Jorge Raventos
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Panorama semanal

El autor analiza el impacto sobre la convivencia política del reciente hallazgo del cadáver de Santiago Maldonado.
Santiago Maldonado
Santiago Maldonado

En las filas del kirchnerismo, resignado a una derrota en la provincia de Buenos Aires, se especulaba últimamente con el albur de un cisne negro, algún suceso inesperado que pudiera modificar un destino que se consideraba ineluctable.


Un enigma politizado

El descubrimiento de un cadáver en el Río Chubut, a metros del último escenario en el que había sido visto el desaparecido Santiago Maldonado, pareció por un instante una encarnación de esa quimera.

La suerte del joven artesano estuvo, en sus últimos capítulos, enigmáticamente conectada con la circunstancia electoral: su desaparición fue noticia días antes de las PASO y el cadáver del Río Chubut (que, antes aun de ser inequívocamente identificado por peritos y familiares, todo el mundo presumía que era el de Maldonado) apareció en la semana del comicio del domingo 22.

En el contexto de una puja por los votos que, si bien no entusiasma a la sociedad, enardece los ánimos más susceptibles al fanatismo, la trágica peripecia de Maldonado quedó aprisionada en la lógica de la llamada “grieta”.

Para los sectores más radicalmente enfrentados con el gobierno, el artesano, simpatizante del irredentismo mapuche, fue considerado desde el principio víctima de una “desaparición forzada” comparable con las que se practicaron sistemáticamente durante la tiranía militar: una manera de enfatizar la interpretación de esas facciones que dibujan a Mauricio Macri como “cría del Proceso” y que resumen en la consigna: “…vos sos la dictadura”.

Falta de reflejos o insensibilidad

El oficialismo no tuvo reflejos políticos para comprender a tiempo la densidad y potencia erosionante de esa acusación. Siempre consideró que ella era tan descabellada que se neutralizaba a sí misma y, de tan increíble, resultaba contraproducente para quienes la esgrimían.

El gobierno empezó tarde a comprender que esa actitud generaba inquietud inclusive en una parte considerable de su propia base electoral que, con el paso de los días, ante la irresolución del caso y la pasividad argumentativa oficial, se sentía crecientemente inerme frente al activismo de los acusadores.

Es cierto: las encuestas, a las que el oficialismo presta una atención principal, no reflejaban motivos acuciantes para la alarma. El tema Maldonado constituyó durante algunas semanas un hecho incómodo antes que un asunto que fuera a determinar cambios de adhesión. Por otra parte, las opiniones favorables sobre el gobierno no decrecían, sino que se incrementaban pese a que la investigación sobre el desaparecido y las circunstancias que rodeaban el suceso continuaban sin dar frutos; algún desahogo económico sumado a la circunstancia de que la prensa se mostraba más interesada en escarbar el tema de la corrupción en tiempos K que a destacar el caso del joven artesano alentaron esa sensación.

En el seno del oficialismo, la inquietud que de pronto crearon varias incoherencias de la narración de los gendarmes coincidió con el desarrollo discreto de una tesis que primero se sopló a voceros periodísticos informales y finalmente la incontinencia de Elisa Carrió aireó sin prudencia, oficialmente, esta semana: Maldonado –decía esa conjetura- estaba oculto, había pasado a Chile con ayuda de los grupos mapuches radicalizados. “Hay un 20 por ciento de probabilidades”, asignó Carrió a esa presunción.

¿De dónde sacó el arbitrario porcentaje (para no hablar de la corazonada misma)? La jefa de la Coalición Cívica no sigue las instrucciones de discreción de Jaime Durán Barba pero, socia prominente del oficialismo como ella es, sus desbarres verbales también aportan al patrimonio de Cambiemos, del mismo modo que sus filípicas y absoluciones morales. Ella aporta en el activo y también en el pasivo.

En este caso, y a la luz de la aparición del cuerpo en el Río Chubut, aquel diagnóstico y los comentarios pretendidamente graciosos sobre el hallazgo que lanzó en un programa de cable incrementaron la reputación de insensibilidad que rodea a la (para decirlo con los términos nada complacientes de la oposición) “coalición de la ceocracia”. La demora del Presidente en tomar contacto directo con la familia de Maldonado también contribuyó a esa fama. Lo hizo cuando se constató que el cuerpo hallado en el sur era el del artesano, pero en verdad el sufrimiento de la familia que buscaba al joven desde más de dos meses antes podía haber merecido una palabra directa de consuelo desde el poder (de Macri, o de su vice, Gabriela Michetti; o del jefe de gabinete) sin necesidad de aguardar a aquella luctuosa confirmación.

Acuerdos versus grieta

La familia de Maldonado pidió que no se use políticamente la muerte del artesano. Es más fácil reclamarlo que conseguirlo. Los ejércitos internéticos enfrentados convirtieron las redes en escenario de una guerra sucia informativa, deformando datos, extremando interpretaciones, subrayando detalles: cada facción en detrimento de la otra. Otros sectores convocan a guerras menos metafóricas: el vandalismo practicado el viernes en la ciudad de Mar del Plata contra el Palacio Municipal o las consignas violentas difundidas por algún líder de la llamada Resistencia Ancestral Mapuche son expresiones minúsculas pero inquietantes de una atmósfera que es preciso serenar rápidamente.

Por su propio interés, el gobierno le clausuró el micrófono a la señora Carrió hasta que pase la elección: que ella pierda votos en la Capital no es dramático, ya que tiene una ventaja amplia sobre sus seguidores. Pero sus ocurrencias intempestivas pueden dañar al oficialismo en la provincia de Buenos Aires, donde la ventaja es más estrecha.

En cualquier caso, el tema Maldonado no fue el cisne negro que el kirchnerismo anhelaba. Los primeros datos confirmados que han trascendido (en cuya gestación tuvieron parte todos los sectores involucrados en el caso) excluyen hasta el momento la hipótesis de una muerte provocada y admiten, más bien, la de una desgracia. Eso no libera de responsabilidades por ineficiencia investigativa, manipulación informativa y eventualmente mala praxis o inclusive excesos en los procedimientos de seguridad. El juez del caso parece estar actuando con plena independencia y con un criterio de razonabilidad elogiable: habrá que dejar que siga haciéndolo y esperar con paciencia los resultados de su trabajo.

Lo que el caso ha puesto sobre la mesa dramáticamente es una interpelación al conjunto de las fuerzas políticas. Cuando se conoció la desaparición señalamos en esta columna: “Conviene no juzgar el caso Maldonado ni exclusiva ni centralmente por el uso político-electoral que se le está dando. Hay dimensiones más trascendentes para analizarlo. Está el ángulo de la inseguridad y de las dificultades que afronta el Estado para garantizar desde la vida de las personas al orden público, así como para investigar y resolver delitos o siniestros. La suerte de individuos, familias, aviones o mercancías puede convertirse durante plazos indefinidos en un agujero negro inescrutable”.

Ese plano requiere un esfuerzo de conjunto, institucional: porque se trata de recuperar la capacidad de acción del Estado, la confianza de la sociedad en su autoridad así como en la eficiencia, la decencia y la ecuanimidad de los procedimientos de sus agentes civiles y uniformados. Es un plano esencial para el cambio que proclama el oficialismo.

Y para encararlo es imprescindible afrontar los acuerdos de Estado de los que el oficialismo habla menos. Atravesada la hora de la urna y conocidos los resultados de la voluntad ciudadana habrá que poner manos a la obra.

Artículos leídos recientemente

eXTReMe Tracker