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- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Imagen ilustrativa
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La terminología nacional (peronista) llama «fuente de trabajo» a lo que en otros rincones del mundo, con una cultura laboral algo más avanzada y bastante más antigua, se llama «puesto de trabajo» o «empleo».

La metáfora de la «fuente» está relacionada, en principio, con dos de las acepciones del Diccionario: 1) la que dice que fuente es un «manantial de agua que brota de la tierra», y 2) la que dice que la palabra sirve para llamar al «principio, fundamento u origen de algo».

Debemos descartar, para lo que aquí nos proponemos, el significado de «fuente» como «plato grande, más o menos hondo, que se usa para servir los alimentos», que como metáfora no está nada mal pero que se aleja un poco de la esencia del trabajo asalariado.

Así pues, en la Argentina, solo se crean o se destruyen «fuentes de trabajo». Y cuando alguien ataca, por ilegales o insalubres, determinadas ocupaciones, se dice que se está atentando contra la «fuente de trabajo», que es una especie de deidad civil, intocable y sagrada, como muchas de las que forman parte del folklore peronista.

Pero aunque el trabajo sea -visto desde esta peculiar perspectiva- un fenómeno natural, en principio abundante (tanto, que mana como si fuese el agua de un manantial), lo cierto es que hoy, quizá menos que nunca, se puede pensar en el trabajo como algo que surge de las entrañas de la tierra. Si llegase a surgir de las profundidades, habría que pensar en una especie de fracking laboral, o de algo parecido.

Dicho en otras palabras, que la «fuente» está cada vez más seca, excepto quizá en algunos lugares como en la Provincia de Salta, en donde el gobierno provincial, instalado en su vergel babilónico, evita que las cifras del desempleo se disparen contratando en la planta transitoria de la administración pública a cuanto inútil ande suelto.

Pero también es dudoso que la «fuente» sea el principio, fundamento u origen del trabajo. Si nos ponemos filosóficos, al principio fundamental que organiza el trabajo humano hay que buscarlo, bien en la creación de Dios, bien en el impulso que empuja al ser humana a transformar su entorno, pero nunca en el trabajo mismo, que, para decirlo muy rápidamente, encierra demasiadas contradicciones y debilidades como para ser considerado el fundamento de algo tan importante.

El trabajo, tal cual lo conocemos desde la década de los treinta del siglo pasado cada vez tiene menor valor, en términos sociales y políticos. El trabajo superprotegido e hipersindicalizado ha dejado de ocupar el lugar central en las sociedades. Entre las consecuencias de esta pérdida de centralidad se cuenta el hecho de que las huelgas generales, que antaño paralizaban más de un 80 por cien del aparato productivo de un país, hoy con suerte consiguen afectar al 45 por cien de la producción y circulación de la riqueza.

Todavía más: quien hoy pretenda hacernos creer que el discurso de defensa a ultranza de la «fuente de trabajo» es la expresión más acabada de la solidaridad de clase, se equivoca o intenta una canallada, pues hay millones de personas, trabajadoras y productivas, que hoy producen riqueza fuera del sistema laboral tradicional, cuyos intereses, como consumidores, como ciudadanos o como usuarios de los servicios públicos se ven hoy injustamente afectados por medidas generales impuestas por lo que ya es una fracción minoritaria de los productores de un país.

El discurso de las «fuentes de trabajo» se está volviendo no solo obsoleto e insolidario sino también peligroso y sectario, hasta el punto que es capaz de partir en dos o en dos mil partes a las sociedades que luchan porque el trabajo humano sea multidimensional, cada vez más libre, cada vez más eficiente y cada vez más productivo.

Quizá, si nos sincerásemos y dijésemos con claridad que detrás del discurso de las «fuentes» se esconde una estrategia de defensa de viejos privilegios (el trabajo fácil, seguro y estable, con el sueldo garantizado a fin de mes), entre todos podríamos dar un paso para hacer que nuestra sociedad crezca y en su seno encuentren el lugar que se merecen tanto las viejas estructuras laborales, que aún no han muerto del todo, y las nuevas formas de producir riqueza, que a medida que van reclamando una mayor atención van desnudando las graves inconsecuencias de un sistema laboral agonizante, protagonizado por viejos patrones, viejos sindicatos y obreros un poco decadentes.

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