Jorge Raventos
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños
Panorama semanal
El autor analiza las posibilidades electorales de la coalición gobernante en el el Gran Buenos Aires, en donde se decidirá con seguridad la suerte de la elección. En este distrito las encuestas dan un empate técnico entre las listas que encabezan Cristina Kirchner y Esteban Bullrich.
Marcos Peña
Marcos Peña
Si bien aún es temprano para que las encuestas se acerquen a los probables resultados que arrojarán las urnas de octubre (como muestra la experiencia, algunos estudios ni siquiera aciertan el mismo día de las elecciones), los sondeos animan a los protagonistas y permiten aproximaciones, así sean imperfectas.

Un trabajo de Query Argentina/M&R Asociados concluido la semana última registra, en la Provincia de Buenos Aires un empate técnico entre los candidatos de Unidad Ciudadana (Cristina de Kirchner, para el Senado; Fernanda Vallejos para la Cámara baja) y los de Cambiemos (Esteban Bullrich, Graciela Ocaña). En rigor, el empate técnico se define con leve superioridad para la boleta cristinista (34,8% contra 34,3%). Para que no queden dudas sobre el significado de esos guarismos, el estudio informa que se aclaró a los encuestados que Bullrich y Ocaña son “los candidatos de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal (datos que, sin embargo, no figurarán en las papeletas del comicio de octubre).

Macri y María Eugenia: opiniones que se bifurcan

El mismo estudio registra que en la Provincia de Buenos Aires las opiniones negativas sobre el Presidente superan por ocho puntos a las positivas (en el Gran Buenos Aires esa diferencia se amplía casi al doble) y el juicio sobre su gestión de gobierno muestra un cuadro aún más duro: prevalecen las opiniones negativas por diferencias que ascienden a 15 por ciento en el conjunto del distrito y a 23 por ciento en el conurbano.

Un aliciente para el oficialismo: María Eugenia Vidal tiene números más auspiciosos. Su imagen positiva supera a la negativa (por 12 puntos en la provincia y, aunque por menos, también en el Gran Buenos Aires).

Este último dato es relevante: el nudo estratégico de la elección de octubre se encuentra en el conurbano bonaerense. Sin embargo, no alcanza para calmar la ansiedad de las fuerzas oficialistas ni para convencer a los observadores externos de que el gobierno tiene bien atados los hilos de la gobernabilidad. En la semana, el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne enhebró en un mismo concepto un argumento electoral y una coartada: explicó la reticencia de los inversores extranjeros porque han reaparecido, dijo, “las sombras de las políticas económicas del populismo que tanto daño nos han hecho”: un eufemismo para referirse a la candidatura de Cristina Kirchner.

¿Optar entre la K y la M?

Hace tiempo, en rigor, que gobierno ha decidido empujar al centro de la escena a la expresidente para justificar las dificultades económicas que no consigue superar y, al mismo tiempo, para presentar la boleta electoral de Cambiemos como panacea exclusiva para “apostar al futuro”. La clave del razonamiento reside en agigantar el peligro o amenaza K y reivindicar el monopolio del remedio. O, si se quiere, presentar al conjunto de las fuerzas políticas que navegan al margen de la pretendida polarización entre la K y la M, como manifestaciones disimuladas, solapadas, maliciosas del kirchnerismo.

Un renovado ejemplo de esa intención se evidenció el miércoles en la Cámara de Diputados: después de varios meses de demoras, el plenario de la Cámara decidió sancionar en general la ley de responsabilidad penal empresaria, que establece para casos de corrupción la incumbencia de la firma involucrada, más allá de las personas físicas que pudieran haber actuado. El oficialismo, a través de mensajes en redes sociales de Eduardo Amadeo (secretario general del bloque Pro), denunció que “los K y el Frente Renovador se juntan para que no podamos votar la ley penal contra empresarios corruptos”. En rigor, si el tema se aprobó en general en la Cámara fue, en primer lugar, porque la oposición no kirchnerista dio quórum para tratarlo; además,los diputados que responden a Sergio Massa y a Margarita Stolbizer votaron por la aprobación en general. De hecho, el oficialismo no cuenta con número suficiente para pasar sus iniciativas sin apoyo ajeno.

Por otra parte, si la ley aprobada en general no pudo ser tratada en particular no fue por iniciativa de la oposición, sino por una moción de Elisa Carrió (cabeza de la lista portea del oficialismo) que pidió postergar la sesión hasta la semana próxima. El Congreso se vuelve –una vez más- escenario auxiliar de la puja electoral.

