Jorge Raventos
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Panorama semanal

La búsqueda del submarino plantea al gobierno nacional un difícil desafío, amplificado por la extensión de la solidaridad internacional con la Argentina, que determinó el aporte de centenares de especialistas y de sofisticados recursos tecnológicos de más de una docena de países destinados a las tareas de búsqueda.
Submarino ARA San Juan
Submarino ARA San Juan

El drama del submarino ARA San Juan empujó a un alejado segundo plano la comidilla netamente política de la última semana: las confesiones de Alejandro Vandenbroele en los Tribunales Federales, que perjudican a Amado Boudou e involucran al banquero Jorge Brito en el caso Ciccone; la fumata blanca con los gremios sobre la reforma laboral que en los últimos días se ha oscurecido; el despliegue legislativo de los acuerdos fiscales con los gobernadores.


La esperanza y la ira

Con el transcurrir de los días la expectativa y el desasosiego en torno a la suerte de la nave y sus 44 tripulantes se fueron deslizando implacablemente hacia una desesperanza que finalmente mutó en desesperación cuando la Armada dio a conocer, siete días después del último contacto con el submarino, que “una anomalía hidroacústica” registrada en la zona que surcaba el ARA San Juan era "consistente con una explosión" y cuando desde la misma fuente se dejó saber que “están todos muertos porque la explosión fue entre los 200 y mil metros de profundidad hace una semana, ocho días”. Una densa congoja envolvió al país.

Las familias de los tripulantes que venían siguiendo la búsqueda desde instalaciones de la Marina en Mar del Plata estallaron y descargaron su desconsuelo y su ira contra la jefatura naval, sospechando que en ese ámbito se había retenido y ocultado información así como que el arma no había reaccionado con velocidad y eficiencia tras los primeras señales de un percance y la ulterior incomunicación.

También hubo críticas contra las autoridades políticas.

En rigor, el Presidente no le sacó el cuerpo a la desgracia: reclamó acción y se reunió el fin de semana (cuando ya se extendía el nerviosismo) con las familias que aguardaban en Mar del Plata. También se presentó el miércoles 22, cuando las ilusiones decaían, en el comando naval junto al ministro de Defensa, Oscar Aguad, para pedir explicaciones sobre la búsqueda y sobre los motivos por los cuales el arma no transmitió oportunamente a las autoridades políticas las dificultades sufridas por el submarino. Esa crítica presidencial (que no casualmente trascendió y que constituyó una señal de futuras acciones disciplinarias) sin duda alimentó los cuestionamientos de los familiares y su convicción de que también a ellos se les había escamoteado información.

La cautela y el compromiso

Aunque parece improcedente culpar a la actual autoridad política por esta desgracia (el desinterés por la defensa y el olvido presupuestario del sector militar llevan años), puede suceder que las grandes conmociones sociales afecten con fuerza a los gobiernos, unas veces para debilitarlos, otras ofreciéndoles la posibilidad de expresar constructivamente un estado de ánimo colectivo en un momento delicado.

El gobierno se encontraba así ante un difícil desafío, amplificado, si se quiere, por la extensión de la solidaridad internacional con la Argentina, que determinó el aporte de centenares de especialistas y de sofisticados recursos tecnológicos de más de una docena de países destinados a la búsqueda del malogrado submarino.

La cautelosa distancia pública que algunas voces cercanas le aconsejaron en primera instancia al Presidente, pretendiendo que este no hablara hasta que al menos no se hubiera localizado con precisión el ARA San Juan, fue sensatamente desoída por Macri. El viernes se presentó por segunda vez en el comando de la Armada, instruyó a los mandos y luego enfrentó las cámaras con un mensaje breve y equilibrado: pidió respeto para las víctimas y sus familiares y recordó que el objetivo prioritario actual es encontrar el submarino y recuperarlo, una responsabilidad que incluye el agradecimiento a los estados que están prestando su valiosa cooperación. Centralmente pidió templanza y paciencia ("Esto va a requerir de una investigación seria que arroje certezas. Tenemos que entender cómo un submarino, que se había llevado a reparación y estaba en condiciones, sufrió aparentemente esta explosión") y una prudencia que, implícitamente, compromete un ajuste de cuentas cuando llegue el momento ("Hasta que no tengamos información completa no tenemos que aventurarnos a buscar culpables").

