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Julio Cortázar
Julio Cortázar
Se conmemora hoy, 26 de agosto, el cumpleaños 102 de Julio Cortázar (1914-1984), novelista, escritor y ensayista argentino que marcó una época en la literatura latinoamericana.

La historia de Cortázar se inició en Bruselas, Bélgica, cuando su padre, realizaba un servicio diplomático en Europa. Tras una niñez marcada por el abandono de su progenitor, al viajar a Argentina su madre María Herminia lo introdujo a la literatura por medio de la obra de Julio Verne, escritor a quien admiró toda su vida.

En la década de los 30, publicó un libro de sonetos titulado Presencia, primer paso en una carrera literaria que combinó con la docencia, ya que impartía clases en la Universidad de Mendoza, la cual abandonó por la presión del régimen de Juan Domingo Perón y decidió viajar a Francia, donde vivió y trabajó el resto de su vida.

Mientras permaneció en Europa, se dedicó a escribir una extensa colección de obras como Bestiario y Las Armas Secretas. Sin embargo, su obra más celebrada fue Rayuela, cuya inusual estructura ganó el reconocimiento de críticos ya que invita al lector a seguir la historia no lineal de Horacio, su protagonista.

Otro de los aspectos por los que se recuerda a Cortázar es como uno de los fundadores del 'boom latinoamericano', en el que se difundió una nueva corriente de literatura, poesía y crítica, donde participaron figuras como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa.

Falleció en París el 12 de febrero de 1984 a los 70 años de edad.

La patria

Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.

Pobres negros.

Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.

Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.

Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

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