los filósofos y me hermanó con los obreros manuales de la Nissan, que fabricaban furgonetas en Ávila.

En cierta ocasión, hace no mucho tiempo, cerca de la Place de Clichy, en París, mi mujer y yo vimos subir al autobús a un hombre de unos cincuenta años, con aires antiguos y pintas de resistente francés perseguido por el régimen de Vichy. Vestía gabardina larga con doble fila de botones, miraba a través de unas gafas redondas de pasta, usaba unos finos bigotitos errolflynnianos y llevaba consigo un viejo portafolios de cuero en cuyo interior imaginamos que transportaba unas complicadas fórmulas químicas o unos mapas de la Atlántida. O químico o geógrafo, dijimos. Y estuvimos a punto de preguntarle, cosa que habríamos hecho de no ser porque nuestro presunto científico se apeó sorpresivamente en una solitaria parada de la rue de Amsterdam. Fue entonces cuando recordamos que en Salta los sabios -o los pretendidos sabios, para mejor decir- no tienen esa apariencia tan cinematográfica; tampoco se suben a los colectivos, no se muestran interesados ni por la química ni por los continentes sumergidos, y si tienen algún oficio conocido ése es el de expertos consultores en marketing político.

Debo decir, para concluir, que los capaces y «capazas» de Salta han terminado por cansarme un poco. Antes ya me habían desilusionado, pero no por motivos intelectuales o políticos sino por razones puramente folklóricas. Sin embargo, ahora tengo que reconocer que experimento una cierta fatiga mental al pensar en ellos y en ellas. Compruebo todos los días con pavor que la gente sencilla de mi provincia -la que de verdad se sube a los colectivos- se ve obligada a pagar un injusto peaje en forma de reverencias a estos tipos y tipas que presumen de sabidurías nunca debidamente contrastadas.

Desde hace tiempo pienso que a Salta le iría mejor -no menos bien que a muchos lugares del viejo continente- si en vez de haber tantas personas excelentes y bien preparadas, hubiera menos; o al menos fueran estas un poco menos presuntuosas, más humildes y más propensas a reconocer la ignorancia propia.

Mientras espero que el Señor del Milagro obre ese prodigio -largamente esperado por un puñado de feligreses expatriados- me esfuerzo, nos esforzamos, por seguir aprendiendo aquí cosas que jamás hubiéramos imaginado aprender. En mi caso, sin creerme en ningún momento que lo he aprendido todo o que soy más capaz o más inteligente que cualquiera de mis semejantes. Mi particular máster dura ya casi treinta años; en los últimos doce he convivido, puerta con puerta, con vecinos de Marruecos, de Ghana y de la República Dominicana. Al cabo de todo este tiempo de aprendizaje de inmersión en la cultura global apenas si puedo presumir de haber comprendido que entre la estética taurina y la pornografía barata hay algunos puntos comunes que son innegables.

Todo lo demás es materia de dudas. Unas dudas, por suerte, todavía juveniles.

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