Jorge Raventos
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños

Panorama semanal

El autor de esta columna estima que la división del peronismo pasará factura a la candidatura de Cristina Kirchner en la próximas elecciones legislativas del 22 de octubre. Recuerda también el antecedente de las profundas divisiones históricas en el seno del partido radical.
Arturo Frondizi
Arturo Frondizi

A días de que se lance formalmente la campaña de las elecciones de octubre, el gobierno recibe encuestas que le vaticinan un triunfo en la Provincia de Buenos Aires. La pequeña diferencia que permitió la victoria de Cristina Kirchner en las PASO (un 0,2 por ciento) se revertiría el mes próximo a una ventaja de entre 3 y 5 puntos en beneficio de Esteban Bullrich, el candidato de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal.


La intención kirchnerista de ganar terreno responsabilizando al gobierno por la desaparición del artesano Santiago Maldonado, presentándolo como una continuidad maquillada de la dictadura de los años ’70, nunca penetró fuera del círculo ideologizado que rodea al mundo K y a algunas fracciones de ultraizquierda.

Por otra parte, los datos duros que surgen de la investigación judicial desmienten ya con elocuencia las hipótesis envenenadas que culpaban a la Gendarmería como fuerza y a la autoridad política de una desaparición forzada. Una cosa es el exceso eventual de algún efectivo y otra una operación planificada, que se encuadraría como delito imprescriptible. La ausencia de huellas genéticas en los vehículos de Gendarmería ha desvirtuado testimonios dudosos; otros (como cierto presunto avistaje con binoculares desaparecidos) se desmienten solos.

Un boleto de dos tramos

El horizonte luce, así, despejado para la visión macrista; tanto, que ya se ha instalado con firmeza en su cúpula la idea de que habrá un segundo período. “El plan de Macri está concebido para que dure ocho años”, acaba de proclamar el presidente provisional del Senado, Federico Pinedo.

Ayuda a ese optimismo la posibilidad de que, incentivadas por la notoria presencia de la señora de Kirchner, las fuerzas centrífugas que muchas veces han amenazado al peronismo terminen cristalizando esta vez una división permanente.

El amplio espectro peronista (que desde su origen incluyó corrientes de origen conservador, radical, nacionalista, liberal, socialista y hasta comunista y trotskista) más de una vez se expresó en divisiones circunstanciales en el terreno electoral que, sin embargo, a poco andar terminaban resumiéndose en procesos de unidad y se disciplinaban contradictoriamente bajo un nuevo liderazgo. Hubo grupos (“neoperonistas” se los llamaba entonces) que intentaron usufructuar la larga proscripción de Perón y después volvieron al redil (aunque algunos se mantuvieron como partidos provinciales autónomos); hubo un intento montonero de desafiar al peronismo con un partido propio (el “peronismo auténtico”), que tuvo mala performance y corta vida y se desvaneció.

El antecedente radical

Es probable que esta vez la división entre una rama kirchnerista y un amplio conglomerado federal antikirchnerista, postkirchnerista y hasta exkirchnerista termine cristalizando en la fractura, con dos formaciones políticas diferenciadas permanentemente, del mismo modo en que el radicalismo atravesó etapas de división, en ciertos casos temporaria y en otros, persistente.

El antipersonalismo radical, nacido en 1924, constituido como UCR Antipersonalista y derrotado electoralmente por Hipólito Yrigoyen en 1928, colaboraría más tarde con el gobierno del general Agustín Justo y triunfaría sobre la UCR tradicional en la elección de 1938. El presidente electo entonces fue un antipersonalista: Roberto Marcelino Ortiz. La UCR antipersonalista desaparecería en la década siguiente y buena parte de sus cuadros serían reabsorbidos por la tradicional UCR.

El naciente peronismo de 1945 suscitó otra división: la UCR Junta Renovadora fue la fracción radical que, seducida por el movimiento descamisado, terminaría fusionándose en el nuevo partido de poder, aportándole muchos cuadros políticos y legisladores, así como el primer vicepresidente electo de Perón: Hortensio Quijano.

El golpe militar que derrocó a Perón en 1955 provocaría una nueva escisión. El sector intransigente (crítico con las autoridades castrenses y abierto a la vinculación con el peronismo) impuso en la convención partidaria la candidatura presidencial de Arturo Frondizi con vistas a las elecciones de 1958. Otro amplio sector, con la guía de Ricardo Balbín, constituyó, como reacción, otro partido. El frondizismo fue UCR Intransigente y sus opositores, UCR del Pueblo. Esa división se cristalizó por años, si bien el sector de Frondizi, después de que la presidencia de éste fue suprimida por un golpe de palacio, avanzó hacia un cambio de nombre: terminó llamándose Movimiento de Integración y Desarrollo, adoptando así una denominación más actual y programática que la que ofrecía la vieja sigla.

Cristina como obstáculo y como esperanza

Hay señales claras de que hoy es el peronismo el que avanza hacia una experiencia de fractura persistente. Un amplísimo espectro cuyo eje está constituido por la mayoría de los gobernadores peronistas no está dispuesto a compartir espacio con el kirchnerismo. Sergio Massa y Florencio Randazzo rechazaron airadamente los llamados a la unidad lanzados por la señora de Kirchner. Miguel Pichetto anunció que no la quiere a ella en su bloque peronista del Senado (“Así como la señora armó un partido, es esperable que esa fuerza tenga su correlato en la vida parlamentaria, con la conformación de un bloque propio, que deberá denominarse Unidad Ciudadana”).

Pese al título de ganadora de las PASO bonaerenses, la señora de Kirchner camina por un sendero de paulatino aislamiento, agravado por el posicionamiento que ella y sus sicofantes adoptaron frente al caso Maldonado. Ya se observan los preparativos de fuga de muchos intendentes del Gran Buenos Aires cuyas fuerzas locales todavía figuran en listas compartidas con ella. Después del escrutinio de octubre la mayoría de ellos irán a buscar la sombra del peronismo federal.

La señora de Kirchner se esfuerza –con suerte muy dudosa- por fortalecer su facción. Ha empezado a aceptar entrevistas con periodistas independientes y aspira a usar esas oportunidades para relegitimarse y ofrecer alguna respuesta a las imputaciones jurídicas y políticas que sobrelleva. Prometió, por caso, que no será candidata presidencial: “si soy un obstáculo para que gane el peronismo en 2019”. En rigor, la mayoría del peronismo político no sólo no termina de creer esas palabras sino que entiende que ella constituye un obstáculo sea o no candidata, pues su mera presencia contaminaría al peronismo con el tufo que la opinión pública atribuye a la gestión K.

Todo parece empujar a que la señora de Kirchner confirme después de octubre en el terreno político la escisión que inició como táctica electoral al crear su Unidad Ciudadana al margen del Partido Justicialista.

El gobierno ve en esos signos la perspectiva de un peronismo dividido durante un período relativamente extenso y considera que esa es una ventaja para sus propios planes. Imagina que el fraccionamiento impedirá que el peronismo consiga reconstituirse y formular una propuesta competitiva para los comicios presidenciales de 2019.

De la plausible premisa del fraccionamiento no necesariamente se deriva, sin embargo, la conclusión optimista del oficialismo. La política no se rige por la regla de cálculo.

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