Tal vez pensando en los resultados que espera del comicio el gobierno hubiera preferido que ocurriera lo que amañadamente informó Amadeo en sus tweets. Pero lo cierto es que las diferencias con el kirchnerismo no son una exclusividad de Cambiemos, del mismo modo que las divergencias con el oficialismo no son un monopolio del cristinismo: la realidad no se deja reducir a la oposición blanco-negro; el antikirchnerismo es plural (Cambiemos, massismo, centroizquierda, justicialismo de Randazzo), la oposición al gobierno tiene muchos matices (desde la confrontación aguda que lidera CFK a la crítica constructiva de renovadores y peronistas como Pichetto, Bossio, Randazzo o Urtubey o de la “avenida del medio” de Stolbizer y Massa).

El juicio de Peña

El jefe de gabinete Marcos Peña, hablando para importantes medios porteños, incursionó ayer en la estrategia polarizadora (la negó en las palabras y la confirmó en los hechos). “Yo no creo que la polarización sea una estrategia, ni creo que hayamos hecho nada para promoverla”, dijo. Simultáneamente, fundió en una unidad a Cristina de Kirchner, Massa y Randazzo, asegurando que ”vienen del mismo sistema político peronista”, son “variantes del mismo sistema político peronista (…) representan lo que ya pasó en la Argentina”.

Si es por “provenir” del peronismo (y aun del kirchnerismo), la propia fuerza oficialista no podría tirar la primera piedra: Graciela Ocaña, que encabeza la lista bonaerense de Cambiemos, fue ministra con el kirchnerismo; el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, fue ministro de Scioli. Para no hablar del contingente peronista que se integró el Pro porteño (¿Rodríguez Larreta por caso, no fue funcionario con Menem; Santilli no tiene pecado original peronista?) o de las distintas vertientes del mismo origen que convergen en el gobierno bonaerense de María Eugenia Vidal.

El purismo que esgrime Peña, que alerta contra el peronismo como si se tratara de una enfermedad infecciosa o una sustancia contaminante, puede tener raíces en una segmento del oficialismo (sin duda en parte del lilismo cívico, en parte del Pro, quizás en el propio Peña) pero en estas circunstancias tiene un sentido instrumental, responde a una táctica electoral determinada. Su lógica no es “la verdad” (que el oficialismo flamea constantemente como un eslogan: “decimos la verdad”), sino la operación política.

Las divergencias entre el kirchnerismo y peronistas como Randazzo, Pichetto, Schiaretti, De la Sota o Massa están a la vista. El gobierno experimenta esas diferencias desde que asumió, porque ese peronismo no kirchnerista es socio objetivo y activo de la gobernabilidad, mientras el kirchnerismo apuesta a una restauración (y, en ese marco, a un debilitamiento de la gobernabilidad y del gobierno de Macri). La estrategia de la polarización y juicios en la línea de los de Peña, en lugar de aislar al sector confrontativo parecen empujar hacia él a sectores que han tomado distancia de él, lo han enfrentado y, en algunos casos, desarticularon sus intentos quedantistas.

La polarización y la calle

Un matiz particular de la confrontación aguda se manifestó el mismo miércoles en otro escenario: la calle. Las “formaciones especiales” que actúan a la vera del kirchnerismo se propusieron poner a prueba la autoridad del oficialismo transgrediendo expresamente las normas con las que el gobierno pretende ordenar la agitación urbana: se presentaron con máscaras y palos, no dejaron carriles libres en la Avenida 9 de Julio, obstruyeron el metrobus, quemaron cubiertas e instalaron carpas. En jurisdicción de la Ciudad Autónoma, le tocó actuar al Jefe de gobierno local, Horacio Rodríguez Larreta, que venía siendo internamente criticado en el oficialismo por su renuencia a poner orden cuando las papas queman. Esta vez pasó el examen con un aprobado en la materia disolución (la policía fue felicitada hasta por el jefe de los senadores peronistas, Miguel Pichetto); la nota debería ser más baja en la materia prevención: una inteligencia más sagaz y perceptiva tal vez podría haber anticipado la movida de los violentos y ahorrado aflicciones y demoras a los porteños.

Alentar la polarización con lógica electoralista tiene consecuencias más allá de las urnas; por ejemplo, en la inseguridad y el bloqueo urbano (como lo sufren los porteños) o en los mercados, como lo subrayó con interés propio el ministro Dujovne. ¿No habrá llegado la hora de abandonar pretensiones exclusivistas e intentar seriamente la búsqueda de acuerdos que ofrezcan un horizonte extenso de orden, gobernabilidad y previsibilidad?

eXTReMe Tracker
EXs=screen;EXw=EXs.width;navigator.appName!="Netscape"?EXb=EXs.colorDepth:EXb=EXs.pixelDepth;