Quizás se aventuró entre sus palabras una conclusión anticipada: que el submarino que se había llevado a reparación “estaba en condiciones” para muchos no es todavía una certeza y probablemente también aquella reparación deba ser seriamente investigada.

Es obvio que la palabra presidencial era indispensable ante el impacto. Y lo seguirá siendo, ya que el episodio está lejos de haber concluido. Hechos del pasado reciente (Cromagnon, la estación Once) muestran además con elocuencia que las actitudes que la sociedad condena más son el silencio y la ausencia calculadora de la autoridad política ante los dramas. Los familiares de las víctimas han expresado y sostenido en esos casos el espíritu de la sanción social.

Los tironeos políticos

Aunque las vicisitudes de la búsqueda del submarino y los sentimientos de pesar ante las malas noticias dominaron la atmósfera pública, la política siguió andando. La celebración del último fin de semana por los acuerdos que parecían consolidados tiende, días más tarde, a mezclarse con dudas y perplejidades.

La reforma laboral es cuestionada por un sector del gremialismo (Pablo Moyano es su expresión cegetista más significativa y cuenta con el coro de la CTA y la izquierda) mientras la conducción que negoció con el ministro de Trabajo hace saber desde El Vaticano que todavía “quedan cosas importantes por discutir”. Así, se vuelve difícil (al menos, se retrasa) la aprobación legislativa.

Si había expectativas de que las reformas se sancionaran en el Congreso antes de la renovación parlamentaria, ahora los plazos parecen modificarse. Habrá que votar con todos los jugadores en el escenario. Tanto la señora de Kirchner como los nuevos contingentes parlamentarios que extienden los bloques oficialistas.

La reforma previsional, la clave de la bóveda de los ajustes buscados por el Poder Ejecutivo (que el gobierno se negaba a poner en discusión) sufrió una primera alteración antes del primer anuncio de acuerdo (se dispuso que la actualización trimestral sea siempre más que la inflación registrada y que las jubilaciones mínimas con 30 años de aportes no importen menos del 82 por ciento de un sueldo mínimo) Ahora vuelve a ser cambiada: de acuerdo a una propuesta del senador Miguel Pichetto, el jueves 23 se decidió que en la fórmula de actualización se incluya el ingrediente de los salarios activos, permitiendo así que las jubilaciones acompañen de algún modo los ingresos de los trabajadores en actividad.

Tal vez ese no sea el último cambio. Los líderes de la CGT avisaron desde Roma que ellos no asumen responsabilidad en ese acuerdo (“que nunca nos fue sometido a discusión”). Aparecen también algunas dudas jurídicas: las reformas al sistema de actualización jubilatoria, en caso de aplicarse al próximo pago (marzo) implicarían cambiar una norma preexistente con efecto retroactivo. Tal vez, para evitar seguros litigios, haya que aplicar la modificación a partir del siguiente pago.

Paradojas del gradualismo

Que el gobierno admita los retoques y los aportes ajenos es una buena señal, aunque probablemente irrite a algunos de los sectores de su propia base que desconfían del gradualismo oficial y sospechan que, con esa lógica, las reformas se alejan en lugar de ponerse en marcha.

El oficialismo procesa trabajosamente esos tironeos. Empiezan a levantar la voz en su seno, por ejemplo, tanto quienes se quejan de la marcha económica por que le atribuyen exceso de gradualismo, como los que, al revés, cuestionan la ortodoxia del Banco Central y su política de tasas altas o se inquietan porque el endeudamiento avanza vertiginosamente hacia un límite crítico.

Paradojas: mientras la gran mayoría de las jefaturas territoriales peronistas (y sus expresiones políticas y legislativas) parecen conformes con el rumbo general que fija Macri y con su propensión al diálogo y la negociación, las resistencias provienen de parte del electorado oficialista y de un sector de sus cuadros. Allí, más que grieta se verifica un juego de esquinitas.

La desgracia del submarino San Juan y su tripulación se recorta en ese paisaje de controversias, acuerdos y tensiones, donde la conducción política procura consolidar su autoridad y definir aliados y rumbo.

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