Turismo
- Desde el 1 de febrero de 1997 sirviendo a los salteños
Imagen ilustrativa
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Cuando se supo que el anuncio oficial de las cifras del turismo de Semana Santa iba a ser efectuado en conferencia de prensa por el propio Gobernador de la Provincia, lo menos que se esperaba es que los números fueran espectaculares. Pero el anuncio estuvo lejos de la espectacularidad esperada: 36.000 turistas en cuatro días, un impacto económico cercano a los 70 millones de pesos (un poco más de 3,5 millones de euros) y un gasto diario por turista de 1.229 pesos (unos 68 euros).

La ciudad de Salta tiene más de medio millón de habitantes y es unas cinco veces más grande que la ciudad mexicana de San Miguel de Allende (Estado de Guanajuato), que recibe una cantidad similar de turistas en las mismas fechas.

En la mayoría de los países de Europa el gasto diario de los turistas supera los 100 euros, según cifras oficiales de Eurostat, el organismo que tiene su sede en Luxemburgo y cuya principal responsabilidad es la de proveer información estadística a las instituciones europeas.

Decididamente, algo no funciona bien en materia de turismo en Salta; sobre todo cuando los que dirigen (o creen que dirigen) el asunto se comparan con Catamarca y La Rioja, y renuncian a hacerlo con otros destinos turísticos importantes del mundo.

Para no echarle toda la culpa al turismo, habría que empezar a pensar si los atractivos -principalmente religiosos y culturales- que ofrece Salta están a la altura de otros importantes centros turísticos del mundo, que congregan a miles de visitantes en Semana Santa. Es posible que a nuestras celebraciones religiosas les falte ese punto de espectacularidad que se encuentra en algunas ciudades de México, en Andalucía o en el Levante español.

En segundo lugar, habría que pensar si nuestros servicios turísticos, empezando por el hospedaje, tiene precios competitivos y una calidad homologable a la de los países más avanzados. Cualquiera que haya visitado Salta en los últimos seis años se puede dar cuenta de que los precios para los turistas son, en algunos casos, escandalosos, mientras que la calidad (de la comida, del hospedaje, del transporte, de la higiene urbana) deja bastante que desear.

Esta mirada crítica sobre el turismo de Salta no tiene la intención de desmerecer los avances de una actividad en la que los agentes privados han puesto mucho empeño, pero también es cierto poco cuidado.

Fijémonos por ejemplo en el volumen de pasajeros que utilizan el aeropuerto de Salta y pongámoslo en relación con la amplitud y comodidad de las instalaciones, con la eficiencia de los servicios (incluidos los controles de frontera), la limpieza de la terminal y la tecnología que utiliza su parte estrictamente operativa. Digámoslo pronto: Salta tiene un aeropuerto deficitario, que ya no es suficiente para una ciudad de su tamaño y para el movimiento de viajeros que registra.

Los hoteles son caros en su mayoría. Por lo que pagamos por una noche de habitación doble en un establecimiento de dos estrellas en Salta, podemos tranquilamente pasar dos noches en un hotel de tres estrellas en importantes ciudades de Europa. Este no es un detalle insignificante. Nuestros hoteleros enfrentan el reto de bajar los precios incrementando al mismo tiempo la calidad, y esto no es una tarea fácil; ni en Salta ni en ningún sitio.

Otro tanto de lo mismo se puede decir de la comida y el transporte, con la diferencia que en la calidad de este último influye el estado de nuestra red de carreteras y su creciente vulnerabilidad a los fenómenos naturales.

Sin embargo, si hubiera que elegir uno de los elementos más negativos del turismo de Salta este sería sin dudas la alta susceptibilidad de sus principales protagonistas y su poca disposición a escuchar las críticas. Un gobierno autocomplaciente y unos empresarios encantados de ganar dinero con una mínima preocupación por la calidad también influyen en el estancamiento del turismo y en la difusión de prácticas viciosas que impiden hablar de una actividad transparente que al mismo tiempo sea social y medioambientalmente sostenible.

Por último, que salga el Gobernador de la Provincia a decir que en el turismo trabajan «más o menos» unas 40.000 personas es casi una broma de mal gusto. No solo porque el Gobernador podría decirnos la cifra exacta sino también porque sabemos que al menos la mitad (si no más) de quienes trabajan en la actividad turística no aparecen en ningún registro oficial (lo dice el Indec). Es decir, que trabajan pero es como si no lo hicieran, porque no tienen estabilidad, no tienen derechos, no tienen prestaciones sociales y, si cobran, perciben un salario completamente opaco a los mecanismos recaudatorios de la Seguridad Social y al sistema fiscal.

Si el Gobernador hubiese inflado la cifra (cosa que es incluso posible), la vergüenza sería aún mayor, puesto que lo que se espera del turismo de Salta es que sea el motor de una economía formal y formalizada, y no el escondrijo del fraude, la precariedad y la informalidad laboral.

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